Cuando leí Los detectives salvajes llevaba un tiempo largo sin ver poetas. Meses, años, quizá décadas. Suena al tipo de castidad drástica y perfectamente inútil que aconsejan los programas de desintoxicación. Pero no: lo vago de la medida de la abstinencia prueba que no era deliberada. No veía poetas, eso es todo. O los veía de lejos, un poco borrosos, como si ambos, ellos y yo, viviéramos en mundos paralelos cuyas ventanas alguien se empeñara en olvidarse de limpiar. O bien me los imaginaba diminutos, siempre, como suele ser diminuto todo lo que uno se imagina —porque, por alguna razón, para imaginar algo hay que empequeñecerlo, jibarizarlo a escala de zoológico de cristal. Me imaginaba poetas, por ejemplo, cada vez que con el rincón de un ojo despectivo detectaba en el diario el anuncio de ¿cuántos? ¿tres? ¿cinco? ¿diez recitales de poesía en una sola tarde? Me los imaginaba también cuando por las noches, al desvestirme y buscar en todos mis bolsillos algo que sabía que me sería vital a la mañana siguiente y que no encontraría, tropezaba con el flyer fotocopiado de una peña poética entintándome las yemas de los dedos. (Y si hay algo que yo detesto es que se me entinten las yemas de los dedos.) Me los imaginaba siempre que me enteraba —tarde, demasiado tarde, y por boca de alguien que sin duda no me quería bien— de que los dos o tres poetas con los que había tenido algún contacto en mi juventud, gente altiva, ensimismada, de un ingenio tortuoso, que pronunciaba mal a propósito cualquier idioma extranjero y cultivaba el deleite de fabricar monstruos con los nombres propios (el único que recuerdo ahora, perdónenme, es el apellido del famoso escritor disciplinario Sade-Masoch) —de que esos dos o tres poetas conocidos míos no contestarían el teléfono, llegado el caso remotísimo de que se me ocurriera llamarlos, porque estaban fuera de la ciudad, participando de un cónclave poético de invierno auspiciado por una bodega o una marca de estilográficas, uno de esos retiros que entiendo que los poetas acometen cada tanto en algún hotel de balneario acorralado por el viento y el frío y que aprovechan para tirar por la borda la dieta de café y tabaco y drogas y ginebra a la que son adictos, para comer a lo bestia, beber como cosacos, sacarse los ojos por algún diferendo métrico y vomitar sobre colchas donde las migajas de algún desayuno de la temporada estival inmediatamente anterior todavía esperan el ojo de lince de la empleada de limpieza que les aseste el golpe de gracia.
Ahora que lo pienso no veo por qué me asombro tanto. Si no ando por ahí recordando cuánto hace que no veo yudokas, o basquetbolistas, o maquilladoras, es sencillamente porque no son gremios que se me dé por frecuentar. Quiero decir: si no veía poetas cuando leí Los detectives salvajes es porque no conocía poetas. Como se dice: no eran "mi mundo" —salvo por esos dos o tres que según mis informantes, probablemente pagados por los poetas mismos y no con dinero, como es obvio, sino con plaquettes mariconas, sonetos para la novia en prisión o en el extranjero, llenado de formularios y crucigramas dominicales, etc., se pasaban la vida de retiro poético en retiro poético, de playa en playa, de invierno en invierno, menos escribiendo, sin duda, que limitándose a humedecer las plumas de las estilográficas donadas por el patrocinador en los vasos rebosantes del vino suministrado por la patrocinadora. En rigor, esos dos o tres eran los culpables de que los poetas no fueran mi mundo —al menos hasta que leí Los detectives salvajes, y esto con las consecuencias más inesperadas. De uno, por ejemplo, recuerdo que hacia mediados de los años 70, más o menos la época en que empieza Los detectives salvajes, llamó a mi mejor amigo —que por entonces era el mejor amigo del poeta— a las cuatro de la mañana, desde el balcón de su departamento céntrico —era verano, eran los primeros teléfonos inalámbricos que entraban en el mercado argentino—, para anunciarle que hacía rato que veía moverse algo en el pavimento de la calle Anchorena, una abertura, un pliegue labial, una especie de boca como la que se hurga en la panza James Woods en la película Videodrome, y que estaba considerando seriamente la posibilidad de bajar a besuquearla pero le daba una pereza infinita vestirse, ponerse las pantuflas, llamar el ascensor, etcétera, de modo que, encaramado a la baranda del balcón, estaba considerando seriamente la posibilidad de ahorrarse todos esos protocolos fastidiosos y zambullirse de cabeza en la calle. Cuando su mejor amigo acudió —después, él sí, de vestirse, ponerse pantuflas, llamar el ascensor, etc.