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La malévola elegancia de Daniela Edburg

Una bomba atómica estalla detrás de un apacible picnic familiar. Una mujer muere luego de atragantarse con galletas Oreo. Una chica vestida de flores huye de un enorme algodón de azúcar. La exageración estética de la realidad ha convertido a esta artista mexicana en uno de los referentes más interesantes del arte contemporáneo. Sus obras han sido expuestas en Estados Unidos, España, Italia, Suiza, Colombia, Venezuela y México
María Luisa López
| domingo, 13 de mayo de 2012 | 00:10

1987. Daniela vive en San Miguel de Allende, un pueblo colonial de Guanajuato donde la quietud y la hermosura del barroco conviven con la niebla y los numerosos residentes extranjeros. La niña de 11 años está aburrida. Toma una pluma y un papel para escribir una historia en la que una pequeña inicia un recorrido al interior de su casa. Todo parece normal, cotidiano. A cada paso, todo se torna más y más oscuro, hasta llegar al negro, señal de que esa visión no puede ser real, pero lo es… En ese momento la niña abre los ojos. Se encuentra justo en el mismo lugar donde todo comenzó.

La trama del cuento breve de Daniela Edburg, una niña solitaria que creció anhelando conocer otros mundos, sorprendió a su mamá, primera lectora de un relato que ese mismo año sería publicado en la revista Siempre!, una de las publicaciones más influyentes de aquella época.

Áurea Quesada recuerda perfectamente la intensa emoción que sintió al leer la creación de su hija. Inmediatamente le vino la idea de mostrárselo no sólo al padre de Daniela, Jack Edburg, sino a un amigo de la familia, el escritor Gilberto Flores Patiño, de quien vino la sugerencia de buscar su publicación en cuanto lo leyó, no sin antes asegurarse de que Daniela en verdad lo hubiera escrito, pues le pareció demasiado bueno como para haber sido redactado por una niña que no asistía a ningún taller literario ni nada parecido.

La mamá sólo buscaba presumir la capacidad creativa de su hija, pero no esperaba ni remotamente que pudiera ser publicado. Tampoco Jack lo imaginaba. Para ambos, quienes la recuerdan constantemente escribiendo en su infancia, fue todo un acontecimiento, a pesar de que Daniela ya había dado señales de un deseo incontenible por contar historias desde tiempo atrás.

Entre muchas otras, estuvo aquella de cuando, a los ocho años, Daniela escribió otro relato corto que aludía al proceso de nacimiento de las mariposas y su vuelo en libertad. A la fecha, Jack lo conserva, enmarcado en una pared de su casa en San Miguel de Allende.

Por aquella misma época de la publicación del cuento, la niña Daniela tomó algunas clases de piano, suficientes para que un día Áurea la descubriera sola en casa tocando una melodía que le pareció hermosa. Se sentó a escucharla hasta terminar y al preguntarle quién era el autor, pues le había gustado mucho, su hija respondió: "Ah, es algo que estoy inventando".

El cuento que apareció publicado en Siempre! llevó por título "Sueño", una palabra que años más tarde sería utilizada por algunos críticos de arte para definir la obra de Daniela. Sueño. Pesadilla. Exageración estética de la realidad. Hiperrealismo. Neokitsch. Neobarroco. Los términos para definir los universos de Edburg navegan siempre entre la realidad y la fantasía, como fantástica fue la emoción de la familia Edburg-Quesada cuando su Daniela publicó aquella primera creación, a los 11 años. Ese día Áurea llamó a toda su familia de la Ciudad de México, para comentarles la hazaña y sugerirles que consiguieran un ejemplar de la revista.

Más tarde, Daniela y sus padres se fueron a comer con el amigo Gilberto, autor de la genial idea. Para celebrar y continuar revisando una y otra vez la página donde apareció este sueño de infancia, acompañado por una carta breve de presentación escrito por la propia Daniela y que decía algo más o menos así: Hola, soy Daniela. Este cuento lo leyó un amigo de la familia y me sugirió enviarlo. Tengo 11 años.

