LA CIENTÍFICA
México es una nación con una exigua cantidad de ganadores de los premios Nobel, tomando en cuenta su número de habitantes. Por ello, el gobierno y las instituciones educativas se han puesto el objetivo —o eso parece— de aumentar el número de doctores. Pero, como se ve, ni siquiera un grado tan avanzado de estudios es garantía para evitar el desempleo. "¿Para qué formar doctores en un país dónde no se les garantiza poder ejercer sus conocimientos?", cuestiona Adriana Estrada, licenciada en Sociología y maestra en Desarrollo Rural por la UAM-X, y doctora en Ciencias Políticas y Sociales por la UNAM.
"Estudias porque no encuentras trabajo y estudiar te garantiza una beca —explica la académica—. Pero si sales al mercado de trabajo, te dicen que estás sobrecalificada". Entonces, se tiene que concursar por plazas de investigación, para las que "tu experiencia no es suficiente, entonces te falta calificación. Un círculo vicioso de nunca acabar".
En las universidades e institutos, las plazas para doctores están saturadas por la generación que ahora tiene 55-60 años. Para abrir espacios temporales para los más jóvenes, se crearon las estancias pos-doctorales (becas para realizar o apoyar proyectos en centros de investigación), que resultaron una solución parcial ya que "hoy en día te encuentras con doctores con dos o tres estancias postdoctorales sin chamba. He conocido gente que ha hecho hasta seis estancias postdoctorales. Éstas no te brindan ninguna seguridad en el trabajo, no acumulas antigüedad, por ejemplo, no te garantizan que en ese tiempo corto se abra una plaza".
Por eso, cuenta Adriana, "entre los colegas se dice que para obtener una plaza hay que matar a un investigador".
La Encuesta Nacional de la Juventud 2010, auspiciada por la Secretaría de Educación Pública (SEP), pinta un panorama desolador para los buscadores de empleo: muestra que el 20% de los 36 millones de jóvenes no estudian ni trabajan. Es decir, siete millones de mexicanos de entre 18 y 29 años no tienen empleo. De éstos, 5 millones 250 mil son mujeres.
Adriana ya no entra en el rango oficial de "jóvenes", pero a sus joviales 38 años ha dedicado cuatro años a la licenciatura, dos a la maestría y cinco al doctorado, amén de otros cursos de especialización. Y ni así ha conseguido un empleo estable relacionado con su experiencia académica.
Este caso ilustra cómo la falta de trabajo atraviesa todo el espectro de preparación: afecta a los menos educados, pero también a quienes han llegado más lejos. La creación de empleos en México va por detrás del crecimiento poblacional, de manera que entre 2006 y 2011, se acumuló un rezago potencial cercano a los 4 millones 300 mil trabajadores, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
EL FILÓSOFO
"Me metí a buscar trabajo en las páginas de internet, pero obviamente no hay ninguna solicitud que diga 'necesito filósofo'. Así es que busqué en donde piden estudiantes de todas las carreras".
Gerardo Hernández viajaba desde Ciudad Satélite hasta Ciudad Universitaria, de lunes a viernes. Esas tres horas cotidianas a bordo del destartalado transporte público que comunica al Estado de México con el Distrito Federal le servían para imaginar que algún día ejercería la carrera que tanto le criticaron sus cercanos: Filosofía. Terminó la licenciatura en junio de 2010 y, de inmediato, intentó abrirse camino en el mundo profesional.
Gerardo no ignoraba que sus alternativas de empleo serían limitadas, pero nunca pensó que el mercado de trabajo fuera tan estrecho. "Si queremos desempeñarnos en nuestra área, quienes estudiamos Filosofía sólo podemos entrar en la academia, y para ello te piden maestría. ¡Hasta para dar clases en una prepa privada!", dice con resignación este chico que ahora tiene 25 años.
Al paso de los meses, fue bajando sus expectativas y finalmente consiguió una chamba en el call center de un banco internacional, donde pagaban por encima del promedio de otras empresas similares. El salario de 7 mil pesos mensuales, por seis horas diarias, cinco días a la semana, le serviría para cubrir sus gastos básicos y mantenerse en busca de una oportunidad para ejercer la filosofía.
