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La defensora de los derechos de los muertos

Patricia Díaz respeta a los cadáveres y los defiende como puede de los vivos. Esta mujer que antes había sido papelera, desde hace siete años abrió una embalsamadora y no se arrepiente de hacer uno de los trabajos menos queridos en el mundo. Su prueba de amor llegó cuando restauró decenas de cuerpos, masacrados por una banda criminal en San Fernando, Tamaulipas
África Barrales
| domingo, 12 de febrero de 2012 | 00:36

La primera vez que llegué a la embalsamadora La Piedad, en la Ciudad de México, me sorprendí: pensé que me recibiría un hombre, pero me encontré con una mujer con aspecto de maestra de kínder. Patricia Díaz aceptó mi visita una tarde de abril de 2011, días después del brutal hallazgo de 43 fosas clandestinas en San Fernando, Tamaulipas, donde había 183 cadáveres de jóvenes, mujeres y hasta menores, interceptados por Los Zetas.

La embalsamadora estaba seria aquel día, desconfiada, porque antes ya la habían entrevistado, pero sólo para preguntarle qué sentía estar en el ranking de los diez trabajos que nadie quiere. Entrevistas —se queja— morbosas. “La muerte te enseña muchas cosas sobre la vida”, espeta Patricia, que ya está entrando en los cuarenta y tiene una complexión media, bajita, tez blanca, cabellos lacios y castaños. Me habla desde una silla negra reclinable frente a su computadora. A pesar de que ahora viste de negro, su color favorito, y de que entra poca luz a su pequeña oficina, desprende cierto resplandor al hablar de su oficio. Y a pesar de las historias macabras con las que convive cada día, contar lo que hace le ilumina la cara.

A lo largo de siete años de embalsamar cadáveres ha aprendido muchas cosas de amor, avaricia, desinterés, sufrimiento, miseria humana e injusticias, me dice un poco más relajada. Todo eso lo reflejan los cuerpos que prepara para evitar su descomposición y los vivos que gravitan alrededor de ellos. Algunos creen que es un oficio para fríos e insensibles, pero ella opina que se necesita mucho respeto, porque los muertos no le producen miedo ni repulsión. Al contrario: “No soporto que a una persona viva le huelan mal los pies o las axilas. Pero los olores de un muerto no me molestan”. Le teme a los insectos; las abejas la hacen gritar,  y los automóviles le dan pánico, no sabe manejar.

A su oficio llegó por esas vueltas que da la vida y que te dejan frente a una puerta que jamás imaginaste tocar. En 2004 se puso a la venta la embalsamadora La Piedad, en el corazón de la colonia Doctores de la Ciudad de México. Ella conocía un poco sobre funerarias, aunque nada de preparar cadáveres. Igual no le importó.  Decidió cambiar de giro y compró la embalsamadora. Antes tenía un negocio de papelería y regalos. Aprendió a preparar los cadáveres observando, practicando, haciendo las cosas desde las planchas y trabajando en una técnica hasta perfeccionarla. Tomó cursos de perito en medicina forense.

Embalsamar un cuerpo implica limpiarlo minuciosamente por dentro y por fuera, desgasificarlo, fijar cavidades, inyectar formalina por las arterias y masajear para que circule el liquido que conservará al cadáver. Después viene el arreglo estético: vestir, peinar y maquillar al muerto para su traslado y velación. La embalsamadora presume que su especialidad son los extranjeros, a quienes aplica una técnica minuciosa para que lleguen en buenas condiciones hasta su país de origen. En ellos emplea tres horas de trabajo en promedio, mientras que en los demás casos una hora; siempre tomando en cuenta  la causa de muerte, el estado en el que llega el cuerpo y los arreglos.
 
En La Piedad ha embalsamado el cuerpo de un niño de seis años que fue violado y asesinado por su padrastro y su tío;  el de una joven que tomaba alcohol con un amigo, quien la golpeó con saña hasta matarla por negarse a tener relaciones sexuales con él; el de un chico  al que su familia le envío una camisa rota, sin botones, y pantalones viejos. Son algunas de las historias desgarradoras.
 
Fue testigo de cuando a una anciana,  con callos en los pies y manos, la cara quemada por el sol y deformaciones en sus huesos, le enviaron su mandil que usaba a diario junto a su ropa “bien fregada” para que la vistieran, pero eso sí —cuenta— le llevaron el ataúd más caro para que su hijo presumiera que tenía mucho dinero y le daba lo mejor a su mamá.
 
