Mariel Hawley Dávila llevaba nueve horas y media nadando y sentía que no se movía de un mismo punto. El viento arreciaba, las olas de 2.5 metros de altura la revolcaban y cada brazada era un esfuerzo supremo. Hacía tres horas que con cada respiración tragaba agua. Su lengua estaba hinchada y la sal y el frío le provocaban dolor en la garganta. Los hombros le pesaban. Su cuerpo de 42 años no daba más mientras cruzaba el Canal de la Mancha.
La noche caía y se detuvo para hidratarse. Se dijo a sí misma una frase de la que siempre ha huido: “Ya-no-puedo”. Su mente martillaba: “Estoy muy cansada, estoy al límite”. Trataba de diluir esos pensamientos con la imagen de sus hijos Andrea y Eduardo y sus últimas palabras: “Mamá, estamos contigo; mamá a ver cómo le haces, pero terminas”.
Mariel heredó de su abuela materna, María, el amor por el mar, y el altruismo de su padre Noel Hawley. De niña vivió entre la escuela y las canchas deportivas. A los tres años, cuando aprendió a nadar, empezó la vida de competencias. Durante la universidad hizo una pausa y volvió a los campeonatos a raíz del nacimiento de su hija Andrea.
Hawley Dávila era abogada de un banco, pero el destino la colocó nuevamente frente a las olas. Hace 11 años, su amiga, Gela Limonchi Gómez, triple medallista de World Masters Games le insistió que regresara a la natación. Y en el 2001, Mariel Hawley arrancó una carrera meteórica que la ha llevado hasta el título de campeona nacional de natación masters, al Top Ten Mundial Final, avalado por la Federación Internacional de Natación Amateur; a tener el Récord Mundial y el Récord Guinness por el Cruce Cuádruple al Canal de la Mancha; y el cruce doble al Estrecho de Gibraltar. Y por si fuera poco, le dio la vuelta a la Isla de Manhattan, nadando, con su amiga Gela.
“He sentido siempre al mar como algo muy cercano a mí toda la vida”, me cuenta durante una charla en su casa.
Hace tiempo que la natación dejó de ser sólo un fin. Hawley lo ha vuelto un medio con fines filantrópicos. Dirige la Fundación Martí y colabora con donaciones para la Clínica del Labio y Paladar Hendido, donde se tratan anomalías congénitas en tejidos del labio superior y el paladar. Además es miembro del equipo Sport City México-Quiero Sonreír, una asociación que ella misma fundó para apoyar a niños con deficiencia auditiva y con secuelas de quemaduras.
La primera joya
Hawley ha nadado casi todos los mares, pero le queda un reto: la “triple corona” o “tres joyas, los tres nados más importantes para todo nadador profesional. El maratón de la Isla de Manhattan, el nado de la Isla Santa Catalina y el Canal de la Mancha. Los tres deben ser nados individuales, sin relevo. “Ya tengo dos, y aún no hay una mujer en México que tenga la triple corona”, dice.
Cuando cruzó el estrecho de Gibraltar, —el segundo evento del relevo Sport City México-Quiero Sonreír— braceó bajo días soleados y un mar azul, el más profundo que ha visto. En ese lugar al norte de África y el sur de España, el aire sopla fuerte y vuelve la travesía complicada, pero hay pequeños premios.
“Ahí, una cantidad impresionante de delfines se vuelven parte de la travesía y van nadando como escoltando al nadador en turno”, describe.
El 6 de junio del 2009, vendría la Isla Manhattan, la ‘primera joya’. “Fue un nado maravilloso que compartí con mi papá. Tan sólo por esta razón, es mi nado favorito”, cuenta.
“Al recordar la forma como mi papá disfrutó este evento, se me dibuja una sonrisa grandísima. Todavía hoy, cierro los ojos y lo veo en la embarcación de apoyo que me escoltó todo el camino”. Durante los 46 kilómetros del trayecto, cada vez que ella viraba su cabeza para respirar, veía a su papá —que para entonces era un médico jubilado del IMSS— dándole palabras de ánimo.
