Es viernes o sábado a la noche. O lunes, da igual. Supongamos que usted vive en Buenos Aires, está de paso o es uno de los diez millones de turistas que llegan por año. Se le ocurre ir a ver una obra de teatro, quizá porque es un tímido aficionado o porque sabe de la tradición del teatro porteño. Compra un diario y va a las páginas de cartelera artística. La experiencia puede ser abrumadora y sólo representará a un porcentaje mínimo de la oferta.
Al pasar las páginas, verá espectáculos de los géneros más disímiles: obras clásicas del teatro nacional o adaptaciones de éxitos internacionales; comedias musicales que son una versión low cost de Broadway; el teatro de revista, con sus obras livianas de humor vulgar con cómicos y vedettes; propuestas vanguardias de creadores jóvenes que autogestionan sus espacios. Y así, hasta un infinito que arroja cifras abrumadoras.
Los datos del Instituto Proteatro del Ministerio de Cultura del Gobierno muestran que en la ciudad hay registradas 214 salas, entre las comerciales e independientes, con un total de 240 espacios (hay teatros que tienen más de un escenario). Si se tiene en cuenta que este lugar de Argentina tiene 202 kilómetros cuadrados, la cuenta es aún más sorprendente: más de una sala por kilómetro cuadrado.
"A esos datos tenés que agregarle las oficiales, como el Colón, el Cervantes y las del complejo teatral del San Martín, además de los centros culturales con sala teatral. Hay otras que no están registradas en Proteatro. Calculo que son unas 20 o 30", grafica César Mathus, de Proteatro, que se encarga de registrar grupos teatrales estables, salas teatrales no oficiales y productoras.
Históricamente, el barrio de los teatros en la ciudad fue San Nicolás, con sus emblemáticos escenarios de la avenida Corrientes. Hoy, es posible encontrar salas en los 48 barrios —no son 100 los barrios, como sugiere un viejo vals de los años 40—, con nuevos polos teatrales en Almagro, Palermo, Boedo y El Abasto, donde vivió el mítico Carlos Gardel. En suma: hay teatros en todos lados. Y basta con caminar por las callecitas porteñas a la noche. Una vieja fábrica, un departamento o un depósito de aceite son algunos ejemplos de espacios que luego fueron convertidos en teatro. Alguna vez, un director describió la situación en una frase elocuente: "En Buenos Aires, vos tocás un timbre y sale un loco a hacerte una obra. Es impresionante".
Esa cantidad de salas, claro, tienen sus propios espectáculos. Se calcula que los estrenos el año pasado fueron 900. "Aunque es imposible —por la cantidad— registrarlos a todos, te diría que un 80% de los estrenos es de autores nacionales", amplía Mathus.
Si se compara con otros países de la región y de habla hispana, Buenos Aires se lleva el título de Capital Mundial del Teatro en español. Bogotá, por ejemplo, es una ciudad con gran tradición de teatro de sala y callejero, además de ser sede del Festival Iberoamericano de Teatro y del Festival de Teatro Alternativo, dos de los más prestigiosos de la región. Esa ciudad tiene en total unas 70 salas, de las cuales 50 son concertadas —es decir, con subvención del Estado— y unas 20 más independientes. Y los teatristas denuncian frecuentemente exigencias absurdas por parte del Estado en el mantenimiento de los espacios, que apuntan a cercenar a esta expresión artística. España, otra de las plazas importantes de habla hispana, está muy lejos de igualar a la oferta argentina. Sólo para ilustrar, un dato contundente: en Buenos Aires la oferta teatral multiplica por veintitrés a la de Madrid y Barcelona juntas.
En México, los dramaturgos, actores y compañías enfrentan el problema del reducido número de funciones, la falta de foros y de presupuesto. "En una ciudad con 9 millones de habitantes, el 90% no sabe lo que es una puesta de escena. Nunca fue a una sala. No llegamos a 100 espacios escénicos entre comerciales e independientes", declararon recientemente miembros del Foro de Promoción y Cultura en la Ciudad de México, quienes alertaron sobre la crisis del teatro en la ciudad. En una reciente declaración a la prensa, Juan Meliá, titular de la Coordinación Nacional de Teatro, dijo: "Nos encontramos muy atrasados respecto del concepto de operación de salas independientes. Argentina tiene un esquema al revés del de México. Ahí se podría decir que existen más salas independientes que públicas. Ellos, tienen apoyos de todo tipo para las salas independientes. Por eso en México la reflexión debe tomar en cuenta hacía dónde va nuestro modelo de producción, el cual se basa en el subsidio".
Causas y efectos
¿Por qué pareciera que en Buenos Aires hay más necesidad de hacer teatro que en otras? ¿Es casualidad que ésta sea una de las más teatreras y también una de las más psicoanalizadas del mundo? ¿Qué rol cumple el Estado en el apoyo a estas actividades?