Y no faltan los vivos que quieren aprovecharse de los muertos. La embalsamadora narra que los familiares vienen por las placas dentales del fallecido sólo porque son de oro y también están los que traen un cojín entintado para tomarle las huellas digitales al difunto y ponerlas en alguna carta poder con el fin de resolver disputas legales o porque éste tiene dos esposas. Patricia Díaz asegura que si no dejaron las cosas en vida fue por algo y no permite nada de eso. “Me dicen que soy la defensora de los derechos de los muertos”, sonríe y su cara se ilumina de nuevo.
 
La isla metálica

Para entrar a La Piedad hay que cruzar por una reja blanca que lleva a un patio largo de cemento gris, éste conduce a tres puertas del lado derecho. En la primera se encuentra una oficina rodeada de dos paredes de cristal y madera que la separan de una pequeña sala de espera. Ahí la embalsamadora —rodeada de diplomas, un cuadro de la Virgen de la Piedad, papeles y libros de anatomía y leyes— realiza los trámites para certificar el procedimiento al que serán sometidos los cuerpos que lleguen durante el día o la noche, para la muerte no hay horarios.
 
Las otras puertas dan a dos cuartos blancos y amplios, con azulejos en las paredes y techos altos. Hay dos planchas de acero en cada uno, junto con su ingeniería de mangueras y tubos que se llevan restos, sangre y agua. En medio hay un lavabo para enjuagar el material quirúrgico.
 
En una de las habitacones, frente a las planchas, está un estante de plástico para guardar los productos de limpieza y bolsas de plástico. En una de las repisas están los cosméticos —bilés, sombras, rubor, brillo labial, delineadores, rímel— que darán los toques finales a los rostros sin vida, los empaques lucen desgastados, como si en cada uso se les fuera un suspiro. En la última repisa una solitaria Santa Muerte, hecha de cartón, mira hacia las planchas.
 
La embalsamadora es católica. Cree en las energías buenas y malas, en la reencarnación, en que el cuerpo es un vehículo que nos lleva a otras vidas, pero no en la Santa Muerte. Sin embargo, la gente siempre le regala imágenes y figuras de esta santa que no reconoce la Iglesia católica. Ella no le rinde culto, sus trabajadores sí y hasta sus clientes funerarios, quienes le ponen monedas y cigarros. La embalsamadora sólo le procura sus veladoras y todos en santa paz.
 
A pesar de haber visto de todo en las planchas de La Piedad, nada de eso la preparó para lo que ha sido uno de sus trabajos más desgastantes física y emocionalmente: embalsamar los cuerpos de algunas de las decenas de  víctimas masacradas en San Fernando, Tamaulipas, entre 2010 y 2011. Una danza de muerte violenta que se  ha multiplicado a los largo de México desde que el presidente Felipe Calderón le declaró la guerra al narcotráfico a finales de 2006. Un combate que desde esa fecha acumula al menos 50,000 fallecidos, de acuerdo con diversas organizaciones. Y Tamaulipas, según datos del  gobierno federal, es uno de los epicentros del horror.     
 
La cacería

Hombres con el rostro semicubierto con una especie de malla negra, vestidos con ropa oscura y portando armas largas, hicieron señas al chofer para detener su marcha. Los sujetos estaban en un retén apostado al lado del camino. Eran poco más de las seis de la mañana, el cielo ya clareaba cuando el camión de pasajeros de la línea Omnibus se detuvo en seco en un tramo de la carretera de San Fernando. El conductor se talló los ojos, llevaba más de ocho horas manejando desde Celaya, Guanajuato. A poca distancia de su destino, Matamoros, le pareció que se trataba de un retén de policías federales. Abrió la puerta del autobús mientras buscaba sus papeles. Con pasos cortos y presurosos, dos hombres con fusiles AK-47 abordaron la unidad. Los pasajeros, entre adormilados y despiertos, clavaron sus miradas en esos desconocidos que irrumpieron.

“Saquen su credencial de elector”, ordenó uno con voz ronca y gruesa, mientras caminaba a lo largo del pasillo viéndolos detenidamente. En medio de murmullos, los viajeros comenzaron a buscar en sus carteras. Un hombre canoso estiró su brazo para mostrar su identificación. Pensó que era una revisión de rutina para buscar migrantes ilegales, pero notó que la ropa de los hombres armados no traía insignias.
 
Con tres zancadas, el sujeto que dio la orden se fue al final del pasillo, sin ver las credenciales y sin soltar su arma fue arrancando de sus asientos a pasajeros varones, la mayoría jóvenes. “Bájense del camión, cabrones, rapidito. Apúrense culeros, bájense”, les gritó. En ese momento quedó claro que no eran policías. Sin tiempo a agarrar sus pertenencias, los hombres seleccionados se iban parando, atropellándose en el pasillo, invadidos por un miedo creciente ante los gritos. Un  tipo armado  los esperaba abajo, con más hombres que los empujaban a  un camión.
 