"Ahí atendía a clientes que viven en Estados Unidos y que no hablan ni bien español, ni bien inglés —comenta Gerardo—. Marcan y te dicen no pasa mi tarjeta, o por qué debo tanto, cuál es mi saldo". También tenía que ofertar diversos productos financieros. Trabajaba en una gran sala, con veinte islas de trabajo, cuatro operadores en cada una de éstas. Lo describe como "un panal”.
"Me sentía fuera de donde tenía que estar, no estaba haciendo absolutamente nada de lo que había aprendido, pero también entendía que era temporal: al mismo tiempo, me preparaba para hacer la maestría y estudiaba alemán", me cuenta Gerardo, con queja.
Gerardo pasó ocho meses en el call center, hasta que lo dejó para dedicarse de tiempo completo a elegir un posgrado y así intentar aumentar las posibilidades de conseguir un trabajo bien remunerado. A diferencia de muchos jóvenes mexicanos, él tiene la ventaja de que puede apoyarse económicamente en sus padres, y para volver a estudiar buscará además un préstamo a bajo interés del Banco de México, que podrá pagar con facilidades cuando esté laborando.
El caso del filósofo desempleado no es un tema aislado. De acuerdo con el "Informe sobre tendencias mundiales del empleo 2012", de la OIT, la situación en México va a contracorriente de América Latina: en el subcontinente, la tasa de jóvenes sin trabajo descendió del 15.9% en 2010 al 14.9% en 2011. En nuestro país, en cambio, subió del 9.7% al 10%.
La difícil experiencia que ha vivido Gerardo desde que salió de la universidad, hace dos años, lo ha hecho más pragmático: aspira a cursar una Maestría en Teoría Económica, en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), una de las instituciones de educación superior que forma a las élites de la iniciativa privada del país. "Tienen muchos contactos y te apoyan para que una vez que concluyas tus estudios, te puedas colocar", me dice.
Aún de esta manera, sabe que no la tendrá fácil.
El informe "La situación actual de los jóvenes en México", del Consejo Nacional de Población (Conapo, marzo de 2011), revela que, en este país, obtener más grados académicos no ayuda necesariamente a conseguir trabajo: la población joven con mayor nivel de estudios es uno de los cuatro sectores (los otros son los adolescentes, las mujeres y los jóvenes urbanos) a quienes más afecta la "búsqueda infructuosa" de empleo: personas como el entrevistado "enfrentan la paradoja de que a mayor escolaridad están más expuestos al desempleo", señala el estudio realizado por el organismo gubernamental.
"Estaba al tanto (de esos datos) —comenta Gerardo—. Ciertamente es una posibilidad. Pero la apuesta lo vale. Es una apuesta que vale la pena".
LA ADMINISTRADORA
Sujetos a un modelo económico de oportunidades muy desiguales, para algunos de los mexicanos más capaces salir adelante exige una combinación de determinación, suerte y pluriempleo. Elizabeth Jiménez, nacida en 1989 en el pequeño pueblo de San Juan Zautla, en la región de La Cañada de la sierra de Oaxaca, siete horas al norte de la capital estatal, creció en un ambiente en el que "la mujer es muy marginada, para nosotras es muy difícil estudiar". Ella, no obstante, "desde muy chica quería conocer lugares y aprender".
A los 15 años habló con un grupo de monjas trinitarias que hacían trabajo misionero. Ellas convencieron a los papás de Liz de que la dejaran mudarse a la Ciudad de México. Los campesinos cafetaleros estaban en desacuerdo inicialmente, pero terminaron autorizando que su hija prosiguiera sus estudios. Gracias a ello, obtuvo alojamiento en una residencia de las religiosas y pudo ingresar en el plantel La Noria (Xochimilco) del Colegio Nacional de Estudios Profesionales (Conalep), donde cursó una carrera técnica, "porque no me veía estudiando en la universidad, dada la situación económica".
Estaba subestimando su voluntad y determinación. Sus deseos de seguir adelante la llevaron a buscar apoyo en la Universidad Intercontinental (UIC), donde le dieron una "beca religiosa", que cubría el 30% de la colegiatura, y un crédito educativo que pagaba trabajando para la institución, cuatro horas diarias, para sumar 600 horas al semestre.