Mariel dice que su trabajo filantrópico responde al deseo de plasmar inmortalidad al sueño de Don Noel Hawley. “Fue papá quien me introdujo a esta causa. A él lo invitaron a participar en la Clínica del Labio y Paladar Hendido, una vez que se jubiló. Es un sueño que deseo continuar”. Y así ha sido. La hazaña más reciente de Mariel Hawley Dávila ha sido nadar en solitario el Canal de la Mancha, el viernes 12 de agosto del 2011.
La segunda joya
Para cruzar el Canal de la Mancha, la importante vía turística y de comunicación entre los países de Inglaterra y Francia, hay que tener algo más que agallas. Hay que llevar una disciplina férrea y un entrenamiento muy rígido.
La campeona de natación masters intentaría cruzar la distancia entre la isla de Dover, Gran Bretaña y la costa de Calais, al noroeste de Francia. Las reglas de la Channel Swimming and Piloting Federation, establecen que los nadadores deben recorrer el canal forma continua, con traje de baño convencional y sin protección para el frío. El Canal tiene en su parte más estrecha 33 kilómetros, pero se nadan entre 40 y 50 a una temperatura de 16 grados centígrados, con vientos que alcanzan hasta los 20 nudos, que equivalen a poco menos de 40 kilómetros por hora.
Por eso, lo primero que Mariel hizo a partir de enero de 2011 fue acoplar su cuerpo a bajas temperaturas. Adoptó un baño diario con agua fría. Y una vez a la semana, una hora de tina llena de hielo. Dos fines de semana al mes nadó horas continuas y una vez al mes durante cuatro horas sin parar en Las Estacas, Morelos, un río que tiene una longitud de un kilómetro. “La idea era nadar del borbollón a la última parte del río donde es nadable a favor de corriente y después de regreso, contra la corriente, durante cuatro horas”.
Después el entrenamiento cambiaría su ritmo. Los siguientes 15 días, nadaba horas continuas en Alchichica, Puebla, una laguna que está a dos mil metros de altura sobre el nivel del mar. Un lugar frío, donde el agua normalmente está de 15 a 19 grados centígrados, una temperatura similar a la del Canal de la Mancha. Ahí empezó con cinco horas. Terminó su entrenamiento realizando nueve horas de nado seguido. Descansaba sólo en domingo.
Mariel pidió a la experimentada Nora Toledano Cadena que fuera su entrenadora. “Es la mejor nadadora de aguas abiertas no sólo de México sino en Latinoamérica, la única que está en el Salón de la Fama Internacional de Natación”, me cuenta.
Ocho kilos protegieron su vida
Para protegerse del frío en las aguas del Canal de la Mancha, Hawley necesitaba grasa en el cuerpo. Una de las primeras recomendaciones de Toledano al aceptar ser su entrenadora fue: “Mariel, habrá que subir de peso”.
Subió ocho kilos para tener una capa de protección. Mucha gente le dice aún: “Oye, ¿pero cómo que subiste de peso?”. A lo que ella responde: “Las mujeres tenemos ese chip de no subir de peso, pero para mí fue mi seguro de vida”.
De acuerdo con Toledano, el nadador que decide aventurarse al Canal de la Mancha no debe ir delgado porque corre el riesgo de contraer hipotermia. “Y no es por la flacura. Es porque tu cuerpo no resiste o funciona adecuadamente a una temperatura tan baja. Con tanto frío tu cerebro empieza a no dar las señales adecuadas”. Como buena alumna, Mariel me repite las explicaciones de su coach.
Pero subir de peso podía ser contraproducente. Un kilo más en el cuerpo era un kilogramo más que sostener al nadar. La idea, según Nora Toledano, era subir paulatinamente, sin que ese aumento se reflejara en disminución de velocidad o eficiencia al nadar. De enero a agosto, aumentó seis kilos. Y, durante los nueve días que estuvo en Dover, el mayor punto del Canal de la Mancha en Inglaterra, esperando fecha para nadar, ganó los otros dos kilos.