—, el poeta seguía en el balcón, seguía desnudo en el balcón, pero ya no asomado, ya no tentado por el llamado de la famosa boca asfáltica sino disfrutando del fresco de la madrugada, leyendo a los gritos Gualeguay, el largo poema mallarmeano del poeta santafesino Juan L. Ortiz, y atormentando a los vecinos con un disco de Led Zeppellin. (Vaya uno a saber si mi poeta no terminó alguna vez dejándose caer en la vulva que había alucinado. Lo cierto es que, con el tiempo, su mejor amigo de entonces pasó a ser mi mejor amigo. Lo cierto es que algunos años más tarde, no muchos, no los necesarios, en todo caso, para que la vulva que obligó a su ex mejor amigo a abandonar la cama a las cuatro de la mañana dejara de obsesionarlo, mis informantes, para mi escándalo, lo descubren con una barba rala, casi millonario, en el único hotel cinco estrellas de Asunción del Paraguay, redactando en traje de baño y con un whisky en la mano los monólogos y chistes absolutamente indignos que un par de horas después repetirá en cámara un comediante argentino contratado por un sueldo absolutamente descomunal por un canal paraguayo para animar un programa de entretenimientos vespertino que durará meses, años, décadas en el aire y hasta hará escuela en la joven televisión del Paraguay…) De otro poeta, no por casualidad amigo íntimo y hasta mentor, en alguna época, del que acabo de evocar, a esta altura menos poeta que artista genial de la economía, ya que sin poner un solo centavo de su bolsillo había canjeado los brotes de una esquizofrenia enraizada en el tedio del pueblo de la provincia de Buenos Aires del que era nativo por una indolencia de guionista dandy colonial —de este otro poeta, decía, recuerdo que una noche un amigo que lo alojaba en su casa, alguien seguramente más ajeno al mundo de los poetas que yo, porque de otro modo no se explica que haya asumido los riesgos que implica esa clase de hospitalidad sin tomar alguna precaución, se despertó sobresaltado por unos ruidos y fue hasta la cocina y encontró a su huésped poeta vestido de cuero negro de pies a cabeza y con un pasamontañas en la cabeza, parado junto a una olla de acero inoxidable, derramándose, no comiendo, digo bien: derramándose en la boca unos spaghettini con salsa fríos que recogía directamente de la olla con una mano enguantada.
Acá hay un corte. Uno de esos fundidos a negro que en el cine se tragan un pedazo de tiempo o de vida y no lo devuelven jamás. No sabemos del todo cuánto, cuándo. Sabemos que es inconmensurable. Y al volver, cuando el diafragma que se cerró sobre el héroe o sobre el mundo se abre otra vez y el cuadro se ilumina, todo, absolutamente todo ha cambiado. Ahora hojeo una revista de actualidad en la sala de espera del consultorio del dentista, o el dermatólogo, o el tomógrafo computado, y al dar vuelta una hoja me topo con alguien muy parecido a mí, quizás un poco más joven, alguien, en todo caso, que en la foto no parece necesitar un dentista, ni un dermatólogo, ni una tomografía computada, y que de golpe aprovecha la pregunta más insignificante que le hacen para proclamar esto: "Envidio a los poetas". Como haría cualquiera en mi situación, interpreto que debo haber leído mal, que no soy yo, que lo que falta en el reportaje son las comillas entonacionales de la ironía o el caño del revolver que el periodista —un poeta, seguramente: esa gente está en todas partes— me pone contra la cabeza mientras me hace la pregunta. Sigo leyendo. "Envidio el modo de vida de los poetas, su sentido de comunidad, su precapitalismo". La secretaria del consultorio se asoma. "Señor Pouls, Pols, Pol", tantea, acercándose la ficha clínica a los ojos, como si sólo martirizara mi apellido por un problema de miopía. Y yo, quieto, petrificado, sigo leyendo. "Uno va a una fiesta y si hay narradores no los reconoce. A los poetas, en cambio, se los identifica en seguida. Me gusta ese aspecto uniformado, como de cofradía medieval que tienen".