Pero entonces dio por hecho que el éxito era fácil. Le pareció tan sencillo como: escribo algo, lo mando, lo publican y a todos les gusta. Tuvieron que pasar algunos años para darse cuenta de que efectivamente no es tan fácil lograr que se publique algo o que se venda una pieza, una creación, una obra. Todo el proceso en realidad es mucho más largo y complicado de lo que ella entonces imaginaba. Ahora ella lo sabe. Eso fue un acierto sin mucho esfuerzo a muy temprana edad. Aunque eso no le quitó lo disfrutable.

A Daniela le llegó también prematuramente "la rebeldía" frente a sus padres, quienes desde entonces intentaron estimularla y brindarle el apoyo necesario para que se dedicara a lo que parecía evidente, lo que sería su vocación. Entonces sintió demasiada presión. Y dijo no.

Dejó de escribir constantemente, pero trabó amistad indisoluble con los libros. Y buscó a partir de entonces otras alternativas, como la música, la joyería e incluso el periodismo, que finalmente fortalecerían su afinidad con el camino narrativo. La fotografía y otras propuestas artísticas insospechadas ya la estaban esperando en algún lugar…
 
El mundo de Daniela

A principios de abril de 2012, la artista inauguró "Proof", una exposición en la Galería Enrique Guerrero, en la colonia Polanco de la Ciudad de México. Ella se quedó por unos días en la capital del país, antes de volver a San Miguel de Allende, donde actualmente vive y trabaja. Cambió su vestido negro con puntos negros y botones rojos, por un blusón a rayas en blanco y negro, un pantalón de mezclilla y unos zapatos bajos. Sonríe al volvernos a encontrar en una sala del mismo espacio.

Daniela sonríe o ríe constantemente a lo largo de un encuentro en el que descarga su buen humor, mismo que contrasta un poco con su aparente timidez. Su voz suena a la de esa "niña escritora". A ratos su risa es dulce y a ratos maliciosamente traviesa.

La artista visual recorrió un largo camino para llegar a la fotografía —esencial pero no exclusivamente— como su medio de expresión ideal. Y no fue sino hasta 2008, cuando había concluido un periodo de seis años de trabajo, que su obra comenzó a llamar la atención poderosamente con la exhibición y difusión de su serie más conocida hasta ahora, Drop Dead Gorgeous o Muerte glamorosa.

En esa serie de retratos la fotógrafa establece guiños con obras de arte pictóricas o cinematográficas clásicas que fueron tomados a partir de 2001 —para concretar su tesis de Licenciatura en Artes Visuales dentro del Programa de Alta Exigencia Académica de la Academia de San Carlos—, algunos de los cuales fueron seleccionados para la XII Bienal de Fotografía 2006. Y también, temáticamente, con uno de sus grandes temores desde la infancia: la muerte.
 
En esa serie, amigas cercanas a la artista aparecen retratadas en escenas recreadas por la autora a partir de la idea de mujeres muertas por el amor al consumo de ciertos objetos y/o productos, y la cual provocó múltiples lecturas, desde aquellas relacionadas con el consumismo hasta las que la conectaron con trastornos alimenticios. La propia Daniela ha manifestado que no fue creada con ninguna intención crítica ni a la clase alta ni a la mujer, sino como un acercamiento lleno de humor, color y composición, que vuelven simpático y agradable algo que puede derivar en otro de sus temas fundamentales: el absurdo. Absurdo que tiene su origen en la realidad: muerte por bananas, muerte por Nutella, muerte por Loreal, muerte por Slim Fast, muerte por Gummie Bears.
 
"Muchas de mis imágenes actuales o anteriores no están tan disparadas de la realidad, lo que sucede es lo contrario, son hiperrreales. Solo está exagerada la realidad", asegura la artista.

