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Las voces del coraje

Un murmullo ensordecedor recorre calles y plazas del país. Padres, madres, hijos y hermanos de víctimas del crimen se han convertido en los líderes sociales que mueven a los indignados con la impunidad
VOCEROS DEL CORAJE Sus deudos les pusieron donde están y, queriéndolo o no, se han convertido en los nuevos líderes sociales (FOTO: Archivo El Universal )

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Majo Siscar
| domingo, 20 de noviembre de 2011 | 00:50

Irma Leticia Hidalgo ya no sabía a quién encomendarse. Había presentado denuncias en Laredo (Estados Unidos), en Tamaulipas y en Nuevo León. En junio viajó desde Puebla, donde vive, hasta Monterrey, para encontrarse con Javier Sicilia a su paso con la Caravana por la paz. Allí, ante el poeta, las palabras se le atragantaban entre el llanto, hasta que salieron abruptas, estremecedoras: “Sólo le pido a Dios, a ustedes, y al señor Sicilia que me ayuden a encontrar a mi hijo”.

La última vez que escuchó la voz de su hijo fue la noche del 27 de septiembre de 2010, cuando le llamó por teléfono para decirle que estaba atorado en un retén militar, a dos horas del gabacho.

Irma es una de las miles de madres, padres, huérfanos o viudas que luego de perder a sus seres queridos se han topado con la desidia de las autoridades. Como ellos hay muchos. Un estudio del Tec de Monterrey, realizado en 2010, muestra que 98% de los delitos que se comenten en el país quedan en la impunidad. Sin culpables. Los reclamos de muchos de estos dolientes se vuelven un murmullo ensordecedor que se esparce por todo el país. De repente, este año, ese musitar colectivo se volvió clamor, grito unitario. El “estamos hasta la madre” de Javier Sicilia expresó la indignación mexicana, vinculada directamente con la violencia y la impunidad.

Sicilia no es el primer padre que logra sobreponerse a su dolor y exige públicamente justicia, pero sí ha sido quien ha impulsado un movimiento nacional de víctimas. Y al hacerlo dejó de serlo. Se convirtió en un sobreviviente. Como Eduardo Gallo, como Isabel Miranda de Wallace, como Alejandro Martí, como los Le Barón. A todos ellos, el sin sentido de un asesinato les dio un sentido de vida. Cada uno a su manera. Y ninguno de ellos claudicó ante el miedo y la ineficacia gubernamental. Ellos son los voceros del coraje.

La tragedia los sacó a la calle

La primera voz que escuchamos públicamente fue la de Eduardo Gallo, en 2000. La pérdida de su hija le hizo recorrer 75 mil kilómetros hasta encontrar a los asesinos y capturarlos con sus propias manos. “Al Estado no le interesa hacerlo”, dice ahora. Sin embargo la violencia no era la lacra social que pudre al país una década después, y su caso no conmovió masivamente.

Después oímos a Isabel Miranda de Wallace, cuya terquedad la llevó a meter sus uñas de manicura francesa hasta en los canales de Xochimilco, para buscar a su hijo. En 2008, cuando en México ya se contaban miles de muertos por la violencia asociada a la delincuencia organizada, el cuerpo sin vida de un niño rico de 14 años, Fernando, hijo del empresario Alejandro Martí, unió en las calles a diversas clases sociales, en 70 ciudades del país. Al año siguiente, una comunidad de rancheros mormones, los Lebarón, dieron una lección de dignidad al organizarse ellos mismos contra el secuestro en Chihuahua.

Este marzo, el asesinato del hijo de un poeta místico puso rostro y nombre a las otras 50 mil víctimas. Católico fervoroso y practicante, Sicilia recogió ese hartazgo y asumió la función del pastor del rebaño. Se enfundó en su chamarra de borrego y emprendió tres peregrinaciones para escuchar los alaridos de dolor, que como el de Irma Leticia, gritan ¡basta! En su voz se encarnaron todas, desde las que ya habíamos escuchado hasta las que no queríamos oír. La indignación de Sicilia, Gallo, Martí, Wallace y Lebaron se suma a la de Irma Leticia Hidalgo, Nepomuceno Morales, María Herrera o Paquito, un niño de seis años que perdió a su papá en marzo, Fernando Rodríguez, un minero duranguense de 31 años.

El coraje de todos ellos salió a las calles, se coló en los periódicos, se apoderó de las sobremesas. Y llegó a Los Pinos. El presidente Calderón invitó a Sicilia a negociar; el poeta aceptó bajo la condición de que fuera un diálogo público, con la presencia de muchos dolientes. “Mi hijo tiene la misma dignidad que cualquiera de los otros miles de muertos”, le dijo al mandatario a principios de abril. Y en junio se lo demostró, obligándole a pararse ante indígenas purépechas, luchadores sociales, empresarios, madres de policías. Porque al caer, todos los muertos pesan lo mismo. Aunque unos hagan más ruido que otros.

En esta entrega pintamos la historia de seis sobrevivientes que se han convertido en activistas. Sus deudos les pusieron donde están y, queriéndolo o no, se han convertido en los nuevos líderes sociales. Les mueve el mismo dolor pero sus recetas para cambiar el país son muy diferentes. De la petición de mano dura de Isabel Miranda de Wallace al pacifismo cristiano de Javier Sicilia hay un abismo. Sin embargo, todos coinciden: hay que transformar las instituciones para abatir la impunidad.

Sicilia, el místico

Le barón, el sembrador

El Gallo de pelea

Wallace, la reina

Herrera, la aguerrida

Martí, el emprendedor

 

 

    MAJO SISCAR prepara una paella valenciano-chilanga deliciosa, es corresponsal en México del diario español “Público” y en 2010 fue reconocida como la mejor periodista europea por un texto sobre mujeres encarceladas por abortar