La pregunta es ¿qué pasó? ¿Qué pasó durante ese fundido a negro? Pasó Los detectives salvajes. Pasó que la novela de Bolaño, que empecé a leer en un rancho inundado de Cabo Polonio, una playa sin luz eléctrica del Uruguay, y terminé, creo, frente a un semáforo en rojo particularmente paciente de la avenida 9 de julio de Buenos Aires, a bordo de un Renault 4 blanco como los que la fábrica Renault ha discontinuado en las grandes capitales del tercer mundo pero sigue fabricando en París para que los franceses, según la costumbre que inauguraron en mayo de 1968, los hagan arder en las manifestaciones callejeras —pasó que la novela de Bolaño me inoculó su virus masivo y me convirtió. (Por una vez, al menos, en la historia de la drogadicción, la sobredosis venía después de la desintoxicación, y no a la inversa.) Yo creo que fue eso. Si no, no se explica. Los datos coinciden. Reconstruyendo un poco la cosa, es después de ese verano, en efecto, y antes naturalmente de leer la entrevista que casi me fulmina en la sala de espera del consultorio, cuando empiezo a verme en fiestas de poetas, no del todo integrado al conjunto, es cierto, no como pez en el agua, como se dice, pero omitiendo todo reparo contra la calidad del vino, volviendo a fumar cigarrillos negros sin filtro, siguiendo las conversaciones de poetas con alguna solvencia, desde un modestísimo segundo plano de narrador. Es después de ese verano crucial cuando, enemigo de la relación general entre escritura narrativa y voz, entre prosa y exhibicionismo, me veo de pronto leyendo en público mis papelitos en instituciones que antes miraba con condescendencia o ignoraba como la Casa de la Poesía, ex hogar, dicho sea de paso, como lo rememora una placa, de Evaristo Carriego, un poeta de barrio que si existió fue sólo porque a Borges un buen día se le ocurrió leerlo y otro escribir su biografía —me veo leyendo, decía, en compañía, o más bien a modo de relleno, gracias a la generosidad o acaso la secreta malicia del director de la Casa, poeta, como no podía ser de otra manera, que fue quien me invitó —en compañía, decía, o como relleno más o menos pintoresco del hueco dejado en la vieja mesa por los dos otros lectores que son el plato fuerte de la velada y que son, uno, por supuesto, el que lee primero, poeta, super poeta, tan super poeta que ahora se da el lujo de rebajarse a la prosa y contar, él también, y no sin gracia, sus cositas, el otro narrador, sí, prosista, pero con más de una conexión con "lo poético" y sobre todo extranjero, lo que, además de darle un aura intocable, como una inmunidad diplomática, lo coloca sin duda en un pedestal de singularidad indiscutible. Y es después de ese verano, que ya consta en mis anales como el verano en el que se me dio por leer Los detectives salvajes, verano en el que, dicho sea de paso, no leí otra cosa que Los detectives salvajes, y no porque no hubiera incluido otros libros en mi equipaje —porque de hecho los incluí—, ni porque la extensión de la novela de Bolaño acaparara la totalidad de mi energía de lector —porque de hecho nunca leo un libro largo sin pellizcarlo un poco con lecturas laterales—, ni porque la inundación que arruinó mi ropa y la de mi familia y nuestra provisión de velas y víveres con la que pensábamos sobrevivir toda la temporada hubiera arruinado los otros libros, los libros con los que Los detectives salvajes de algún modo "competía" —porque de hecho los libros sobrevivieron intactos, tan intactos como puede sobrevivir un libro que se pasa veinte días sin moverse en una valija —no: si no leí otro libro que Los detectives salvajes fue simplemente porque no quedó lugar —lugar en la literatura, quiero decir— para ningún otro. ¿Cuánto hacía que una novela no reivindicaba para sí la fuerza de la voracidad, la energía bulímica, la capacidad imperial de ocupar, colonizar, anexárselo todo?— es después de ese verano, decía en algún momento, antes, más arriba, cuando me doy cuenta no sólo de que yo, que me jactaba de estar de este lado de la calle, ya estoy en pleno mundo de los poetas (primer escándalo), sino que deseo algo de ese mundo (segundo escándalo) y, lo que es peor, que eso que me descubro deseando de ese mundo,
