1995
José Cruz Carmargo Zurita raspa suavemente las cuerdas de su guitarra negra mientras los asistentes a la explanda del Centro Nacional de las Artes, en el sur de la Ciudad de México, se contonean con parsimonia desde las sillas o el piso de los pasillos. El líder de Real de Catorce tiene el cabello negro y ondulado, largo hasta los hombros, porta una chamarra oscura de cuero, un pantalón de mezclilla. Interpreta "La viuda del blues", una rola que después se convertiría en "Azul", la canción-emblema de la mítica banda de blues.
Azul... azul
Una música lenta y azul.
Recargada en la tibia quimera,
despidiendo un anhelo
que va en autobús.
Un rasguño en la media,
navegando la espera...
la viuda del blues.
El cantante está por cumplir 40 años, luce fuerte, sensual como su música. Disfruta hacerla suya. Los presentes aplauden mientras el hombre se adueña del escenario. Tiene la confianza de quien pisa tierra conocida. La trompeta de Jesús López sustituye el solo de José Iglesias, calificado como el mejor guitarrista en la historia del grupo. José Cruz los presenta ante los asistentes, les da su lugar, reconoce el talento que lo rodea. El público ovaciona a cada uno de los integrantes, pero aplaude con más ganas cuando toca el turno de Iglesias.
José tiene los bíceps más famosos del rock and roll mexicano de los noventa. Mujeres como Kena Moreno, quien en la década pasada fue delegada en Benito Juárez, asisten a los conciertos para deleitarse con la música, pero también para mirar la musculatura del hombre.
Es 1995, el año en que la banda cumplió una década de haberse fundado, un año en que muchos consideraban que Real de Catorce era uno de los mejores grupos de blues en español.
El blues es sinónimo de melancolía y tristeza, pero a los 40 años José Cruz lucía completo, feliz, exitoso. El destino aún no le mostraba su mala cara.
Noviembre de 2006. Real de Catorce se prepara para dar un concierto, uno más. José sabe que no está bien de salud. Necesita oxígeno y un banco donde sentarse para poder permanecer en el escenario, aditamentos que sus representantes no incluyeron en la lista.
El maestro del blues cae al piso en pleno concierto, se desmaya. Se trata de un paro respiratorio, un brote característico del agravamiento de la esclerosis múltiple, una enfermedad crónica, degenerativa, que ataca al cerebro y que, desde 2005, le marca cada minuto de su vida.
Tras su precaria recuperación, José no sabe de sí mismo, no sabe quién es, ni qué hace, si es de día o de noche. El paro le provocó amnesia. Tiene que verse en videos, escucharse, platicar con sus familiares y tomar terapias para recuperar su vida.
Real de Catorce está en pausa obligada. Sus compañeros insisten en que toque, que cumpla con las presentaciones programadas.
—¡No uses bastón en el escenario, te ves muy mal! —le reclaman.
—Pero lo necesito —contesta él.
Ahora la fatiga crónica le impide caminar más allá de 20 metros, debe usar silla de ruedas. Tampoco puede hablar más de 40 minutos. Sus piernas tiemblan, sus músculos están rígidos y su vitalidad mengua a la par de su memoria a corto plazo.
"Pero si te ves tan bien"
La primera vez que lo vi, fuera de los escenarios, fue en su casa. Había acordado una entrevista con él días antes.
—¿Tenías rato esperando? —me pregunta con dificultad al bajarse del automóvil blanco de Miguel, su acompañante.
Mientras intenta abrir la puerta de su casa, me invita a mí y a Miguel a comer. A primera vista, la casa luce triste y abandonada. Bombo, un perro pequeño y negro, ladra a todo extraño que se acerque a la reja negra. Tras cruzar el patio, está la puerta blanca. José la abre e inmediatamente el olor a medicina y hospital se esparce en el ambiente. Hace falta luz en el interior, los instrumentos musicales que ocupa para dar clases todos los jueves están en el piso. Reconocimientos, fotos y carteles están pegados en las paredes.
Luego nos dirigimos a un restaurante. El músico elige sopa de tortilla y milanesa gratinada. Después de pedir su comida me cuenta que tiene prohibido comer lechuga, berros y tomar café, entre otras cosas. Comienza hablándome de su enfermedad, da la impresión que nació con ella. Sabe con detalle de qué se trata, conoce los síntomas, pero ella misma lo traiciona, se hace presente de manera práctica en sus conversaciones.
