En un sitio privilegiado de su oficina, el productor mexicano Fernando Pérez Gavilán conserva celosamente un tomo empastado. En su primera página se puede leer con letra de máquina: "Fuera del mundo"/ 1ª parte: Los Caifanes/ 2ª parte: La suerte/ 3ª parte: La muerte/ Autores: Juan Ibáñez y Carlos Fuentes/ Director: Juan Ibáñez/ 1966”. Es el guión de Los Caifanes, considerada entre las mejores 50 películas de la cinematografía nacional y que constituye la colaboración más recordada —y quizá más afortunada— del recientemente fallecido Carlos Fuentes en el cine.
La relación de Fuentes con el cine fue fructífera y multifacética. Fue coguionista, junto con Gabriel García Márquez, de la cinta Tiempo de morir, participó en la adaptación de Pedro Páramo dirigida por Carlos Velo, e incluso llegó a aparecer en el corto Lola de mi vida. Fue crítico de cine en la Revista de la Universidad firmando como Fósforo II, en franca alusión al seudónimo que usaron Alfonso Reyes y Martín Luis Guzmán, para comentar películas a principios de siglo, y fue capaz —según la crítica especializada—, de utilizar recursos cinematográficos en varios pasajes de sus obras. Pero Los Caifanes tiene un sitio especial, en gran parte porque recupera (o reinventa) la pirotecnia verbal de los habitantes de los barrios bajos de la Ciudad de México, el totacho, y lo utiliza como festiva plataforma para incrustar citas cultas a clásicos de la literatura hispana (Becquer, Quevedo, Santa teresa, etcétera). Es una pieza literaria que mantiene notables conexiones con novelas de Fuentes como La región más transparente, pero sobre todo con Cambio de piel, pero ante todo es una historia entrañable.
La alucinante aventura nocturna por la Ciudad de México que protagonizan los cuatro caifanes: El Capitán Gato (Sergio Jiménez), El Mazacote (Eduardo López Rojas), El Azteca (Ernesto Gómez Cruz), y El Estilos (Óscar Chávez), al lado de la pareja burguesa integrada por el arquitecto Jaime de Landa (Enrique Álvarez Félix) y su novia, Paloma (Julissa), cuyo título original es Fuera del mundo, fue escrita por Carlos Fuentes y Juan Ibáñez en 1965 y vendida ese mismo año, por 50 mil pesos, a los jóvenes productores Mauricio Wallerstein y Fernando Pérez Gavilán, quienes con su filmación echaron a andar la productora Cinematográfica Marte.
La película ganó el Primer Concurso Nacional de Guiones y Argumentos Cinematográficos en 1966 y fue estrenada, luego de una conflictiva filmación, el 12 de junio de 1967 en el auditorio Justo Sierra de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. El 17 de agosto inició su exitosa corrida comercial. Sin embargo, lo que fue exhibido y hasta la fecha circula en DVD no es todo lo que hay en el guión. La inédita pieza literaria creada por Ibáñez y Fuentes contiene secuencias oníricas (con marcada influencia de Buñuel, Fellini y Eisenstein), que por motivos económicos, técnicos o estrictamente cinematográficos o no llegaron a filmarse, o no se incluyeron en el corte final. Describimos aquí una selección de los sueños ocultos de Los Caifanes, y un par de secuencias omitidas de la cinta, para recordar al Fuentes guionista y celebrar los 45 años del estreno de este clásico del cine nacional.
El Géminis, el oso y los monos
El cabaret en el que fueron filmadas las secuencias de El Géminis, centro nocturno a donde acuden los Caifanes con Jaime y Paloma, estaba ubicado en la esquina de San Juan de Letrán (hoy Eje Central) y fray Servando Teresa de Mier. Las exuberantes bailarinas presentadas como "los satélites ardientes" en realidad pertenecían al grupo coreográfico que laboraba en el sitio.
Si bien la secuencia desarrollada en este cabaret tiene clara influencia de Federico Fellini, su decoración, que alude a una aventura espacial, está marcada en el guión como "una mezcla entre el expresionismo y el pop-art". Los clientes debían parecer "salidos de los expresionistas alemanes de la interguerra". Las bailarinas debían aparecer en la pista con bikinis, tules y cascos de futbol americano simulando escafandras de astronauta. El único que parece estar apegado al guión es el oso que baila, aunque originalmente debía traer sombrero de copa blanco debajo del cual había una paloma disecada, y estar acompañado por una mona vestida de novia y un mono vestido de charro.