Hechos como ése se repitieron en más autobuses. Los cuerpos de los pasajeros  aparecieron días después, arrojados en algunas de las 43 fosas halladas en esos hoyos de San Fernando que devoraron 183 cadáveres, según el recuento del gobierno mexicano.
 
Esta masacre, una de las más aterradoras en  el país, sucedió entre  el 19 y 31 de marzo del 2011. Los cuerpos fueron hallados en los primeros días de abril y 120 de ellos, ante la falta de espacio, fueron enviados para ser embalsamados en La Piedad, en la Ciudad de México.
 
Un poco de respeto
 
“A los muertos hay que respetarlos”, dijo la embalsamadora Patricia Díaz a los reporteros que apuntaban sus cámaras con voracidad a través de la reja hacia el interior de La Piedad. Les repetía que si no contaban con la autorización de los familiares no podían hacer tomas de los cadáveres. Algunos periodistas tomaron imágenes de los cuerpos envueltos en plásticos gruesos y negros que iban de uno en uno a las  manos del personal que los trasladaba hasta las planchas de acero.
 
Eran poco más de las seis de la mañana cuando el jueves 14 de abril del 2011 un tráiler equipado con un contenedor frigorífico se estacionó frente a La Piedad para descargar los primeros 70 cuerpos de los 120 que serían embalsamados en la capital del país. Luego serían resguardados en el  Servicio Médico Forense, a unas cuantas cuadras de ahí.
 
El personal de La Piedad colocó los cuerpos en las planchas, dos trabajaron en cada una mientras los peritos de la Procuraduría General de la República (PGR) tomaban todos los datos disponibles para tratar de identificar a las víctimas. Los cadáveres estaban en muy malas condiciones, sólo se les pudo registrar con pequeños cuadros de cartulina —azul y amarilla— donde se escribía una letra y un número: C-1 (cadáver número uno, y así sucesivamente).
 
Ya habían pasado por la necropsia y “por los olores” estaban tapizados con cal. El trabajo fue arduo. Las personas secuestradas fueron asesinadas a golpes de mazos y piedras, muy pocas con bala. Con voz queda dice Patricia que el objetivo de los homicidas fue causar el mayor daño posible: “La forma en la que los mataron, a golpes, con demasiada saña, como si la vida les debiera algo y se estuvieran desquitando con estas personas. Fue mucho sufrimiento”, me relata la embalsamadora amargamente.  
 
Ese día supervisó los trabajos en medio de un mundo de gente, la convalecencia de una enfermedad le impidió participar de forma directa, como  lo hizo en septiembre de 2010, cuando  le llevaron 56 cuerpos de migrantes centroamericanos, de un total de 72, también provenientes de San Fernando. Ése fue su primer shock.

Tamaulipas, parte uno
 
Una tarde de finales de agosto del 2010 un funcionario de la PGR acudió a la colonia Doctores, buscaba una embalsamadora que tuviera las instalaciones adecuadas para recibir una cantidad inusual de cuerpos. Tras preguntar y ver otros locales llegó a La Piedad, ahí lo recibió uno de los empleados. El funcionario le preguntó por sus servicios, se pasó al área de trabajo y vio que había espacio suficiente para maniobrar con una situación que hasta ese momento era sobrecogedora e inédita en México.
 
Sin más detalles, le dijo al chico que lo recibió que le llevarían 50 cuerpos al día siguiente. Extrañado, el joven  llamó a su jefa para contarle. La reacción de Patricia Díaz  fue de pura incredulidad: “Como crees, te están cotorreado. ¿Quién va a embalsamar tantos cuerpos?”. No fue broma.
 
La dueña de la embalsamadora había escuchado las noticias sobre la matanza de migrantes en San Fernando, ocurrida el 22 de agosto. Eran 72 personas que trataban de cruzar hacia Estados Unidos, estaban muy lejos de sus países: El Salvador, Guatemala, Honduras, Ecuador, uno era de Brasil.

Los cuerpos de hombres y mujeres, apilados en una especie de bodega con piso de tierra, fueron encontrados luego de que un sobreviviente caminó durante horas hasta encontrar a  unos militares y contarles del horror. Los Zetas, los supuestos asesinos, creyeron que todos habían muerto.

Patricia Díaz jamás relacionó el caso con la visita misteriosa. A las ocho de la mañana del día siguiente sonó su celular.
 
—Soy el doctor de la PGR, sí le vamos a llevar los 50 cuerpos.
—¿Cómo está eso?
—Sí, mire, son los de Tamaulipas. Hoy mismo los llevamos, a las 11 de la mañana.
—Está bien —alcanzó a balbucear ella.
 