—La doctora Quiñoles me ayudó mucho. Ella es experta en la enfermedad, tiene una asociación que se llamaba Juntos Combatiendo la Esclerosis Múltiple… No, es… Combatiendo Juntos… no me acuerdo… ¿Cómo serían sus siglas?
—Este… Ce... E…
—No, es CEJUM… JUCEM… o algo así... Disculpa, es la enfermedad, se me olvida la memoria a corto plazo.
Si este episodio pasara con alguna persona que no sabe nada respecto a la enfermedad de José, pensaría que el músico se burla de la capacidad de atención de quien lo escucha o, más radical, que son las secuelas de alguna droga, pero no es así.
El hombre que antes gozaba viajar en transporte público ahora debe ser trasladado a sus conciertos en ambulancia. Prepararse para ellos es un ritual de prevención constante: tanque de oxigeno, silla de ruedas, dosis de Interferol (tratamiento para controlar la enfermedad) y un poco estrés.
El José de Tlalpan
A José la vida no le ha resultado fácil: el amor, la salud y las relaciones familiares le han cobrado facturas dolorosas. El éxito quizá sea su excepción: encontró su lugar en los ochenta, a la par de la nacionalización del rock.
En 1985, Real de Catorce surgió de la mano de una serie de artistas que se reunían en espacios pequeños y hasta clandestinos, con la intención de expresar con música su concepción personal de la situación política y social que existía en México.
Uno de estos lugares fue el Foro Tlalpan, creado en el sur de la Ciudad de México, y sitio en donde Roberto González conoció a José Cruz. El primer bajista de la agrupación apenas logra recordar al José de Tlalpan, tuvo que reunirse con él hace dos años para aclarar sus dudas respecto a la creación de Real de Catorce. No estaba seguro si él había propuesto, en un primer momento, el nombre de la banda durante un concierto que ofrecieron arriba de un ring de boxeo, en el gimnasio del Centro de Coyoacán.
—José tenía muy claro lo que quería hacer. Su obra tiene congruencia. Siempre fue una persona clavada y constante. Él quería hacer blues y no perdió la convicción —me cuenta el bajista Roberto González, en una entrevista realizada en su casa.
González fundó, junto con Fernando Ábrego y José, el colectivo original de Real de Catorce. Ensayaban todos los días y se presentaban tres veces por semana en el Distrito Federal y en ciudades cercanas.
El nombre del grupo guarda estrecha relación con el poblado de Real de Catorce, en San Luis Potosí, y con la riqueza cultural y espiritual de los huicholes, filosofía que José Cruz adaptó a su vida, sobre todo en los últimos años.
El crecimiento espiritual de José se ve reflejado en su trato, en sus conciertos y hasta en su casa. El músico, en cada presentación, acostumbra pintarse la cara con líneas que simbolizan parte de la idiosincrasia del huichol: el cuerpo, el alma, el cuerpo causal (consecuencias) y el supracausal (la divinidad).
Me encontré con José Cruz por segunda vez en su casa. Me recibió en silla de ruedas, sus piernas ya no temblaban, tenía más fluidez en el habla y menos lapsos de pérdida de memoria. Se veía más recuperado por el efecto del Interferol que le suministraron un día antes. Esta vez recordó los años de juventud temprana, cuando su espíritu de izquierda radical estaba en plena explosión, cuando tenía energía para protestar y dedicar canciones a situaciones sociales concretas.
—Ahora, por la enfermedad, tengo tiempo para reflexionar, pienso en ese tramo de mi vida, en la energía y la persistencia que tenía para realizar una idea. La velocidad con la que vivía —me explica el músico mientras trae a su mente los recuerdos.
José Cruz me cuenta que salió de su casa a los 17 años en busca de su lugar en el mundo. Estaba interesado en el conocimiento interior del ser humano y se dedicó a experimentar, a vivir con rapidez e intensidad. En esa búsqueda de su propio aprendizaje, de su descubrimiento como persona, el joven experimentó con drogas: desde la heroína hasta los ácidos. También militó en el Partido Comunista, lo hacía con convicción, constancia, se entregó de corazón a la izquierda radical, hasta que conoció sus carencias y contradicciones.
El muchacho no quería cambiar al mundo, quería cambiarse a sí mismo. Comenzó por la reflexión sobre su persona y canalizó su energía en concretar proyectos, sueños personales que se vieron reflejados en el éxito de su grupo.
