José Daniel Ortega Saavedra supo desde pequeño lo que era ir de un bando a otro. En un país en el que el aliado de hoy es el rival de mañana, y pasado mañana el camarada es el enemigo de ayer, sus padres combatieron al general Anastasio Somoza García (1896-1956), fundador de la dinastía, pero también hicieron negocios con el dictador al que Estados Unidos calificó de “nuestro hijo de puta”.
El presidente reelecto en la economía más pequeña de Centroamérica heredó la gran habilidad de abrazar a sus adversarios, sin inmutarse ni sonrojarse. O al contrario, olvidarse de los buenos amigos para convertirlos en antagónicos.
Eso pasó con el periodista nicaragüense Carlos Guadamuz. Un día fue su gran amigo, compañero del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y también de prisión, entre 1967 y 1974. Pero en 1996 ocurrió la ruptura. Con todo su poder, Ortega le impidió competir por la alcaldía capitalina y le arrinconó en la estructura del “orteguismo” para sacarle del partido. Guadamuz denunció con fuerza (y valentía) que Ortega y su camarilla tenían tomado al FSLN y su aparato de radio y televisión.
Y en 2004 —¿sorpresa?— llegó la tragedia: Guadamuz recibió cinco balazos en Managua. Su asesino, William Augusto Hurtado García, fue condenado en 2004 a más de 21 años de cárcel, exguerrillero sandinista, integrante de aparatos de la seguridad del Estado en la fase revolucionaria y luego miembro de escuadrones clandestinos del FSLN, salió libre en 2008, porque Ortega (de nuevo presidente) ordenó que saliera de prisión por motivos humanitarios y de salud. ¿Quién fue el asesino intelectual de Guadamuz, que pasó de amigo a enemigo de Ortega?, preguntan desde entonces muchos nicaragüenses, con ironía.
Si la meta es alcanzar, preservar y manipular el poder en Nicaragua, la epidermis del mandatario de 66 años es delgada: lo mismo llegó a componendas oscuras con los más corruptos y tenebrosos, que se sometió a los designios de su esposa. Logró que Rosario Murillo llamara mentirosa a su hija Zoilamérica Narváez, quien denunció que su padrastro la había violado sexualmente. Murillo le dio la espalda a su hija y apoyó a su esposo para la postulación presidencial en 2007.
Zoilamérica nació en 1967, en un primer matrimonio de Murillo. En 1998 acusó a Ortega de abusar sexualmente de ella sistemáticamente desde que tenía 11 años, una practica que duró 20 años. Pero su madre aplacó el caso en las vías judiciales y limpió la mesa electoral para su pareja.
Por eso, en tierra de frágiles lealtades, Ortega conoce el paisaje. A quienes en una época calificó de hermanos, ahora los tilda de traidores o vendidos. En sus sorpresivos bandazos ideológicos, sus lealtades parecen ser de conveniencia: a lo largo de su trayectoria política ha sido fiel a Cuba y a los hermanos Fidel y Raúl Castro, y ha mantenido el discurso de odio hacia “el imperialismo de Estados Unidos”, aliándose a todo lo que huela antiWashington y antiCasa Blanca, sin importar si son narco, guerrilleros colombianos o terroristas libios.
En su afán de poder, jamás titubea para asociarse con quien sea, no importa si son nicaragüenses que en el pasado se pusieron al servicio de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) o del gobierno de Estados Unidos, precisamente para combatir a Ortega.
El güegüence
Los personajes de la política en Nicaragua son de faz cambiante. Por dentro, cada nicaragüense lleva un güegüence, nombre de una herencia de la malicia indígena: astuto, exagerado, cómico, presumido, suspicaz, cálido, desconfiado, atrevido, burlón de su tragedia y de doble rostro, el nicaragüense esconde su peculiar personalidad y oculta su verdadera identidad, tras analizar, sonreír, temer, lamentar y reclamar. Ortega lo sabe y un ejemplo contundente lo confirma.