Eso no consideraba otros gastos, claro está: debía pagar menos que sus compañeras por la cama en el hogar de las monjas, pero seguían siendo 500 pesos al mes que tenían que salir de algún lado. Además de otras necesidades, como transporte y alimentación. De hecho, escogió la Licenciatura en Administración Estratégica con base en un criterio muy práctico: sólo necesitaba libros, y ésos los podía leer en la biblioteca. En la carrera que le gustaba más, Ciencias de la Comunicación, le pedirían cámaras, grabadoras, computadoras: aparatos que no soñaba conseguir.
Y para complicar más las cosas, en cuarto semestre reprobó una asignatura y por ello perdió la beca religiosa, de manera que tenía que trabajar más para poder cubrir el 100% de la matrícula. Lo que sorprende no es que haya fallado en esa única ocasión, sino que consiguiera aprobar en tiempo todas las demás materias, ya que para solventar sus necesidades económicas, se puso a vender dulces en la escuela y, a los estudios y el trabajo de la semana, sumó la limpieza de casas en sábados y domingos. Y ahí continúa: una mente luminosa sacándole brillo a pisos ajenos.
Porque, a pesar de que después de haber terminado los cursos, en mayo pasado, la Universidad Intercontinental le dio un puesto temporal de ocho horas diarias como auxiliar administrativo, "mientras me busco algo mejor", la joven de 22 años sigue como trabajadora doméstica, ya que "en 2011 me traje a mi hermana de 15 años a estudiar en la prepa de la UIC y me hago cargo de sus gastos, y también debo pagar mis trámites de titulación".
¿Hay algo más? ¡Ah, sí! Está trabajando en su tesis.
¿A qué hora se divierte? Liz es una joven normal a la que le gusta pasarla bien, aunque admite lo que para el lector no hace falta adivinar: "Es muy difícil, ¡no tengo tiempo!2. Ofrece un ejemplo: "Cuando voy a una fiesta el viernes, son de ésas hasta morir, hasta las cinco de la mañana… así es que nada más llego a mi casa y me arreglo para ir a trabajar. Llevo ocho años así".
Liz es la séptima de diez hijos: ninguno de sus hermanos mayores fue a la universidad, pero ahora otro de sus tres hermanos menores está becado para estudiar Agronomía en la Universidad de Chapingo.
Una vez que termine la tesis, en octubre, se pondrá a buscar otro empleo: "Sé que es un tema muy difícil porque ya antes he tratado". Muchos de sus compañeros tienen padres con negocios propios y entraron a trabajar con ellos, o todavía no se deciden a empezar la búsqueda.
En enero, sin embargo, intentará estudiar una Maestría en Finanzas, en la UNAM. Las personas con las que ha hablado le dicen que hay becas especiales para hablantes de idiomas indígenas, pero todas en licenciatura. Su lengua madre es el chinanteco. "Yo sería la primera en recibirla para maestría", celebra con dulce emoción.
EL POLÍTICO
"Mucha gente se sorprendió de que los jóvenes de universidades privadas nos movilizáramos", anota Viridiana Silva, alumna de la Universidad Iberoamericana, quien a sus 19 años es una de las decenas de miles de jóvenes que salieron a marchar el domingo 10 de junio, convocados por #YoSoy132. "Si lo ves, era de esperarse". Sus dos hermanos mayores egresaron en los pasados tres años y no encuentran trabajo. "Imagínate que hemos estado pagando 10-12 mil pesos mensuales de colegiatura, y todo lo que ven tiene salarios menores que eso. Obvio que no lo van a agarrar", dice.
En contraste, para Miguel Ángel Vilchis, 8 o 9 mil pesos al mes serían un lujo. Para él tanto como para el 56% de la población económicamente activa que tiene ingresos de entre 2 y 6 mil pesos, según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), al tercer trimestre de 2010.
Pero hay quienes le han ofrecido 11.85 pesos por hora. Joven de convicciones, Miguel Ángel pensó que la militancia en un partido político le permitiría hacer carrera. "Falsas ilusiones", dice. Ilusiones que lo llevaron a dejar inconclusa la Licenciatura en Ciencias Políticas y Administración Pública, que cursaba en la UNAM, y ahora se encuentra en una especie de limbo que no le permite conseguir empleo, porque "hay trabajos donde me dicen 'no tienes estudios terminados', y en otros me dicen que rebaso el límite, que sólo quieren secundaria o preparatoria. Entonces quedas en medio, no puedes encontrar trabajo porque excedes los requisitos".