Las amigas de Mariel estaban sorprendidas con el aumento de peso. “Pasar de 68 o 69 kilos a 76 o 77, para 1.75 de estatura, no es nada fácil, mucha gente tiene esa predisposición a hacerlo, pero para mí era una medida de seguridad”, me dice Hawley.
Y claro que tenía mucha hambre, pero al mismo tiempo quemaba muchas calorías. En el duro proceso por ganar peso, la abogada se tuvo que meter a la cocina a preparar galletas de avena. “Fue como un extra que no tenía normalmente en mi dieta”, detalla.
Cita en el Canal de la Mancha
Mariel Hawley arribó a Inglaterra el dos de agosto para acoplarse a las condiciones meteorológicas y al horario de Europa. Diez días más tarde, cuando abrió los ojos el reloj marcaba las cinco de la mañana. Buscó en el horizonte el primer rayo de sol. “Ese rayo fue contundente para saber que iba a nadar. Era una manera especial de tener un tiempito para mí”. Era como una manera de repasar todo lo que va iba a pasar en el día, quién era, dónde estaba. Había dormido pocas horas, pero lo suficiente para sentirse descansada porque ese día iba a ser largo, muy largo.
Desayunó un plato con avena, pan con mantequilla y mermelada de naranja, su favorita. Nada que pudiera caerle mal al estómago.
Más tarde, cuando ya estaba en la playa Shakespeare, esperaba el sonido de la sirena de la embarcación Gallivant para empezar su proeza. En ese momento recogió una piedrita y la colocó en el costado derecho de su traje de baño de una pieza. “Y dije: cuando llegué del otro lado, voy a recoger una del otro lado, ahí tengo las dos”.
Pensó que estar ahí, ya era ganancia.“Hay nadadores que no tienen esa oportunidad, aún estando en Inglaterra esperando una fecha para nadar. O porque el clima no se presta, o porque su entrenamiento no arrojó los resultados que deseaban”, cuenta Mariel, orgullosa.
Cuando escuchó la señal, levantó los brazos feliz, como si ya estuviera del otro lado. Eran las 8:45 de la mañana. En ese momento, corrió para sumergirse en el mar.
Había decidido partir su tiempo en bloques de media hora: cada 30 minutos, tenía 30 segundos de descanso. De esa forma cada 30 minutos pensaba todo el tiempo lo mismo. Debía ir concentrada. Su cabeza no podía volar e imaginar cosas. “Siempre fui repitiéndome: ‘inhalo, tengo fe, exhalo, estoy en paz’, es una manera de tranquilizarme, de no acelerarme, y no acelerar el paso de la natación”.
Y hacía lo correcto. Si Mariel aceleraba el paso en las primeras horas lo pagaría después.
Los minutos transcurrían. Oía su respiración debajo del agua. Disfrutaba ver las burbujas que cada una de sus 67 brazadas por minuto lanzaban. Su médico del deporte, Ariadna del Villar, planeó con su coach una porción concentrada de proteínas. Cada dos horas digería pequeñas porciones de papa cocida machacadita que había en bolsitas de plástico. El abastecimiento se hacía en el agua flotando, sin tocar la embarcación porque el reglamento no lo permite.
Llevaba nueve horas y media…
Pasaban de las seis de la tarde —ella no sabía qué hora era ni cuánto tiempo llevaba en el mar—, y sentía que no avanzaba. El viento aumentó y le estaba costando trabajo luchar con las fuertes corrientes de la marea.
Y aunque en su vocabulario no entra la frase: “Ya no puedo”, su cuerpo decía otra cosa. El agua helada se filtraba a través de sus goggles. Estaba fatigada, al límite.
En su siguiente descanso se repitió una y otra vez: “Estoy al límite, me pesan los hombros, ya no puedo”. En esos segundos pensó mucho en las palabras de Eduardo y Andrea. Recordó cuando Lalo le dijo con tanta madurez: “Mamá estamos contigo, te vamos a apoyar todo el camino. Y el entusiasmo de Andrea, que le dijo: “Mamá a ver cómo le haces pero terminas, aquí estamos para eso”.