En la revolución sandinista, que gobernó Nicaragua de 1979 a 1990 tras derrocar con las armas a la dictadura de los Somoza (1934-1979), Ortega se apropió de la residencia en Managua del banquero político derechista nicaragüense Jaime Morales Carazo: tierras, calles y propiedades aledañas que rodeó de muros, en un complejo en el que funciona el ex guerrillero y ahora gobernante FSLN.
Al derrumbarse el somocismo, Morales huyó al exilio a Honduras y a México, y en 1981, reclutado por la CIA y por el gobierno del entonces presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, fue un fundador de la “contra” que con vestigios somocistas combatió hasta 1990 al régimen sandinista, encabezado por Ortega. Aparte de acusar al presidente relecto de robarle su casa, Morales le culpó en esos años de dictador comunista, de represor, de ahogar a la democracia nicaragüense, de pretender instalar un régimen totalitario satélite de Moscú y La Habana y de incendiar a Centroamérica.
Finalizada la guerra en 1990, con Ortega fuera del poder, Morales retornó a Nicaragua: nunca recuperó su residencia y siempre atacó al sandinismo y a sus comandantes de organizar un enorme robo de propiedades para enriquecerse. El Frente decía que los “contras” eran perros serviles del “imperialismo yanqui”.
Pero en 2006 —otra vez, ¿sorpresa?— y con el arrastre de derrotas en los comicios de 1990, 1996 y 2001, Ortega se acercó a su antiguo enemigo fundador de la “contra”, vieja pieza de la CIA y de la Casa Blanca, para ofrecerle que fuera su candidato a la vicepresidencia de Nicaragua con el FSLN en los comicios de 2006. Y Morales aceptó. Así, en enero de 2007 Ortega quedó como presidente y Morales como su segundo en el poder, abrazados en un trío con Rosario Murillo.
En la elección del 6 de noviembre pasado, cuestionada por supuestas irregularidades, superó un polémico fallo y no llevó a Morales a la vicepresidencia.
“Daniel Ortega no ha cambiado mucho. Fue siempre una persona hosca, mal orador y nunca se destacó por su brillo intelectual”, dice la laureada escritora nicaragüense Gioconda Belli, su antigua aliada, desde antes de la caída de los Somoza hasta que rompió a mediados del decenio de 1990.
“Lo que no se reveló sino hasta después de 1990 fue su habilidad para el manejo político, su falta de escrúpulos para lograr lo que se propone y su fijación con el poder. Rosario Murillo fue su asistente y se le hizo necesaria porque es una persona organizada. Ambos sufren de inseguridad y paranoia, pero son ambiciosos e incansables.
El pacto de poder entre Ortega y Murillo se basa en el apoyo que ella le brindó cuando su hija Zoilamérica acusó a Daniel de abuso sexual, afirma la escritora. Y prosigue: “Daniel aceptó que Rosario tuviera un papel protagónico a su lado. Ella le ha sido muy útil y cogobierna con él, a pesar de que la Constitución del país prohíbe que los familiares cercanos de los funcionarios ocupen cargos públicos”.
María Elena Domínguez, directora ejecutiva de Red de Mujeres Contra la Violencia, dice que el caso de Zoilamérica ha queda resuelto “por otra vía, no por los cauces que se debieron llevar”, que “hay derechos lesionados”.
Ante los ataques y acusaciones, el diputado sandinista Jacinto Suárez, presidente del Parlamento Centroamericano y jefe de Relaciones Internacionales del Frente, calificó de “tontas”, “idioteces” y “estúpidas” las argumentaciones contra Ortega. Al defender la reelección del presidente del país, y ante alertas de que Ortega reformará la Constitución Política para reelegirse indefinidamente, Suárez asegura: “El país marcha bien así, ¿para qué lo vamos a descomponer?”.