El quinto Caifán
En el guión se marca la existencia de un quinto Caifán apodado El Rostro, el cual, a juzgar por sus diálogos y sus acciones, terminará por fusionarse con El Estilos. En la secuencia previa al hurto de la corona mortuoria, filmada en la Plaza de la Santa Veracruz, en el Centro Histórico de la capital, hay una secuencia en la que se plantean los sueños de los Caifanes si hubieran tenido una suerte distinta. Mientras una moneda lanzada por El Capitán Gato zumba en el aire, éste se ve vestido de capitalista, con sombrero de copa, pantalón a rayas y un anillo en la nariz. Con Paloma del brazo sale del hotel María Isabel Sheraton y camina a un Rolls Royce, enciende un puro con un billete, da una fumada y lo tira, mientras Jaime, vestido de andrajos, lo recoge.
El Mazacote, vestido de luchador, sueña que noquea a un boxeador. Por su parte, El Azteca, con lentes y vestido de Moctezuma, sueña que asciende a la Pirámide del Sol en Teotihuacán. El Rostro ve morir fusilado a su alter ego, con una bala en el rostro y otra en el pecho. El único que no tiene sueño es El Estilos.
Una virgen en la calle del Órgano
Fuentes e Ibáñez plantearon en el guión de Los Caifanes otra serie de secuencias oníricas que no aparecen en el film conocido. Esta vez, luego de la cena en la taquería (donde irrumpe el Santa Claus borracho interpretado por Carlos Monsiváis, ausente en el guión), cuando ya van en el carro, el Azteca dice: "México en una laguna y mi corazón echándose clavados", línea que da paso a cuatro ensoñaciones, dos de ellas de raigambre surrealista:
"El Azteca, desnudo, flota dentro de un globo de plástico en el vacío. Su mirada es de misterio y ensoñación... El globo es pinchado y se desinfla. El Azteca cae en brazos de una mujer con todos los atributos de la maternidad: rebozo, escapulario, falda larga, chongo. La mujer lo arrulla y envuelve en el rebozo. En un cuarto lleno de botellas de leche y estampas de la Virgen, lenta, sonriente, con gestos de infinita dulzura, la mujer empieza a estrangular al Azteca con el rebozo. Mientras muere, el Azteca junta las manos y murmura una plegaria a la Virgen. Subtítulo: Protégenos bajo tu manto".
Una segunda ensoñación se da en la calle del Órgano, que en la primera mitad del siglo XX fue un sitio tradicional de prostitución:
"El Rostro y el Azteca caminan paralelamente en una reconstrucción de la vieja calle del Órgano, pero más larga, infinita, con todas las mujeres de espaldas a la calle, con los brazos extendidos en cruz contra los muros viejos. De un lado de la calle, El Rostro, violentamente, aparta a cada mujer del muro para verle la cara. El Azteca, del otro lado de la calle, hace lo mismo: todas las mujeres vestidas a la usanza clásica; tacón alto, media calada y vestido de raso chillón. El Rostro revela a la Virgen de Zapopan; El Azteca a su madre. El Rostro a la exótica del baile. El Azteca a una anciana de pelo blanco. El Rostro a su padre bigotón. El Azteca a una gringa envuelta en las barras y las estrellas, le arranca la bandera y queda desnuda. El Rostro a la esposa abnegada. El Azteca a la Calavera Catrina de Posada. El Rostro, en fin, a Paloma crucificada también en la fila. El Rostro abraza a Paloma, la besa, se hinca ante ella, le besa las manos y los pies, alterna los gestos de humillación y de machismo, inconsciente de que El Azteca, desesperado, acude al último recurso, corre desde el fin de la calle con una ametralladora en las manos barriendo con las mujeres apostadas contra los paredones. El Rostro extiende los brazos, protege a Paloma, la acurruca en sus brazos. Los dos caen acribillados bajo la metralla salvaje del Azteca".
Un rayo con la huesuda
Una de las secuencias más famosas de Los Caifanes es la que se lleva cabo en el almacén de una funeraria. Cada personaje ocupa un féretro asignado por El Capitán Gato y al tiempo que se oye de fondo el canto de Óscar Chávez, otros Caifanes recitan versos clásicos mientras imaginan a la novia del Gato (una prostituta fellinesca llamada en el guión El fantasma del correo), o bien a sí mismos, en un sitio de la funeraria.
El Mazacote, que ocupa el negro féretro de San Serafín Cordero, sueña que despierta en un campo. Un grupo de niños con calaveras de azúcar en la mano lo rodean, mientras adornan y comen los dulces. Un niño le ofrece una máscara de calavera, quien se la pone. Juega a corretear a los niños, aunque no puede verlos. Éstos comienzan por hacerle cosquillas y terminan por apalearlo cual piñata. El Mazacote intenta desprenderse de la máscara y cuando lo logra encuentra debajo una segunda máscara, luego de una tercera, hasta que se queda solo, rodeado de figuras de Judas de cartón.
