Otilio trae unos guantes negros, raídos, y una chamarra a cuadros que le queda gigante. Parece triste. Nos pide unas monedas para llamar a sus hijos a La Mesa, una pequeña ciudad de 56 mil personas en el condado de San Diego, California. Se las damos. "Quiero avisarles que estoy bien. No saben nada de mí", nos dice este hombre de unos 60 años. Lleva tomando cinco días, los mismos que lleva deportado. Las autoridades estiman que aproximadamente son quince días los que pasan desde que un migrante regresa a México y cae en la indigencia, debido a la desesperación, la pobreza, la falta de trabajo y la facilidad con que se consigue la droga. Estamos en El Bordo, una vereda de tierra salpicada de jeringas que antes contuvieron heroína o crack. Aquí llegan diariamente decenas de mexicanos que fueron expulsados de Estados Unidos.
Este hogar de repatriados se encuentra a la orilla del Río Tijuana, que corre justo junto al muro fronterizo. Estamos a tiro de piedra de uno de los centros comerciales a los que acuden las clases medias de esta ciudad que maquila televisores, computadoras y maquinaria automotriz.
La mayoría de los casi 400 deportados que entran diariamente por la frontera de Baja California (más de la mitad de ellos llegan directamente por Tijuana) viven ahora en unas casuchas de cartón que huelen a orines. Otros reingresaron a México por Tamaulipas o Sonora, pero viajaron hasta este bordo porque sueñan con un día regresar al país donde han vivido los últimos años. Los United les queda aún más cerca que el centro comercial al que no pueden entrar con estas ropas que delatan su condición de indigencia.
Cuando son recién repatriados, el Instituto Nacional de Migración (INM) les ofrece a regresarlos a su estado de origen, gratis. Pero cómo aceptar una cosa así si sus familias, su trabajo y su vida se quedaron allá, en Estados Unidos.
"A 120 el arponazo, a 120 el arponazo", vocifera un hombre que lleva varias jeringas ensartadas entre su melena grasienta, que funge perfectamente como aparador de los productos que ofrece. Además de las jeringas, es necesario esquivar las heces fecales humanas que no son pocas y ahuyentar las moscas. Al paso sale Salvador, un hombre de gesto adusto que lleva un gorro de estambre y una escoba verde. Interroga: "¿Qué hacen aquí? ¿Quién los manda?". Los tatuajes que emergen de cuello y brazos ilustran su paso por las pandillas de Los Ángeles, en las que empezó a participar desde que tenía 12 años. "Nací en Ciudad Juárez, o por lo menos eso me cuentan", nos dice. Llegó a Estados Unidos en brazos de su madre, cuando apenas tenía ocho meses de nacido. Prácticamente nació siendo "ilegal". Hoy tiene 35 años. Su inglés supera por mucho a su español, el cual comenzó a perfeccionar hasta que regresó a México, después de purgar 12 años de condena por asesinar a un pandillero rival.
Chava se dice "chacharero". Recoge objetos esperando que un día le sirvan. Entre sus tesoros más preciados está una veintena de llaves, divididas en dos llaveros con cadenas. "Entre más llaves tengo, más puertas abro", nos dice. Carga una pequeña mochila negra, adentro van dos suéteres y un libro de título Bounderies (Límites), de Henry Cloud, autor de varios best-sellers de superación personal. "Eso es lo que a muchos les falta por aquí: límites", opina. Rehúsa que se le tomen fotos. Advierte que primero necesita ver un contrato con los términos descritos del uso que se le dará a su imagen.
Casi al final del camino, desde donde se puede ver una camioneta de la Border Patrol, estacionada al otro lado del canal, está José, quien cumple su sexto mes en Tijuana. Él, al igual que Salvador y Otilio, fue deportado. De su ciudad natal, Uruapan, Michoacán, recuerda poco: "Todo lo que tengo, lo que vale la pena, se quedó en California". José tenía un taller mecánico en Los Ángeles. En Tijuana lava coches.
Pocos encontrarían satisfacción en ver un muro, pero José lo hace. Pasa horas contemplando la barda fronteriza de más de mil 100 metros que George W. Bush mandó construir a finales de 2006, la misma que hoy separa a José de su familia. Él no ve una pared, ve a su hija, a su esposa, su casa.