¿De dónde viene?
A los 18 años, Ortega se incorporó a la Universidad Centroamericana en Managua y se vinculó al FSLN, fundado en 1961 en la clandestinidad. Luego asistió a la Universidad de la Amistad de los Pueblos Patricio Lumumba, en Moscú, centro de formación de dirigencia revolucionaria que en las décadas de 1960 y 1970 encabezó la subversión comunista en el Tercer Mundo.
Cuatro años más tarde, la naciente vida guerrillera de Ortega sufrió un traspié: cayó preso con un comando armado del FSLN que en 1967 asaltó un banco para atizar la lucha insurgente contra la dictadura, ya presidida por Anastasio Somoza Debayle, el último de la dinastía, y estuvo encarcelado durante siete años. Guadamuz se le unió ese mismo año.
Y otro asalto le devolvió la libertad. En diciembre de 1974, un comando sandinista se tomó en Managua la mansión del banquero José María Castillo Quant, cercano a Somoza Debayle (y muerto en el ataque), y mantuvo como rehenes a relevantes figuras del somocismo y parientes del dictador que acudían a una fiesta de fin de año.
A cambio de los rehenes, los sandinistas exigieron a Somoza que liberara a Daniel Ortega y a otros siete presos sandinistas (Guadamuz entre ellos), pagara medio millón de dólares de rescate y pusiera a disposición una aeronave para viajar a Cuba. Luego de tres días de negociaciones, con la mediación del entonces arzobispo de Managua, monseñor Miguel Obando y Bravo, el dictador cedió y comando y ex–-prisioneros viajaron a La Habana con algunos rehenes.
Ya en la clandestinidad en Costa Rica, Ortega fue uno de los nueve comandantes del FSLN que dirigieron la insurrección armada en 1978 y 1979 que provocó la caída del somocismo, y mantuvo el liderazgo sandinista tras el triunfo bélico y luego de la derrota electoral de 1990.
Gobernante y opositor
Del Monseñor elevado a Cardenal, el presidente nicaragüense guarda impactantes recuerdos. Convencidos de que la CIA, en su lucha antisandinista, financiaba a la cúpula de la Iglesia católica para que arreciaran su campaña contra el régimen del FSLN, los sandinistas ejecutaron un grave altercado en 1982, en una operación montada contra el padre Bismarck Carballo, entonces director de Radio Católica y párroco en una comunidad.
Carballo había aceptado una invitación a almorzar en la residencia de una feligresa. Estando dentro de la vivienda, y en un intento por demostrar los gustos sexuales de una comprometida con el celibato, un hombre (de la seguridad sandinista) penetró y tras agredirle, disparar al aire y amenazarle con un arma de fuego, le obligó a desnudarse. El agresor era un supuesto marido engañado por una falsa esposa infiel.
En medio del pleito, policías sandinistas llegaron a la escena de la trifulca: Carballo, quien desde esa época ya era un cercano colaborador de Obando y Bravo, fue sacado desnudo a la calle, donde le esperaban turbas del FSLN y medios del régimen revolucionario que difundieron fotografías y videos de Carballo desnudo en plena vía pública. En 2004, en un mitin sandinista, Carballo aceptó las disculpas de Ortega por el incidente, que se registró en una época en la que Nicaragua vivió una de las etapas más sangrientas de su historia en la revolución por la guerra sandinistas versus “contras”.
Con sus gafas de lentes a prueba de balas, Ortega visitaba Nueva York y, escoltado por agentes del servicio secreto de Estados Unidos, corría y se ejercitaba en Central Park, antes o después de ir a Naciones Unidas, como jefe de la junta revolucionaria (1979-1985) o Presidente de Nicaragua (1985-1990), a denunciar el acoso bélico de la Casa Blanca.