Sin embargo, aquella serie provocó una lectura generalizada: se trata de una bella crítica a la sociedad de consumo. Lo cierto es que, como escribió la crítica de arte y artista visual Mónica Mayer para su catálogo de exposición en 2008, Daniela llegó armada hasta los dientes con un sentido del humor negro y agudo, con su "terror en pinkolandia". "Con una malévola elegancia visual emprendió una lucha cáustica e implacable contra los estereotipos y las falsas ilusiones, arremetió contra los espejismos, se convirtió en una asesina en serie, golpe a golpe, pixiel a pixel, sus imágenes arrasaron con todo".

Y fue a partir de entonces que para la fotógrafa que gusta de lecturas de ficción donde aparentemente no pasa nada, pero con trasfondos de personajes lidiando con grandes conflictos, la escena del arte nacional e internacional comenzó a abrirse.

Hasta ahora, la obra de esta lectora fiel de J. D. Salinger —tiene ejemplares suyos desde la recámara hasta la cocina y el baño de su casa, en particular del libro Franny and Zooey— ha ingresado a las colecciones de espacios como el Museo de Arte Latinoamericano de Long Beach, California; el Nassau County Museum of Art de Nueva York; el Centro Rómulo Gallegos de Caracas, Venezuela, y la Colección Kunsthaus de Suiza. A sus 36 años Daniela es, sin duda, una de las mexicanas que está llamando la atención entre los conocedores de  arte contemporáneo.
 
Y entre los reconocimientos destacados de Daniela, también lectora de Banana Yoshimoto y John Fante, se encuentran la Mención Honorífica del XXVI Encuentro Nacional de Arte Joven, su selección en el II Premio SIVAM Artes Visuales y su designación como Mejor Artista Extranjera en Fotografía, en el Premio Arte Laguna de Venecia, Italia.
 
La artista  ha participado en diversas colectivas nacionales e internacionales, además de exhibir de forma individual en México, España, Colombia y Estados Unidos. Pero la mirada de la crítica no es del todo visible. Ya en 2009, Vania Macías, quien se ocupó de la obra de Daniela para elaborar su tesis de maestría en la Facultad de Filosofía y Letras (UNAM),  advertía de la escasez de literatura referida al trabajo de la artista: "A pesar de la evidente presencia internacional y crecimiento de la artista en el mercado del arte, sorprende que la crítica y reflexión en torno a su obra sea prácticamente nula o carente de seriedad".
 
Desde hace varios años también ha desarrollado otra faceta "disfrutable", la de tallerista. Actualmente se prepara justamente para impartir su próximo taller: l proceso de creación de personajes para un proyecto fotográfico, que se llevará a cabo del 18 de mayo al 19 de junio en la Fundación Pedro Meyer.
 
De entre los contados textos escritos sobre la obra de Daniela, se encuentra el de Peter Benson Miller, quien en el año 2011, y a propósito de su exposición montada en la Galería Spazio Nuovo, en Roma, Italia, señaló: "Los personajes de las imágenes de Edburg son solitarios y contemplativos, pero rara vez tenemos la sensación de que sus reflexiones sean despreocupadas". Quizás en esta descripción es donde mejor se refleja uno de los rasgos de la personalidad de la niña Edburg, que la persiguieron hasta la edad adulta: una mezcla de fantasías coloridas y temores oscuros que dieron lugar a pesadillas que en parte hoy traslada a su obra.

"No soy superfeliz"

La fotógrafa mexicana nació circunstancialmente en Houston, Texas, en diciembre de 1975, debido a que su padre es originario del norte de Estados Unidos, pero creció, a partir de los seis meses y por decisión familiar, en San Miguel de Allende, Guanajuato. Ahí, sus papás habían adquirido, en un viaje de paso, el terreno donde terminaron construyendo su casa, y fue ahí donde juntos instalaron también una fábrica de flores artificiales.