El informe "El empleo, el ingreso y el actual gobierno", publicado en el boletín mensual Momento Económico del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM (febrero 2012), revela que el 71.2% de los desempleados en México tienen estudios completos de secundaria y preparación media superior y superior.
Nacido en 1983, en el centro de Azcapotzalco, Miguel Ángel es el único varón entre dos hermanas mayores, que sí se graduaron, de forma que "me queda esa espinita, soy el que no ha acabado". Él se arrepiente de haber dejado la escuela: "Ahora estoy pagando las consecuencias, llevo un año y medio sin trabajo porque no tengo el título".
Desde 2006, empezó a realizar encargos partidarios que ocasionalmente le procuraban una compensación económica. Así inició tareas de ayuda a la población, como con grupos de mujeres a las que instruía "en actividades recreativas que también les dejaban dinero", y con jóvenes con los que "hacíamos cosas artísticas y deportivas para sacarlos de la drogadicción". Eventualmente, Miguel Ángel montó una oficina propia desde la que organizaba jornadas de apoyo al abasto popular, todo ello "sin apoyo de un diputado, de un senador".
"Pero me comieron las rentas y las broncas con compañeros de partido", lamenta. "Tuve problemas con el delegado porque no cumplió los acuerdos, y me empezaron a atacar. Me aventaban la camioneta de vía pública y me decían que no tenía permiso para vender. Tenía la creencia de que iba a tener un trabajo en la Asamblea Legislativa o en la Delegación Azcapotzalco, cosas que nunca se cumplieron porque me bloquearon. En las elecciones de comités vecinales, hice una planilla propia, pero el delegado se encargó de acabarme". Las consecuencias —continúa— "fueron que descuidé la escuela, y en el momento en que intento cambiar de trabajo, no hay manera de encontrarlo", cuenta Miguel.
En algunos sitios le pedían el título que no tiene. En otros, "como en Walmart, fue totalmente un engaño", comparte. "Te lo pintaban como que tú ibas a checar la entrada de mercancía, con un sueldo de 3,520 pesos al mes, medio tiempo. Pero resulta que en mi primer día, la (responsable) de recursos humanos me dice 'tu trabajo va a ser de seis horas, seis días a la semana, con un pago de 11.85 por hora'. Hice las cuentas, iba a ganar menos de 2 mil pesos al mes. Y me dijeron o es eso o turno completo con los 3,520 pesos, lo quieres o no. Además, el puesto real era de vigilante. No puedes vivir con 11.85, no te alcanza ni para unos cigarros".
Haber estudiado en la UNAM, por si fuera poco, lo convierte en objeto de discriminación: "Una vez llevé mi solicitud a la empresa Costco, me preguntan 'qué estudiaste', dije 'Ciencias Políticas y Administración Pública', y eso bastó para que me dijeran 'no queremos grillos aquí'". Le ocurrió algo parecido cuando buscó el empleo de chofer repartidor "en una fabriquita de conservas, me dijeron 'sólo pedimos secundaria y tú tienes más, y además vienes de la UNAM, eres grillo, eres revoltoso, eres parista', así te tachan por ser de la UNAM. Yo quiero trabajar, quiero tener una estabilidad económica. No vengo a hacer grillas".
Actualmente, Miguel Ángel se mantiene haciendo "trabajitos", como descargar camiones repletos de maíz. "Ahí te vas a ganar 300 pesos, o haciéndola de mensajero, 100 o 200 pesos en un día. Más lo que me ayuda mi mamá. Eso se siente muy feo, casi a mis 30 años, todavía mi mamá me tiene que dar para el cigarrito".
Para salir de este hoyo, el joven regresó a la universidad para terminar sus estudios. "Me faltan dos semestres, 12 materias". No espera, sin embargo, que las cosas sean mucho más fáciles al graduarse. "En mi carrera, para trabajar necesitas un compadrazgo, un padrino... si tienes a alguien que te pueda ayudar, ya la hiciste, pero si no, la única opción que tienes es dar clases… ¡y yo pensaba estudiar filosofía! —suelta una leve risa—. ¡Imagínate!".