En casi 11 años de régimen sandinista, fueron frecuentes los pleitos Ortega y Obando y Bravo—cardenal desde 1985 y nacido también en La Libertad, en 1926—porque el jerarca católico denunció al régimen sandinista por su rumbo totalitario y violaciones a los derechos humanos. Ortega acusó al prelado de ser “Cardenal de la contra” y hostigó a la Iglesia Católica como bastión antirrevolucionario.
Pero —¿otra sorpresa?— el Cardenal pasó de enemigo de una conflictiva época de guerra fría que golpeó con dureza a Nicaragua a amigo (o cómplice), mientras Daniel Ortega se afianzaba como opositor. El comandante marxista y su esposa, unidos como pareja a fines de 1978 y anteriormente vinculados a movimientos cristianos no católicos, se mudaron al catolicismo: Obando y Bravo les casó en 2005, consolidando una triple alianza político-electoral.
Muchos nicaragüenses, alegó Belli, son “presa fácil del fanatismo religioso y del lenguaje propagandístico maniqueo de la pareja”, pero “la mayoría son escépticos en cuanto a lo que pueden esperar de los gobernantes”.
Suárez, sin embargo, defendió la alianza del Cardenal con el jefe guerrillero que, con 33 años y El Capitalismo, de Carlos Marx, bajo el brazo, entró triunfante a Managua en 1979 dispuesto a emular a la Cuba castrista y aplastar al poder católico. “¿Qué daño le hace a Nicaragua que Daniel ande con Obando? Ninguno. ¿Sería mejor que estuviera peleando con él? Antes, cuando peleaba con él, se le decía enemigo de la Iglesia”, replicó el diputado sandinista.
Así, el hombre que en 2007 retornó al poder presidencial y, atado al músculo petrolero de Chávez, lo preservará a partir de 2012, ha construido en los últimos 58 meses un poderoso aparato familia-partido-Estado-Gobierno-Cardenal.
Pero todos saben que si el interés político lo dicta, el amigo de hoy puede ser el enemigo de mañana.
De Lenin a Lennon
En la cresta del fragor socialista revolucionario que estremeció a América Latina y el Caribe de 1960 a 1990, el himno del Frente Sandinista de Liberación Nacional proclamó al yanqui como enemigo de la humanidad. Cargando a su pequeña hija Camila en sus brazos, Daniel Ortega recorrió Nicaragua en campaña electoral en 1989 y 1990, al son del himno del FSLN y de numerosas canciones de cantautores insignias de la nueva trova latinoamericana—como los cubanos Pablo Milanés y Silvio Rodríguez—y de la guerrilla sandinista, como los nicaragüense Carlos y Enrique Mejía Godoy.
Con la cadencia que contagió a millones de latinoamericanos que cantaron una crónica rural nicaragüense con ritmo de un Cristo que nació en Palacagüina de “una tal María”, Ortega se paró con Camila frente a su pueblo para pedir los votos, pero perdió en 1990. Y también salió derrotado en 1996 y en 2001.
Pero a partir de 2006, Ortega se olvidó de aquellas piezas insignias del sandinismo, que contaban una historia sobre la lucha de clases y la mujer hermosa del terrateniente: su lucha electoral cambió ritmo de compás y musicalmente pasó de los principios del ruso Vladimir Lenin y sus incendiarias arengas al británico John Lennon y su famosa tonada que pide darle un chance a la paz.
La propaganda sandinista en los medios electrónicos saturó en 2006 con Give peace a chance y lo volvió a hacer en 2011, con Ortega y su influyente esposa, Rosario Murillo, abrazados y sonrientes, intentando promover la revolución del amor y la solidaridad, en la Nicaragua que también—según sus proclamas—es cristiana y sandinista.
JOSÉ MELÉNDEZ es corresponsal de EL UNIVERSAL en Centroamérica. Un sobreviviente de guerras, golpes de Estado, trifulcas políticas, intrigas palaciegas y desastres naturales. Y de algo estamos seguros: es un terrible contador de chistes