"Crecer ahí no lo disfruté tanto porque deseaba vivir en una ciudad más grande. Todos mis primos vivían en el DF y yo me comparaba, me sentía aislada. No me gustaban los juegos físicos y disfrutaba encerrarme a leer. Cuando veníamos al DF me gustaban las conversaciones de la gente de la ciudad, el tipo de estrés que manejaban. Y sí, siempre tuve... No —corrige—: tengo casi una obsesión de todo el tiempo estar analizando y midiéndome, midiendo al otro. Mmm… No soy una persona que está supercómoda en el mundo ni superfeliz. Desde muy chiquita, y siempre, he sido aprehensiva y preocupona, creo que eso es raro en los niños ¿no?".

¿Es común que un niño o niña se obsesione con el tema de la muerte? A Daniela Edburg le sucedió justo a la par de su creciente interés por escribir relatos. Entre sus cuestionamientos cotidianos estaban preguntas como: ¿Qué es realmente la muerte? ¿Qué sucede cuando alguien muere? ¿A dónde se va? ¿Es una nada? ¿A dónde nos vamos a ir todos?

Daniela suelta la risa al recordarse y enseguida la contiene y luego la vuelve a soltar, al hablar de su temor desde niña a la muerte. "Me parece que ese tema es en general para los niños algo más abstracto, una simple curiosidad, pero no acompañado de angustia y yo sí la tenía. Entonces iba a hablar con mis papás de mi preocupación y ellos me decían: tranquila, todo va a estar bien, aquí estamos, pero yo decía ¡claro, pero no van a estar aquí siempre! ¿Qué va a pasar?".

No recuerda con exactitud qué detonó estos pensamientos, pero a la angustia infantil la acompañó el insomnio y pensamientos extenuantes. Noches difíciles para una niña que no alcanzaba aún su primera década de vida y tenía fobia a los payasos y pesadillas con ese "sapo galán y simpático" llamado Patas Verdes.

"Tenía pesadillas ese personaje del programa de televisión Burbujas, que lo amaba de día y me encantaba, pero en la noche se convertía en mi pesadilla. Lo veía en una esquina de mi cuarto oculto entre las sombras, me despertaba y no podía dormir. Luego me expliqué eso como un miedo a la muerte. En realidad no sé… no sé de qué viene".

Años más tarde, la muerte se transformaría en un motivo de creación visual. Tema presente desde la serie fotográfica que le ha dado mayor reconocimiento de trayectoria Drop Dead Gorgeous.

La búsqueda interminable

El recuerdo que prevalece en Daniela Edburg de su infancia y adolescencia es dual, la sensación del aislamiento, pero también el de un proceso de búsqueda por hacer algo importante. De felicidad e incomodidad al mismo tiempo. Sabía que algún día tenía que irse de San Miguel de Allende. Y ese día llegó. Antes de cumplir la mayoría de edad, Daniela ya estaba instalada en la Ciudad de México, donde se establecería durante 13 años.

La contadora de historias tuvo el apoyo de sus padres en esta aventura que tenía como propósito inicial estudiar periodismo. Previamente sus papás tuvieron que convencerla de no estudiar Filosofía y Letras: eso no era práctico. "Luego me di cuenta de que tenían razón. Aunque no me parece que los periodistas la tengan más fácil. Pero bueno, ya dentro me pareció que era lo más alejado a lo que yo quería hacer: contar historias, pues lo primero que me dijeron fue tenía que ser objetiva, veraz y oportuna, en fin. Sólo estudié esa carrera durante un semestre".

Lo que sí le gustó a Daniela de estudiar Periodismo fue estar en el DF. Aún disfruta el evocarlo. Y fue también cuando conoció a varios amigos que ya estaban estudiando en la Academia de San Carlos, su primer contacto con lo que después se convertiría en su propia escuela.

Pero antes de eso, Daniela Edburg prefirió volver a la memoria de relatos escritos en la infancia. Aunque seguía sin estar convencida de que la literatura sería su propia historia de vida, se mudó a Querétaro y se inscribió en un Diplomado de Creación Literaria de la Escuela de Escritores de Querétaro de la Sogem y trabajó como locutora de radio en un programa de poesía que se llamaba "La calle de los mudos".