Superar la sorpresa fue cosa de minutos, el estrés y la tensión por reunir el material y un equipo de trabajadores ya no la abandonaron en todo ese episodio. Nadie estaba listo, fue una situación que rebasó a todos y que se vio reflejada en la logística.
 
Después de conseguir sus materiales, convocar a varios ex empleados y acondicionar sus instalaciones le dijeron que los embalsamamientos se realizarían en el Servicio Médico Forense. Juntó todo, echó las cosas a una camioneta y con su equipo de trabajo se trasladó al Semefo. Al llegar le mencionaron que ahí sólo se resguardarían los cadáveres de los inmigrantes, por lo que tuvo que regresarse y preparar de nueva cuenta las instalaciones de La Piedad.
 
Finalmente los cadáveres llegaron a las cinco de la tarde del 1 de septiembre del 2010. En aquella ocasión también había dos trabajadores por plancha, mientras que otros dos se encargaban de bajar los cuerpos de un tráiler. Cuatro peritos estaban apostados en cada plancha, pero en la entrada de La Piedad había muchos más que se encargaron de revisar la ropa y pertenencias de las víctimas.
 
 “Todo estaba lleno. Todos estábamos consternados: los funcionarios, los peritos, nosotros. Nadie esperaba ver algo así”, recuerda la embalsamadora. Esa vez sí trabajó en las planchas, aunque admite que tampoco había mucho por hacer debido a las condiciones en las que venían las víctimas: ya tenían la necropsia y les habían arrojado cal encima. Con cuidado, lavó para quitar la cal, inyectó formalina directamente a los cuerpos —o a lo que quedaba de ellos— y, junto con su equipo, trató de hacer lo mejor que pudo.
 
Esa tarde de septiembre también lidió con los reporteros. Camarógrafos y fotógrafos se subieron a los árboles, al techo del local contiguo de La Piedad,  a donde pudieron con tal de obtener imágenes. Algunos cuerpos eran depositados en el suelo porque no había manera de manejarlos correctamente y le preocupaba que las instantáneas llegaran a las familias desesperadas, que estaban buscando a sus desaparecidos.
 
Tan caótica fue la situación de los 72 inmigrantes asesinados —el primer crimen colectivo del que se tenía conocimiento en el sexenio— que los cuerpos que le llevaron a La Piedad cruzaron el país sin los permisos correspondientes de las autoridades sanitarias. Ella tuvo que explicarles que necesitaba de manera urgente los certificados de defunción. Los documentos llegaron por fax.
 
Los inmigrantes fueron asesinados de forma brutal. Fue tal el sufrimiento y la crueldad en esos crímenes que, relata, los vasos de vidrio de las veladoras de su Santa Muerte estallaron en pedazos por todo el horror que desprendían esos muertos.
 
Le hubiera gustado reconstruir caras, pegar extremidades, arreglar más los cuerpos, pero el tiempo y las circunstancias apremiaban a terminar cuanto antes su trabajo. Todo eso la hizo sentirse frustrada porque no pudo hacer más por todas las víctimas de San Fernando que recibió en el 2010 y 2011.
 
Además, le pesa que la primera masacre no haya prendido todas las alarmas del país porque jamás imaginó que tuviera que vivir esa experiencia dos veces. Sabe que la cosa no para, que siguen sacando más cuerpos de fosas clandestinas; por ejemplo en Durango, donde se exhumaron 260 cuerpos. La embalsamadora escuchó que hay más muertos en Tamaulipas, pero  no se atreve a decir más. Después de esto no permitiría que su familia viajara al norte de México por carretera. El norte del país, dice, está teñido con mucha sangre.
 
Si algún consuelo podrían albergar quienes perdieron a su familiar en estas circunstancias tan atroces, es que la embalsamadora y su equipo les dieron el último gesto de humanidad. Por eso le gusta este trabajo, porque se sabe en el último proceso del paso de una persona por este mundo y la trata con dignidad.
 
Tras los episodios de Tamaulipas, la embalsamadora Patricia Díaz reitera con más convicción que la muerte enseña mucho sobre la vida. Lo sabe bien, mientras lidia con algunos asuntos administrativos para decidir la futura ubicación de La Piedad.

 

ÁFRICA BARRALES es una periodista mexicana que arma noticiarios para radio y tele mientras busca historias de largo aliento. Su historia de la embalsamadora quedó entre las diez seleccionadas del premio Las Nuevas Plumas, organizado por la Universidad de Guadalajara y la Escuela de Periodismo Portátil, que dirige el chileno Juan Pablo Meneses (El próximo taller online de este cronista abre el 5 de marzo. ¿Quién se apunta? http://periodismoportatil.com