"No concibo que regrese un partido opresor y autoritario —Miguel Ángel cambia abruptamente el tema, para subrayar que, a pesar de todo, mantiene sus convicciones—. Ni concibo que siga un partido de derecha, que lleva 12 años. Llega un presidente y dice soy el presidente del empleo, y yo me pregunto, ¿dónde estás, presidente del empleo?".
Tal vez son sus ideas las que lo ayudan a mantenerse a salvo de ciertas tentaciones. Recientemente fue a una entrevista de trabajo con dos compañeros, uno de los cuales tiene un pariente dedicado al narcomenudeo. "Él dijo, si ya no me llaman, yo de aquí me voy con mi tío, me voy a vender… lleva dos meses vendiendo droga y ahora anda armado, cambió mucho. ¿Por qué? Porque no nos aceptan, te pagan una miseria, ¿tú qué vas a hacer con 11.85 la hora? Él sí terminó la carrera bien, pero no hizo la tesis. En cualquier momento puede caer en la cárcel o lo van a matar. ¡Qué triste, no era para que terminara así! Pero no hay empleo. Él me decía, 'vamos, ¿no?' Y yo no, prefiero hacer mi camino así, derecho, recto, ciudadano, no voy a hacer algo de lo que después me arrepentiré".
LA ACTRIZ
Bárbara Alvarado López encontró su vocación cuando era adolescente: el teatro. Nacida en 1987 y habitante de Ciudad Nezahualcóyotl, como alumna del plantel Oriente del Colegio de Ciencias y Humanidades se incorporó al Taller de Arte Creativo de Oriente, donde descubrió las posibilidades que le ofrecía el arte dramático para comunicarse. "Estuve haciendo teatro después de clases, por las tardes, se me facilitaba, lo comprendía bien", cuenta. "Aunque mi papá no es arquitecto, se dedica a la arquitectura y él quería que yo siguiera sus pasos, o que fuera médica o ingeniera. Pero a mí me encanta el arte y la literatura, ninguna otra profesión me parecía tan interesante y rica en posibilidades como el teatro… y no pedí permiso. Mi mamá me dijo 'tienes que elegir lo que te guste porque vas a serlo toda la vida'".
Por eso cursó la Licenciatura de Literatura Dramática y Teatro en la UNAM, donde sólo le falta terminar la tesis para poderse graduar.
La joven de 24 años encuentra incomprensión en muchas personas que, por prejuicio, piensan que su carrera es propia de vagos y gente rara. Para ella, es un eficaz instrumento de comunicación y educación. "Me interesa explicar una idea, un mensaje, un sentimiento, mover a las masas con alguna imagen actoral porque es una manera efectiva de llegar a la gente". Ella considera que "hay ideas que otros no se atreven a decir", en un país en el que "las grandes televisoras manipulan las cosas", y por eso, su interés es "la crítica humanista, al estatus, a la jerarquía que existe, a las ideas implantadas".
El teatro, además, le da acceso a una variedad de públicos, "tanto el que te puede pagar 5 pesos la función y el que puede pagar 200 pesos, tanto a los adultos como a los niños".
En su desempeño profesional, Bárbara Alvarado aspira a vivir no sólo de actuar, sino también de dar clases de literatura y disciplinas artísticas.
El problema es que sólo encuentra trabajos "de ventas, donde sólo pagan por comisión, donde no tengo prestaciones, y donde mis habilidades tienen que ser convencer a alguien de comprarte 5 mil pesos de basura, yo no quiero vivir de eso".
En otras áreas, la gente no entiende lo que hace. "Para empezar dices salí de teatro y te miran y te preguntan '¿eso con qué se come, qué se hace ahí?'. Llego a un sitio, me dicen 'sí te podría dar la gerencia, pero estudiaste teatro'", me cuenta. Debido a los prejuicios, continúa, los empleadores "creen que una no sabe hacer nada, que no sabe ni usar la computadora".