Al mismo tiempo y a escondidas de suspapás, Daniela hizo el examen para ingresar a la UNAM, justo en la Escuela Nacional de Artes Plásticas (ENAP). Cuando recibió la noticia de que había sido aceptada sólo dejó en casa de sus padres una nota como despedida.

"Reaccionaron muy mal, creo que la pasaron horrible, uno es muy inconsciente a esa edad. Fue inmaduro de mi parte. ¡Nunca les hablé de la intención de estudiar artes visuales! Pero siempre había sido lo mismo y les aterraba, estuve saltando del piano a la joyería, de la cerámica al periodismo. Creo que mis padres me veían muy dispersa, pero siempre con la constante de la escritura y por eso me visualizaban así, como escritora, y que sin eso estaría perdida", dice hablando con humor de sí misma.

Poner distancia familiar era indispensable para Daniela Edburg en ese momento, la relación con sus padres, en particular con su madre, a diferencia de lo que hoy viven, era muy difícil. Se había roto la comunicación.

Entonces Daniela llegó, "como El Borras", a la Ciudad de México a vivir con una amiga que había conocido en la escuela de periodismo. Se dedicó a "meserear" por las noches durante su primer semestre para obtener recursos pues había asumido la responsabilidad de mantenerse sola. Pero acababa rendida y nunca llegó a su clase de Geometría a las 7 de la mañana a la ENAP Xochimilco. "Nunca me desperté a tiempo y empecé a tronar. Ya había establecido una comunicación leve con mis papás y de pronto les llamé y les dije: 'Sí quiero esto, sí quiero seguir y terminar, de verdad esto es lo que voy a hacer. Prometo terminar'. Entonces ellos volvieron a brindarme el apoyo económico y afectuosos que me sirvió para dejar el trabajo y dedicarme de nuevo al estudio".
 
Encarrerada…

Aunque en la ENAP no se hablaba mucho de arte conceptual, entre sus maestros Edburg tuvo al artista multidisciplinario Melquiades Herrera (1949-2003), referencia indiscutible del desarrollo del arte contemporáneo en México y pionero del performance. "Junto con Eloy Tarcisio —su asesor de tesis— fue de mis mejores maestros, pero Melquiades Herrera fue una constante inspiración, aunque me intimidaba muchísimo. Era genial, pero muy tajante, aprobaba ciertas cosas y desaprobaba rotundamente otras. Fue maravillosa experiencia".

Luego hubo otros maestros con los que era difícil el curso, pero ni hablar, como Jaime Levy, recuerda Daniela. "Bueno, tampoco yo dibujaba bien. Pero recuerdo que cuando estaba montando mi primera exposición de pintura en un cafecito y le entregué la invitación me dijo: '¡¿Creen que pueden estar exponiendo si ni siquiera saben dibujar?!' Y bueno, me metía unas regañadas —risa, risa, risa—".

Ya como alumna regular de la ENAP y con un interés prevaleciente por la pintura, llegó al Programa de Alta Exigencia de la Academia de San Carlos, en pleno Centro Histórico, algo que había deseado desde hacía tiempo.

"Me colé y estuve ahí tres años. Con un grupo más pequeño el ambiente era muy bueno, te conoces mucho, aprendes a criticar y a ser criticado. Me sirvió mucho".

Al mismo tiempo Daniela fue haciendo amigos por fuera. Empezó a relacionarse con los integrantes del grupo que giraba en torno a La Panadería, espacio coordinador por un colectivo de artistas, que tuvo su sede en la colonia Condesa, a unos pasos del Parque México y marcó un precedente en el desarrollo del arte contemporáneo de los años 90.