y deseándolo contra mis convicciones más fervientes, incluso contra toda mi formación artística e intelectual, no es una Obra —no es el efecto de una manera específica de entrar y atravesar el lenguaje— sino algo tan discutible, tan ideológico, tan juvenil, como una mitología existencial; es decir: eso que a falta de una palabra mejor seguimos llamando una Vida. Tercer escándalo.
Sabemos que no hay libro donde haya tantos poetas activos, mencionados, aludidos, citados, evocados, como Los detectives salvajes. Es una novela que exuda poetas, casi al punto de hacernos creer —es lo que yo creí, alarmado, cuando recién empezaba a leerla— no sólo que ser poeta es algo así como el servicio militar obligatorio al que está sometido todo personaje de novela sino que el propio mundo, el mundo idiota, banal, irreversiblemente prosaico de todos los días, está en realidad poblado únicamente de poetas. En el libro, el que no es poeta es padre, madre o hermano de poeta, novia o novio de poeta, amigo, amante oficial o amante secreto de poeta, heredero de poeta, lector de poeta, editor de poeta, enemigo de poeta, antídoto, víctima, proyecto de poeta... Dios mío, recuerdo que me preguntaba ese verano: ¿cómo voy a hacer para sobrevivir a esta proliferación, esta explosión demográfica, esta metástasis de poetas?
Por mucho menos, pensaba, un polaco famosamente resentido —cuya mueca, como habrán advertido los detractores de la Poesía presentes en esta sala, supervisa de cerca estos balbuceos— escribió las seis páginas de una diatriba despiadada, tan perspicaz en su momento, cuando lo que se proponía cañonear era el mito de la Poesía como Monumento de Pureza y Especificidad, y hoy, ay, a la luz del efecto que Los detectives salvajes tuvo, tiene aún en mí, tan inocua, tan poca cosa... Pero ¿por qué? ¿Por qué los dardos envenenados que Gombrowicz disparó contra el corazón de los Vates y la Poesía se desenvenenan, reblandecen y en vez de herir de muerte a Arturo Belano y su pandilla se ponen de golpe —ignominiosamente— a acariciarlos? De todas las respuestas posibles se me ocurre una —la que da cuenta, en todo caso, de cómo yo, anti poeta, extranjero total en el mundo verso, pasé a ser una de sus víctimas. Y es ésta: que ni Belano, ni Ulises Lima, ni el joven García Madero, ni prácticamente ninguno de los poetas que se multiplican en las páginas de Los detectives salvajes escribe nada —nada, en todo caso, que nos sea dado leer. Un libro inflamado, henchido, rebosante de poetas —y no hay Obra. No hay obra. La frase suena enfática y militante, casi tanto como suena No hay banda en la voz del monigote maníaco que hace las veces de maestro de ceremonias en Mulholland Drive, la película de David Lynch. Sólo que para Bolaño es exactamente al revés: no hay obra, sólo banda; es decir manada, muta, enjambre, célula, gang o como quiera llamarse la estructura corporativo-nómade en que se mueven sus poetas héroes. Si Los detectives salvajes es un gran tratado de etnografía poética, es precisamente porque sacrifica eso, porque hace brillar a la Obra por su ausencia; porque en el lugar central, en la médula del libro, allí donde deberíamos ver desplegarse las artes, el saber, la intuición, el don de lengua de los poetas —todo eso que ponía en pie de guerra a Gombrowicz y lo obligaba a desenfundar todas sus armas a la vez—, lo único que hay son ráfagas de aire, torbellinos hiperquinéticos, una especie de movimiento grupuscular continuo, una compulsión a respirar, a tragar aire, un gregarismo hiperventilado, un atletismo de pulmones rotos y músculos gastados, fugas hacia adelante —todo eso que la gran tradición del melodrama de artista, del Van Gogh de Vincente Minelli en adelante, designa con una expresión perfectamente kitsch y perfectamente irrebatible: sed de vivir. Operación extraña, la de Los detectives salvajes: la poesía —la "obra poética"— queda afuera, del lado de lo real, de lo real-histórico (Mario Santiago, el infrarrealismo, la historia de la poesía mexicana, etc.); y lo que entra, lo que se