En las escuelas preparatorias le piden, al menos, tener el título y experiencia dando clases, "y tengo bastante, pero no es comprobable porque siempre han sido clases informales, y la única experiencia comprobable que tengo es en ventas, porque en eso trabajé para pagar mis estudios".
En contraste, en otros lugares la rechazan con el argumento de que es una persona sobrecalificada. "Hace unos días llegué a un lugar a presentar una solicitud y me dijeron 'híjole, es que ése no es el perfil que yo busco, el que busco es de alguien que tenga la prepa, no la universidad'", dice.
"¡Llevo dos años buscando! —dice Bárbara con desilusión—, he estado en trabajos esporádicos. Me autoempleé dando un curso de verano en mi casa, cubriendo a maestros en algunas clases, dando regularización en español, maquillando gente en épocas como la de muertos, dirigiendo los trabajos escolares de chamacos a quienes les dejan de tarea hacer una obra de teatro y no tienen ni idea. Estuve en una escuela donde supuestamente dan becas, pero en realidad no son becas, tú vendes lugares. Estuve de líder de ventas por catálogo, ¡ay! ¡Ya no me quiero acordar de esos empleos horribles!".
Una de sus técnicas preferidas es el teatro de títeres, sobre el que está realizando la tesis que necesita para poder graduarse y obtener el título. Pero no ha podido terminarla por falta de dinero. "Tengo que ir a Puebla y a Veracruz, a varios pueblos, necesito tiempo que no puedo costear. Estoy en bancarrota totalmente, me muevo cada día con 30, 40 pesos en la bolsa —se lamenta—. Casi casi mis papás me están manteniendo y hago cosas para sacar dinero, como frutas con chocolate que vendo para eventos especiales. Esto sólo me sirve para los gastos más básicos, para mi transporte, para mis ensayos, comidas".
Cuando estaba en la Facultad, ¿no imaginó que tendría estas dificultades? "No pensé que sería complicado buscar chamba, sentía la pasión del teatro, que iba a salir y todo el mundo me iba a esperar". La muchacha enfatiza su pasada ingenuidad con una risa triste. "Obviamente me amargué por no encontrar, no tener trabajo, y así perdí la pasión por el teatro". Sus parientes y amigos le dicen "deberías haber estudiado administración u otra cosa", y ella a veces pensaba que era cierto.
En el mes de mayo, sin embargo, reencontró a un viejo amigo que, por razones parecidas, "también estaba ya en un lapsus depresivo muy, muy rudo. Ya le habíamos perdido total sentido a la carrera, hasta el punto de decir ¿por qué diablos estudié eso? ¿En qué momento pensé que podía vivir de eso?" En el límite, algunas personas son capaces de reaccionar. "Él me dijo: '¿Sabes qué? Me quiero morir. Pero me quiero morir haciendo lo que me gusta… me lleva el carajo, pero quiero hacer teatro. ¿Quieres hacerlo conmigo?'".
Reanimándose mutuamente, el dúo elaboró un proyecto para montar una obra, la cual presentarán el 23 de junio ante funcionarios del gobierno hidalguense. "Si nos dan luz verde —dice con entusiasmo— podremos presentarla en casas de la cultura del estado".
Eso les ayudó de dos maneras: la primera es "vernos el uno al otro y darnos cuenta de que pasamos por lo mismo, era como decir, no estoy sola, hay otro que está igual que yo". La segunda es construirse la oportunidad de volver a hacer teatro. "Me ha liberado. Es muy difícil que te liberes de las presiones económicas, pero me ha despejado la mente, me ha devuelto la creatividad, todas esas ganas, el sentido que le veía al teatro, y que no quiero perder".
Bárbara acaba de encontrar otro trabajo fuera de su área, el de capturista. Sin embargo, el nuevo proyecto está satisfaciendo su necesidad expresiva fundamental. Todo gracias a esta colaboración independiente. Como lo pone ella misma: "Haz de cuenta que nos rescatamos el uno al otro".
TÉMORIS GRECKO calculó que necesitaba cursar licenciaturas, diplomados, maestrías y doctorados en la UAM, la UNAM y la Ibero, y en las universidades madrileñas Autónoma y Complutense, para convertirse en un periodista autoempleado que ha reporteado en 84 países del mundo