"Mi formación por fuera de la escuela fue a través de este grupo. Ahí es donde comencé a darme cuenta de cómo funciona el mundo de la galería, de lo que en realidad no enseñaban en la escuela, donde era más enfático el proceso meramente académico y las horas peleándote con el taller y el dibujo, el modelo, la técnica. Todo ahí era mucho más espontáneo y sin tantas vueltas, era más un comentario social de lo que está pasando".

Aún mantiene contacto con algunos de los artistas de ese grupo, como el videoinstalador Yoshua Okón —quien fundó La Panadería y autodefine su trabajo como una serie de experimentos cuasisociales ejecutados para la cámara—, y el creador multidisciplinario Miguel Calderón —con destacado reconocimiento internacional—; así como con quien se convirtió en su "amigo del alma", el también creador multimedia Artemio, destacado desde los años 90 en el campo de la video-instalación.

"Fue una etapa padre. Aprendí a crear comunidad fuera de la burbuja de la escuela. Ahí tocaban también muchas bandas, realmente era una escena súper rica y muy abierta a todas las manifestaciones. Recuerdo que junto con mi amiga de Las ultrasónicas, Ali Gardoqui, que era mi vecina en la Portales, hacíamos diseños de bebida para cada película en ciclos de cine que se proyectaban ahí, era en verdad muy divertido. Había un montón de gente talentosa con ganas de hacer cosas y el lugar era muy accesible y céntrico, había libertad para hacerlo”.

En este periodo Daniela tuvo entonces el contrapeso que necesitaba. Una combinación perfecta para su vida entre la disciplina de la academia y un proyecto independiente donde se trabajaba con mucha libertad.

Durante su estancia en San Carlos, Daniela se inclinaba por el camino de la pintura. "Pero yo no sabía dibujar muy bien, sentía que carecía del talento para hacerlo bien pues curiosamente sentía al dibujar que perdía la oportunidad de la narrativo, que todo se me volvía abstracto".

La pintura "nunca cuajó", dice, pero su trabajo fotográfico y de instalación escultórica hoy tienen muchas referencias pictóricas que ella misma reconoce: todo lo que tiene que ver con la estética por ejemplo, es decir, la composición, el manejo de colores, las texturas, el acomodo de cosas. Todos elementos de un proceso en el que ella se involucra siempre para realizar sus montajes, independientemente si son para un resultado fotográfico o no.
 
La exageración estética de la realidad

Cuando llegó el momento de hacer su tesis en San Carlos, Daniela se encontró más cómoda con la imagen fotográfica y la construcción de su propio lenguaje y peculiar estilo. No solo disfruta el resultado final sino todas las etapas antes de llegar al resultado final. Desde elegir a la persona a retratar —sus modelos siempre tienen relación con su entorno y muchas veces hay una relación amistosa—, y cuidar todos "los detallitos". Conceptualizar, armar, hacer, montar, iluminar, acomodar como en lienzos de pintura.

Disfruta no hacer lo mismo cada vez la misma cosa nunca. Incluyendo sus viajes en el tiempo, a través de lecturas o alimentando su mirada a través de la pintura o el dibujo, viajando por épocas distintas que dialogan, en su obra, con el presente.

Series creadas por Daniela Edburg como "Killing Time", "Rimeins of Day" o "Knit", son una referencia-reflejo de su interés por escenas o imágenes que bordean entre lo absurdo y lo posible. Le gusta trabajar desde esa línea donde pueden surgir múltiples interpretaciones frente a su obra. Desde la calificación de fantasía hasta la aseveración de que sí, son otros mundos posibles.

Una realidad posible y distinta para cada espectador, tanto como termina siendo en la mente de Daniela Edburg. Cada personaje que aparece en sus fotografías, está completamente perfilado en su mente, ella sigue escribiendo historias como cuando era niña, solo que ahora a través de la luz, como sucede finalmente con las imágenes fotográficas, esa escritura con luz.