A un lado de José está Alfonso, quien cobra 10 dólares por darnos una entrevista. Está ebrio. José, en cambio, quiere, necesita hablar. De su hija, de cómo fue detenido por la migra cuando iba a la tienda, de cómo no tuvo oportunidad de avisar a su familia. Los recuerdos comienzan a doblegarlo y se hinca los dedos en los ojos, en un acto para impedir que salgan las lágrimas.
Finalmente llora, pese a los reclamos de su amigo Alfonso: "¡Pensé que eras hombre! ¡No sea puto!". Y después se dirige a los reporteros: "Ya lloró. Ahora denle 100 dólares". Hace una pausa y vuelve la vista a José: "¿Sigues llorando? ¡Qué puto!".
Ellos, los deportados, fueron mecánicos, rooffers (techadores), jardineros o albañiles. Hoy no son más que sombras que se reflejan en el muro fronterizo. En Estados Unidos vivieron una vida prestada que, de repente, les fue arrebatada. El sueño de José terminó cuando iba camino de la tienda para comprar pan. La migra lo agarró. Salvador salió de la cárcel y llegó al exilio. Otros fueron atrapados al salir del trabajo, o aun estando en él, o durante alguna redada. Muchos de ellos llevaban más de la mitad de su vida fuera de México. Ya no se reconocen mexicanos y saben que tampoco eran parte de la comunidad estadounidense. Sólo se debían a su pequeño mundo, conformado por familia y amigos cercanos. Su mundo se quedó detrás de un muro.
También hay mujeres
Uno de cada 10 deportados es mujer. Paola forma parte de este grupo. Tiene 26 años y como Felipe, su compañero, es originaria de Jalisco, aunque se vinieron a conocer en Tijuana, en El Bordo. Son las 8:30 de la mañana y Paola guarda la mitad del bolillo que le dieron en el Desayunador del Padre Chava. El hambre del medio día será cubierta. Ella sigue a Felipe, se dirigen al mercado para vender tomate y chile. Les pagarán a cinco pesos la caja. Con una jornada completa, sacarán 50 pesos, suficientes para pagar la cuota del albergue: 15 pesos. Y hasta podrán comer una torta, quizá cenar algo.
A pesar de estar en California, Paola fue deportada a México por Tamaulipas, a través de una "repatriación lateral", modalidad cada vez más empleada por las autoridades estadounidenses, con la cual buscan dificultar el pronto retorno de los migrantes. Tan pronto pudo se fue a Tijuana, para efectivamente intentar retornar a Estados Unidos, donde ha residido de manera clandestina desde 1995, cuando aún era niña. Lleva cuatro meses en esta ciudad fronteriza. La cuenta del tiempo la lleva su cabello teñido de castaño claro que deja ver una larga raíz negra.
Paola advierte que aunque nunca se ha prostituido, la idea sí ha cruzado por su mente. "Muchas lo hacen, para poder juntar para el pollero. Porque sorteando chiles, jamás voy a salir de aquí. Apenas alcanza para sobrevivir". En los 133 días que lleva varada en Tijuana (lleva la cuenta exacta) ha sido golpeada y amenaza por la policía. Todos los días se esfuerza para que no le falten los 15 pesos del albergue. Le aterra pasar la noche en la calle.
La migrante conserva a sus dos hermanos en Los Ángeles y se aferra a la esperanza de que son ellos los que se encargarán de reunir los dos mil dólares que le cobra el "pollero" para llevarla de vuelta a su hogar. "Para ellos tampoco está fácil. Tienen familia y tienen que trabajar. Pero yo sé que no me dejarán sola".
El purgatorio
Si Dante Alighieri fuera migrante, se habría inspirado en El Bordo para escribir La Divina Comedia. Está claro: Estados Unidos es el cielo; México, el infierno, y El Bordo, el purgatorio. Los migrantes expulsados del paraíso pagan aquí una condena que esperan sea temporal.
Sobre la avenida Internacional, paralela a El Bordo, los automovilistas sólo dan cuenta de los deportados cuando alguno de ellos sale corriendo para cruzar la vía rápida. De noche vienen las patrullas y prenden fuego a las casitas que levantan con cartón y plástico, las cuales recuerdan un poco a la "Cartolandia" que en este mismo lugar se erigió hace medio siglo y que albergaba a 600 familias sumidas en la marginación. Aunque las autoridades lo niegan, en YouTube se puede ver un video en donde arden los improvisados hogares.