El Azteca, instalado en un féretro blanco y acojinado, la cama del amor, sueña un panteón. De una fosa sale la cámara que avanza. Al verla, un policía huye y un grupo de señoras, que secaban su pelo en el salón de belleza, grita y se desmaya. Un banquero ofrece asustado a la cámara el contenido de una caja fuerte, mientras que un mozo hace lo propio con suntuosas viandas de un restaurante.
"En una cama redonda —se lee en la página 65 del guión—, siete mujeres castañean los dientes mientras desde el Punto de Vista de la cámara truena un látigo, todas se desvisten de prisa y calzan botas negras. Varios gordos bigotudos con sombreros tejanos van corriendo, inclinándose; sucesivas puertas de madera labrada, de vidrio, de terciopelo, mientras la cámara avanza hacia un lejano y refulgente trono con una enorme águila rampante de oro sobre el respaldo. Por fin, la cámara vira: El Azteca es un fantasma envuelto en una sábana, ojeroso y con la cara pambaceada. Satisfecho, desciende a su tumba en el Panteón".
El Rostro, instalado en la caja dorada y refulgente del Niño de los Atribulados, sueña a un anciano muerto o dormido que sostiene un reloj con cadena de oro. Duda en robárselo. En una justa deportiva en Ciudad Universitaria un réferi aprieta su cronómetro. Como si hubiera comenzado una carrera, El Rostro camina por una calle solitaria. En una cartelera ve fotos de Alain Delon, Jean Paul Belmondo, Jorge Negrete, Clark Gable. Las hojas de una revista de modas muestran anuncios de brasieres y medias, fotos de modelos.
"El Rostro está en una playa de olas altas —continúa el sueño en la página 66 del guión—. Extiende los dedos. Las olas se fijan rígidas; no estallan nunca. El Rostro extiende los dedos frente al sol poniente; el sol se fija, deja de hundirse en el horizonte. Una mujer en el momento del orgasmo; El Rostro le roza los labios y los ojos con los dedos; la mujer permanece fija, eternizada en su instante de placer, pero como muerta. Un machete corta de un tajo la mano de El Rostro, las olas estallan, el sol se hunde en el mar, la mujer continúa retorciéndose en la cama, los rostros de los galanes de las fotografías envejecen, las prendas de las mujeres en los anuncios se hacen viejas e inservibles. El Rostro arranca el reloj de las manos del anciano dormido, lo abre para ver la hora. No hay manecillas, sino un espejo que refleja al Rostro. Música: vals (Dios nunca muere)".
El Estilos y Paloma
Si bien la pareja de Jaime y Paloma permanece unida al final de la cinta, la presencia de El Estilos y su intento por conquistar a la novia del arquitecto le otorgan a la cinta una historia de amor paralela más entrañable. En la versión conocida, luego de que los Caifanes abandonan la carroza fúnebre en el Zócalo, todos huyen en diferentes direcciones. El Estilos y Paloma lo hacen juntos. Llegan a una vecindad del Centro Histórico en donde, luego de un diálogo, están a punto de besarse. Los volvemos a ver cuando llegan al parque a reunirse con los otros Caifanes y el enfurecido arquitecto. En el guión sí se detalla lo que pasa: "El punto de equilibrio para El Rostro es el sentimentalismo", y la firmeza de la dama "incapaz de romper sus propios límites". El Rostro intenta besarla, Paloma se escapa y ambos salen corriendo de la vecindad:
"Caminan tomados de la mano en la primera luz de la madrugada —página 82 del guión—. Intercambio de miradas y rostros: ternura de ambos. Paloma respira hondo. El Rostro le sonríe. Paloma niega dulcemente con la cabeza. El Rostro sonriendo se encoge de hombros. Paloma le hace un mohín gracioso, frunciendo la nariz. El Rostro le gruñe en broma. Paloma le saca la lengua. Los dos ríen. Se vuelven serios. Paloma apoya por un instante la cabeza en el hombro de El Rostro, que no se contiene y le besa la muñeca. Están frente a Bellas Artes. Paloma ríe y los dos corren tomados de la mano, más veloces, hacia la Alameda, hasta llegar a cámara lenta. Paloma y El Rostro en los juegos de niños: el volantín, las barras, las resbaladillas. Cada uno corre hacia partes distintas. Quedan separados, pero mirándose siempre. TERMINA LA MÚSICA".
JUAN SOLÍS abandonó el teatro y ejerció el periodismo cultural en este diario. Cuando sintió asfixia sintáctica, dejó el frenético arte de historiar lo inmediato por la pausada inmediatez de la Historia del Arte, disciplina en la que tiene el grado de maestro por andar indagando en un campo virgen: el cine porno silente. Radica en "Chilangotitlán", donde adiestra su ocio como textoservidor