Por ejemplo, ella sabe, aunque no sea evidente en la imagen, cómo puede comportarse la luz en cada mundo creado, qué usaría cada personaje, cómo vestiría o miraría o incluso hablaría. Qué parecerá real y que no, o qué es real y qué no. "Hay una lógica extraña que yo manejo adentro y que dicta o no lo que puede suceder en la foto. Aun cuando siempre puede suceder algo que no esperas".

Detrás de cada una de sus imágenes abundan las expresiones definidas aunque indefinidas. Una foto como The Gathering (2012) puede interpretarse o no como un funeral, o quizá solo como un ritual de encuentro entre personajes que esperan frente al surgimiento de algo. A Daniela le interesa este constante juego visual y lo que pueda provocar en el espectador.
En este borde entre lo absurdo y lo posible, Edburg advierte el hecho de que también la realidad ya sobrepasa a la fantasía constantemente. Una referencia es el tema de la violencia. "Todo el tiempo estamos viendo imágenes que son muy improbables, y ahí están… ¿Por qué sorprende entonces tanto verla en una foto? En realidad. Todo puede pasar".

Lo extraordinario se vuelve común y hasta normal. Sucede con el tema de la muerte, siempre una constante temática en el trabajo de Daniela.

"La noción de la muerte genera ciertas actitudes y cualidades que definen nuestra naturaleza como ser humano, y está muy ligado a la artificialidad, como a las creaciones humanas. Todo lo que hacemos para dejar nuestra huella, nuestra marca: aquí estuve, esto pasó, porque estamos muy conscientes del paso del tiempo y de que hay que aprovecharlo y hacer cosas", enfatiza la autora de imágenes fotográficas como Desayuno con tijeras, Desayuno con sardinas y Desayuno con tetas, todas 2012 e incluidas en su más reciente exposición, "Proof", en la Galería Enrique Guerrero, que la representa en México.
 
Teje la vida loca

Hace mucho tiempo su abuela materna, Estela, le enseñó a tejer a Daniela. Con su ayuda retomó hace unos años esa actividad para incluirla en su trabajo. Y a su abuela le fascina, algunas veces hasta le hizo algunas piezas —incluidos objetos relacionados con un inusual banquete de bodas—, sobre todo al inicio de dicha incorporación del tejido y mientras Daniela maduraba su habilidad.

Nunca lo hizo tan en serio como cuando vino el proyecto de 'tejedores compulsivos' para el Fonca. Se dio cuenta de que puede ser un proceso escultórico.

"En mí es un proceso bastante improvisado. Si quisiera volver a hacer una gallina, tendría que volver a abordar el problema como nuevo, porque no tengo un patrón, el resto también se relaciona como todo lo demás, con colores, texturas", detalla Edburg con una sonrisa de satisfacción por estar segura de eso.

Todo es siempre un nuevo reto para ella. En el caso del tejido como material de creación artística es que resulta muy amigable, y también funciona bien para mostrar lo que de otra manera resultaría brutal, asqueroso o violento. También destaca el vínculo conceptual con la artificialidad, la preservación y el proceso fotográfico como parte de él, otros de sus temas fundamentales.

Hace dos años, con su exhibición "Pickle and Purl", en la Galería Yautepec en el DF, la artista intensificó su interés por tejer órganos y colocarlos en frascos como si fueran especímenes de estudio científico. En ella incluyó por primera vez sus riñones tejidos, algunos enfermos y otros sanos.

Actualmente está ajustando el plan de acción para una nueva instalación que llevará en próximas fechas a Londres y no incluye nada de fotografía. Está tejiendo cerebros que se armarán a partir de tira de tejido de 14 metros aproximadamente, que colocará en una zona de confort,  y que probablemente incluye larvas de polilla, también tejidas en un flasmobe.

Esta idea surgió a partir de una experiencia en principio desagradable pero que luego resultó productiva. Una de sus piezas, una bomba sin explotar, tejida, por supuesto, estuvo itinerando fuera de México, hasta que al final se fue a un espacio cultural en Roma para su exhibición. Al viajar a Italia para recuperar la pieza y poderla facilitar a otro espacio que la solicitaba, se llevó una gran sorpresa. Fue guardada en condiciones inadecuadas y se la comieron las larvas que dejaron las polillas sobre ella. Ya no existe.