Los migrantes mexicanos no son deseados ni en Estados Unidos ni en su propio país. Alberto Capella, director de Seguridad Pública del municipio de Tijuana, dice que el 70% de los delincuentes detenidos en esta ciudad provienen de El Bordo.
Margarita Andonaegui, cofundadora del Desayunador del padre Chava, a donde diariamente asisten alrededor de 1,100 indigentes (la mayoría de ellos deportados por Estados Unidos) a tomar su primer alimento del día, comenta que de acuerdo con declaraciones de los propios migrantes, son los policías quienes los despojan de sus documentos, con el fin de que no puedan identificarse y acusarlos de vagancia: "Tienen que cubrir una cuota de cierto número de gente detenida. Y como ellos (los deportados) no manifiestan domicilio ni trabajo, se los llevan".
A este modus operandi policial se le conoce como "Ley Tijuana", del que se han quejado organizaciones civiles y la Comisión de Derechos Humanos del estado. Para solucionar el problema de los deportados en Tijuana, Capella propone repatriarlos directamente a su lugar de origen, o bien, por avión al Distrito Federal.
El 90% son adictos
Con la precisión de un enfermero y la agilidad que sólo la experiencia de la repetición da, Javier amarra con la mano izquierda su cinturón en el brazo derecho. Quita con la boca la tapa de la jeringa y procede a inyectarse heroína. Todo en menos de un minuto. Salvador, quien empuña su libro Boundaries en una mano y sus 20 llaves en la otra, se queja: "Un respeto, por favor. Hay una dama", señala a la reportera. Javier primero accede y se gira, como si su espalda fuera un gran telón que impide ver cómo se "arponea". Unos minutos después regresa, con la respuesta ya pensada: "Yo no estoy haciendo nada fuera de lugar, compa. Esto se hace aquí", señala el lugar. Y tiene razón, esto se hace aquí.
Para surtirse de droga, los adictos sólo tienen que bajar del canal y cruzar la avenida Internacional. Alrededor se encuentran los "picaderos" de la zona norte, donde se ejerce la prostitución y se pueden adquirir todo tipo de enervantes. El bajo costo de la droga, apenas 120 pesos la dosis de heroína, y la fácil disponibilidad han conseguido que nueve de cada 10 personas que viven en El Bordo sean adictos. El préstamo de jeringas entre los usuarios de sustancias ilícitas, así como el sexo sin protección, los convierte en un grupo de alta vulnerabilidad ante enfermedades de transmisión sexual, incluyendo el VIH.
Remedios Lozada, coordinadora del Programa de VIH Sida e Infecciones de Transmisión Sexual de la Secretaría de Salud en Baja California, estima que alrededor de 150 personas en El Bordo y sus alrededores padecen VIH. Para contrarrestar la propagación del virus, constantemente implementan jornadas de salud así como la distribución gratuita al año de 30 mil jeringas nuevas y millón y medio de preservativos.
La distribución gratuita de jeringas y condones ha provocado algunas críticas acusándolos de promover la drogadicción y la promiscuidad, sin embargo, Lozada Romero señala que estas medidas han sido probadas con resultados exitosos en otros países: "Tenemos una epidemia concentrada en poblaciones y en caso de que no estuviéramos tomando estas acciones tendríamos un problema aún más complicado, que afectaría a la población en general".
La crisis económica de Estados Unidos, así como el aumento en las barreras de seguridad ha provocado que los migrantes mexicanos cesen o hagan menos intentos por cruzar de manera ilegal la frontera, lo que ha tenido un efecto a la baja en el número de deportaciones. Mientras que en 2000 fueron repatriados más de un millón de connacionales, en 2011 la cifra llegó a 405 mil, es decir, descendió a más de la mitad.
Sin embargo, para muchas de este casi medio millón de personas, su casa, su familia, su patrimonio se encuentra al otro lado de la frontera. Convencidos de que deben regresar, de cualquier manera a Estados Unidos, permanecen en la frontera, aguardando el momento y los recursos para poder regresar. Mientras tanto vivirán en la indigencia, como Otilio, José, Paola...
GABRIELA GUTIÉRREZ ejerce el periodismo desde hace ocho años. Es preguntona compulsiva. Maestra con grado y de salón, en la Carlos Septién Fiel seguidora del filósofo de Güemes