infiltra en la ficción y ocupa el sistema circulatorio de la literatura, es algo que sólo creíamos conocer (y despreciábamos) bajo la forma del peor de los estereotipos: la Vida misma, la Vida Poética. Es el Vitalismo enorme, kerouaquiano, casi emersoniano, podríamos decir, que anima a una novela como Los detectives salvajes: vitalismo contra natura, vitalismo de vanguardia, sí, en la medida en que consuma como nunca el principio vanguardista último: la abolición del límite entre las esferas, las prácticas, las órbitas humanas; la extinción de las autonomías y las especificidades; la disolución del arte en la vida. En ese sentido, a lo largo de toda su carrera, Bolaño no habría escrito sino una sola cosa, un libro único, a la vez entusiasta y doliente, eufórico y fúnebre: una Gran Introducción a la Vida Artística.
Porque la Vida Artística según Bolaño no es un medio, no es un pretexto: no se vive artísticamente para producir una obra ni para ser alguien, tampoco para fundar y defender una identidad o fabricarse una imagen: la obra, el personaje —Belano, Lima, Cesárea Tinajero, incluso el mismo Bolaño— pueden estar o no, pueden ser pálidos o brillantes, memorables o fallidos, pero son siempre efectos de la vida, sus pliegues aleatorios —nunca su origen y menos su fundamento. La Vida Artística es un principio de inmanencia, una especie de campo informe, anti jerárquico, sin más allá, que lo procesa todo —política, sexualidad, socialidad, territorio— y se define menos por lo que son las cosas que por lo que pueden, menos por valores que por potencias. De ahí los "problemas" con los que se encuentran los personajes de Los detectives salvajes: problemas de vitalidad, nunca "poéticos"; problemas pragmáticos, nunca "de escritores". Con Belano nunca nos preguntamos qué hace, en qué consiste su secreto poético, cuál es su relación con "la forma". Nos preguntamos: ¿hasta dónde será capaz de ir? ¿Dónde se detendrá su acción? ¿Cuál es el límite de su potencia? Y lo mismo —en estado extremo, crítico— con ese gran personaje de Bolaño que es Wieder, el artista-militar de Estrella distante, que si se define por algo es por ir lejos, siempre un poco más lejos, y a fuerza de trazar esas líneas de fuga reduce a polvo la triste moralidad con que pretendemos acorralarlo. De ahí, quizá, que la Vida Artística, en Bolaño, aun cuando nunca deje de reconocerle antecedentes en las vanguardias de principios de siglo, siempre parezca fechada en los años 70, una época donde todo "de alguna manera es una broma y de alguna manera es algo completamente en serio" y todos son "escritores o periodistas o pintores o revolucionarios"; una época donde resulta imposible saber si los arabescos que traza un avión en el cielo son un avatar magistral del letrismo de denuncia o el arte oficial del terror, si las purgas que limpian de traidores un cenáculo poético no son el eco de las que sacuden a las células políticas, si el "hermafroditismo" de los poetas —fuente de una encarnizada voluntad endogámica— no traduce el que impera en la militancia radicalizada. Los años 70, es decir: los años en que la idea de vanguardia articuló por última vez en un modo de existencia, en una inmanencia vital, la pulsión política y la estética; los años —para decirlo con Bolaño— en que fue joven "la última generación latinoamericana que tuvo mitos". Salvo para los conversos, los cínicos o los amnésicos, es sin duda una época peligrosa, difícil de leer, sembrada de dobleces y contigüidades amenazantes: el bien está demasiado cerca del mal, la política demasiado cerca del delito, el espanto demasiado cerca del éxtasis, el arte demasiado cerca de la conspiración. Pero ese juego de vecindades combustibles es el material mismo con el que está tramada la Vida Artística, y es también el laboratorio en el que la Vida Artística despliega sus procedimientos: el primero, aparecer y desaparecer una y otra vez, en un régimen de intermitencias que la literatura de Bolaño nunca deja de experimentar; el segundo, cambiar de nombre, ser otro, en una política de la impostura de la que en Bolaño nadie nunca es del todo inocente.