¿Con que relaciona su interés con un órgano como el cerebro? Ante la pregunta Daniela Edburg explota en más risa contagiosa y simplemente dice: "¡Pues con la cisticercosis. Porque claro que aparte soy hipocondriaca!" Y no para de reír.

En tono más serio, Daniela argumenta que no puede haber una persona sin interés en la imagen del cerebro. "Estéticamente es una forma única y fascinante. Todo está ahí, y si no eres, como yo, muy religioso (a), pues de pronto si lo analizas dices ahí está todo… Además, yo también he tenido muchos altibajos emocionales, y sí me doy cuenta de que es una cuestión química, y es de cómo si mi cerebro está sano, yo estoy bien, si mantengo mi química cerebral bien, todo empieza a ir bien".
 
La muerte y el horizonte

Cuando trabajó en su serie "Muerte glamourosa", Daniela Edburg preguntó a sus amigas cómo les gustaría morir. Frente a la misma pregunta, ella responde rápido: "Me gustaría morir como con muchas ganas de seguir viviendo".

Luego de un breve silencio llega la duda. Y de nuevo a una risa explosiva y contagiosa que añade en palabras:

"Tendría que ser en el mejor sentido, muy tranquila, porque de otra manera sería contradictorio ¿no? —risas—. Siempre que me subo a un avión pienso que me voy a morir. A veces digo bueno, si me muero en este avión no pasa nada, pero a veces si digo ¡no, no, no! Tengo que hablar con mengano, esto no puede quedar así. A lo mejor no es tan cierto lo de con muchas ganas, porque eso significaría que tendría muchos pendientes. Y que horror convertirme en un fantasma molón. No, no, no…".

Días posteriores a nuestro encuentro, a punto de realizar el autorretrato que entrega a Domingo para su publicación en esta edición, Daniela me confiesa por correo electrónico que ha estado pensando en lo que hablamos. En particular sobre cómo le gustaría morir. Ha dedicado varias horas a esta idea mirando el enorme pirul de su casa en San Miguel de Allende, que le es tan familiar y puede observar desde la ventana de su recámara.

"Todo el tiempo pienso en cómo me podría morir, pero nunca he pensado en cómo me gustaría… ¡te puedo decir miles que no! ¿Pero cuál sí? A lo mejor si se muere mirando el horizonte y escuchando el viento, hay muchos escenarios posibles, pero creo que sí existen esos dos elementos debe ser mejor".

Ahora que pienso en ella, la imagino tejiendo esos enormes hemisferios de cerebro en los que trabaja, y me parecen ya fascinantes. También puedo verla en su biblioteca, regresando a ese libro que se compró cuando era adolescente, Complete Illustrated Lewis Carrol, una edición azul de pasta dura y letras doradas. O sentada frente al televisor viendo Los pájaros de Alfred Hitchcock, uno de sus directores preferidos. O en busca de Iris Murdoch, Joan Fontcuberta o Andy Warhol. O quizá, simplemente esté realizando alguna de sus excavaciones musicales, que pueden ir desde un bolero y una pieza clásica de Bach o Mozart hasta el doo wop y el motown, el swing y el big-band y sí, la cumbia, pero nunca, no lo soporta, por "superestridente", una canción de salsa o merengue.

 

MARÍA LUISA LÓPEZ no discrimina: disfruta el arte abstracto de Manuel Felguérez y le fascina el surrealismo, sobre todo a partir de que le dijeron que tenía manos de personaje de Remedios Varo. Gusta de perder su mirada en un grabado de Francisco Toledo y en una inquietante pintura de Daniel Lezama. Y aunque no lo parezca, todo eso tiene mucho que ver con haber obtenido el Premio Rostros de la Discriminación 2005, con un reportaje que llevó por título "Yo discrimino, tú discriminas"