"No me dejes por favor"
No me dejes por favor es la canción que le compuso a su última pareja, con la que vivió cuatro años en Xochimilco. Ella se fue cuando la enfermedad avanzó.
No me dejes (por favor)
que me quiero ahogar en ti
no te vayas en un tren
no navegues hacia el sur.
Me sentencias a vivir.
No me dejes (por favor)
me derrumbo, no doy más.
Eres mi necesidad, mi droga.
Me sentencias a vivir.
Considera la tortura de la tarde
la camisa desgarrada
de mi última canción.
En las manos de un ladrón
sin paz ni voz
las arterias y los clavos de este blues.
Las arterias y los clavos
de este blues.
Considera la tortura de la tarde
la camisa desgarrada
de mi última canción.
En las manos de un ladrón
sin paz ni voz
las arterias y los clavos de este blues.
Las arterias y los clavos
de este blues.
Pero el caso del músico no es el único. Otros pacientes que padecen escrerosis múltiple también enfrentan el abandono de sus parejas, pues es difícil sobrellevar los picos y brotes de la enfermedad.
—Ella me dijo que quería vivir sola, y se fue. Yo le contesté: 'Si te quieres ir, vete, tarde o temprano te vas a ir. Esta enfermedad es muy fuerte, es canija y si no tienes la fortaleza para quedarte, tarde o temprano te vas a ir. Por primera vez en tu vida sé congruente'.
—¿Supongo que fue difícil?
—Sí, fue difícil, me dolió mucho… incluso todavía me duele.
Él se quedó con la enfermedad, el compromiso del pago de la renta y con su hija.
También lo abandonaron sus compañeros de Real de Catorce. Ellos lo demandaron ante la Junta Local de Conciliación y Arbitraje del DF por salarios caídos.
En medio de la tormenta, Cruz visitó a su tanatóloga, no entendía la razón real de la demanda, sobre todo de Fernando Ábrego, su ex amigo, con quien mantuvo una relación "a prueba de fuego durante más de 20 años". La especialista le recomendó escribirles para despedirse de ellos, del rencor, del enojo y de todos esos sentimientos que perjudicaban su salud.
—¿Entonces ya no te duele? —le pregunto sabiendo que puedo tocar fibras sensibles.
—Ya no, al principio fue difícil manejar la situación, pero ya no me duele ni tengo rencor. Esos sentimientos ya no me hacen daño.
La muerte anunciada
Sin aferrarse a la vida, porque sabe que va a morir, Cruz insiste en que no se va a dejar vencer, pues tiene esperanza y ha trabajado en conseguir las herramientas necesarias para enfrentar la situación y tratar su frustración y la de sus allegados.
Sentado en su cama, el músico tiene innumerables anécdotas que contar, no respeta los 45 minutos que tiene para hablar y no agitarse. Cuenta historia tras historia. Le brillan los ojos, le tiembla la pierna derecha, pero mantiene el entusiasmo.
—¿Cómo quieres que te recuerden? —le pregunto al músico, al hombre.
—Quiero que me recuerden como soy, no quiero ocultar mi enfermedad. Soy un simple ser humano, no soy un héroe, por eso quiero que me vean para dar una lección de vida con una enfermedad que no tiene cura.
Me voy de su casa. En mi mente suena "Lección de vida", una canción que resume su filosofía.
Si la muerte se arrepiente
de arrojarme a un cajón,
tocaré un par de blueses
antes de que se apague el sol.
Una extraña enfermedad
se alojó en mi habitación.
Mis amigos verdaderos
me han traído de comer,
me dejaron una vela
y unas plumas de un halcón.
Un peyote me protege
de la trampa y la traición.
Los chamanes me enseñaron
la visión al interior,
me dijeron que el desierto
se camina con valor,
que el guerrero llega lejos,
aunque sea con bastón.
Si la muerte se arrepiente
de arrojarme a un cajón,
tocaré un par de blueses
antes de que se apague el sol.
Una extraña enfermedad
se alojó en mi habitación.
Un saludo a mis amigos
de banqueta y callejón:
los poetas del abismo,
los rupestres del amor.
Tomen mi lección de vida
y también mi corazón.
MARICELA PAZ TÉLLEZ es una periodista oaxaqueña que recientemente egresó del Programa Prensa y Democracia de la Universidad Iberoamericana. Ama la comida típica de su ciudad tanto como a la música de Joaquín Sabina