En rigor, la Vida Artística —ese modo de existencia voluptuoso y condenado, hecho de deseo, fuga y clandestinidad— es menos un signo de la época, una clave propia de los años 70, que una estrategia singular para resolver el duelo, la melancolía terrible a las que no deja de enfrentarnos. La etnografía de la Vida Artística es la Solución Bolaño de una catástrofe que no se extingue, que vuelve como un espectro histórico, que sigue interpelándonos, reclamándonos, incluso extorsionándonos. Porque la Vida Artística —como bien lo adivinaba yo ese verano en Cabo Polonio, mientras una novela llamada Los detectives salvajes iba haciéndome efecto— la Vida Artística es un mito. Un mito sin resentimiento y sin odio: alegre, diría Spinoza, en el sentido de que en vez de descomponer compone, y en vez de disminuir la potencia de la literatura no hace más que intensificarla, expandirla, tenderla hacia su límite... Un mito tan bello y tan útil y tan desesperado como el que enciende de deseo al fetichista, por ejemplo, cada vez que roza con los dedos el zapato o el mechón de pelo o la media que idolatra. Hay una frase que no deja de aparecer en la literatura de Bolaño, una frase que siempre me intrigó y que quizá empecé a entender muy tarde. En rigor es menos una frase que una fórmula, un conjuro, una suerte de instrumento mágico que suele rematarse en puntos suspensivos, lo que significa que, como todo conjuro, siempre puede ser usado otra vez, aplicado a un objeto nuevo. Es la fórmula: Me gusta creer... A diferencia de los jóvenes de los años 70, entre ellos el mismo Bolaño, que creyeron y fueron los últimos, el Bolaño que escribe dice: Me gusta creer. Un poco como el fetichista dice: "Ya sé que el zapato o el mechón de pelo o la media que idolatro no colmarán eso que le falta a la mujer y me aterra. Ya lo sé", dice, "pero aun así..." La fórmula Me gusta creer —la divisa profunda de Roberto Bolaño— designa los dos movimientos combinados de su "solución": ya sé que esa vanguardia fue la última, pero me gusta creer que sigue viva. ¿Cómo? ¿En qué condiciones? ¿Bajo qué forma? Como Vida Pura, Vida Artística, Vitalismo mitológico. La fórmula Me gusta creer se vuelve estrategia y Bolaño da con su solución: inventar la Vanguardia como leyenda y convertirse en su mitógrafo, su mitólatra, su mitócrata.
Leído el sábado 8 de abril en el Encuentro Internacional sobre Roberto Bolaño realizado en la UNAM, México DF. Marzo de 2006
ALAN PAULS (Buenos Aires, 1959) es periodista, escritor, crítico literario y guionista, ganador del Premio Herralde 2003. Autor de "El pudor del pornógrafo", "El coloquio", "Wasabi", "El pasado", "Historia del llanto", "Historia del pelo", y el más reciente se titula "Temas lentos"