…Y en ese momento decidió seguir media hora más. Se hidrató para agarrar calor. El capitán del Gallivant autorizó a Gela Limonchi Gómez a nadar una hora con ella. Su compañía contribuiría a darle aliento y hacerla desistir de su deseo de “tirar la toalla”.
En el barco iban —además— Ariadna del Villar, su médico personal; Dell Carter, el juez de nado y Eduardo, su esposo.
Ahí, en medio de la adversidad, Mariel reconoció el valor de la amistad. La natación la había llevado por otros caminos que no imaginó cuando trabajó en un departamento jurídico bancario. Gela, la amiga que la había regresado a la natación, quien ahora, en el Canal de la Mancha, en su hora más crítica, en plena crisis, hizo valer su amistad. “Esta ayuda no te la da nadie. La mano de un amigo no te la da una terapia, un programa de rehabilitación, ni siquiera los padres y los hijos. Es una cercanía y complicidad especial”, dice.
La intervención de la coach Toledano, en esos segundos, fue decisiva. Le recordó cuál era la causa de estar ahí. Pero ella lo traía siempre en la mente y en el corazón: los niños con labio y paladar hendido. En un pizarrón todos le escribían: Quiero Sonreír. Sabían que esas mágicas palabras, representaban para Mariel la salud de varios niños de escasos recursos.
“Le decíamos que se veía fuerte. Todos le echábamos porras, o como quien dice le echamos montón. Eso le ayudó a salir de esa crisis”, recuerda la coach.
Entre la algarabía, Hawley se repetía que efectivamente no era el mejor día, no había el mejor clima, estaba nublado, había llovido, el viento no era el mejor aliado. Pero esa era la única oportunidad de nadar el Canal de la Mancha. O seguía, pese a las adversidades o decidía no terminar. Y esa decisión “no tiene sentido”.
Sabía que más tarde empezaría a buscar pretextos y se preguntaría: “¿por qué no terminé? ¿por qué no lo logré?”. Y no quería darles esa decepción a sus hijos. Siguió. Nadó cinco horas más. Faltando un kilómetro —que a Mariel le pareció eterno—, por fortuna, las luces de la comunidad de Calais comenzaron a divisarse.
A 300 metros de Calais, su coach nadó con ella para guiarla porque no se veía nada y el furor de las olas le impedía pararse. Las manecillas del reloj indicaron las 23:18 horas tiempo local. Había nadado 14 horas, 33 minutos.
Mariel cuenta que cuando salió del agua, no tuvo otra palabra en su cabeza que darle gracias a Dios por todo. Lloró, agradeció a su equipo y tomó la otra piedrita.
La gran travesía de Mariel Hawley no acabó ahí. No. La segunda semana del pasado diciembre festejó sus 57 kilómetros en el Canal de la Mancha. Ese sueño cumplido se convirtió en 57 cirugías con tratamiento completo a niños con labio y paladar hendido, uno por cada kilómetro recorrido. Los recursos fueron aportados por la Fundación Alfredo Harp Helú, nuevamente en favor de la Clínica del Labio y Paladar Hendido Brimex-Centro Médico ABC.
Entre los proyectos de la nadadora para este año que recién comienza, están el completar la “triple corona”. Sí, nadar la Isla Catalina. Y, por supuesto, seguir con su labor filantrópica. “Me gustaría que la gente de mi edad, que tuviera proyectos deportivos ambiciosos como ascender al (Monte) Everest, correr un maratón, o que cruzar el (Océano) Atlántico, beneficien a un tercero. Así se le da otra dimensión a esos sueños”.
GUADALUPE PARRAL es una periodista freelance salida de las filas de la escuela Carlos Septién García. Ha publicado en diversos diarios y revistas, y cada año se propone aprender a nadar, y jura que esta vez lo hará “obligatoriamente” por una lesión en su rodilla derecha