Juan José Santillán es dramaturgo, periodista de teatro de Clarín, el diario de mayor difusión de la Argentina, y en otros medios latinoamericanos y europeos, además de coordinador del Círculo Itinerante de Crítica Teatral (CICRIT). "A nivel cuantitativo, hay una cantidad de espectáculos sólo comparable con las grandes capitales mundiales del teatro, como Berlín y Nueva York. En ese crecimiento, fue muy importante la Ley Nacional de Teatro", grafica.
Esa ley fue promulgada en 1997 y estipula una serie de subsidios para grupos, espectáculos y salas. El Instituto Nacional del Teatro es la autoridad de aplicación de la ley y actualmente es tomado como modelo para otros países de la región. Aunque la mayoría de los grupos sostiene que el subsidio del Estado es insuficiente, el apoyo genera cantidad, la oferta de la que tanto se enorgullece la ciudad. El año pasado, Proteatro subsidió cerca de 400 proyectos de espectáculos en Buenos Aires. Santillán cree que, en Buenos Aires, esa ley es una de las causas del boom que hoy se está viviendo.
"Si te fijás en el diario, podés encontrar unos 150 espectáculos por fin de semana. Y esos son sólo los publicados… Además, desde el lenguaje, en muchos casos son producciones que miran a Europa y que pueden dialogar con obras de Europa; por eso, muchas obras viajan a festivales de allá. Cuando se habla de un boom del teatro argentino, en realidad se refiere al porteño, al teatro de Buenos Aires. En el interior del país, la situación es distinta. La ley produjo una cantidad de producciones desorbitante, pero tenés que ver la calidad de lo que se hace. ¿Qué permanece de eso?", relativiza Santillán, que también estrenó sus propias obras como dramaturgo y director.
Con 39 años de experiencia como autor, docente y director, Mauricio Kartún es uno de los grandes referentes del teatro porteño actual. Escribió alrededor de 30 obras, entre originales y adaptaciones, además de ser el creador de escuelas de dramaturgia. Más allá de cualquier crítica a la entrega de subsidios, es contundente en su juicio. "Buenos Aires es en este momento la capital teatral de habla hispana. No hay una ciudad que tenga esta cantidad de espectáculos ni de estudiantes de teatro, que triplica a la de cualquier capital europea. El porteño no conoce la verdadera dimensión de este fenómeno porque, quizá, no lo compara con otras ciudades y porque es un habitual espectador de teatro. Aunque no vengas del ámbito teatral, si vivís en esta ciudad seguramente conocés a alguien que esté haciendo un taller de teatro, de forma amateur o con ganas de profesionalizarse".
Tierra de teatro y psicólogos
Argentina es uno de los países que más va al psicólogo del mundo. Y, en ese contexto, Buenos Aires se lleva también el premio mayor. En esta ciudad de puerto, hay unos 500 psicólogos cada cien mil habitantes —una de las proporciones más elevadas de los cinco continentes—, mientras que en varias provincias del país hay sólo 8 por cien mil. ¿Hay relación entre ser la ciudad más 'neurótica' y una de las que más consume teatro? Alfredo Grande, psiquiatra, psicólogo, escritor y actor, cree que sí.
"Hay una clase media intelectualmente potente que encontró en el teatro una forma de expresión. El teatro y el psicoanálisis son dos marcas de una sociedad que se anima a pensarse a sí misma. Para eso, se necesitan autores, actores de buen nivel y espacios para llevar adelante esa necesidad de catarsis. Buenos Aires tiene todo eso", analiza Grande.
Kartún va todavía más allá en su análisis. "Hay dos actividades que singularizan al porteño: el psicoanálisis y el teatro. Son dos de los signos identitarios más fuertes de la clase media de esta ciudad", agregó.
Para comprobarlo, sólo basta con recorrer la temática de algunas de las obras de la cartelera porteña. Uno de los grandes éxitos del año pasado y de este es la versión local de Toc toc, una obra cómica francesa cuyo nombre es la sigla de "trastorno obsesivo compulsivo"; cuenta la historia de seis pacientes con diferentes trastornos, que esperan en la sala de un psiquiatra. Otra de las propuestas es La última sesión de Freud, un encuentro entre el padre del psicoanálisis y el joven académico C.S. Lewis, el mismo día que Inglaterra entra en la Segunda Guerra Mundial. Al poco tiempo, se estrenó Lo que vio el mayordomo, de Joe Orton, que transcurre en una clínica psiquiátrica.
Cómo vivir del teatro y no morir en el intento
Como espectador, el panorama es más que alentador. Gran variedad teatral, a precios para todos los bolsillos. Hay espectáculos con entrada gratuita o a la gorra; otros cuestan hasta 150 pesos argentinos (37 dólares), muy caro para el bolsillo medio. Pero, ¿qué pasa con los actores y administradores de los espacios? ¿Cómo hacen para sobrevivir en una sala con capacidad para 20 espectadores y con tanta oferta teatral?
Eduardo Spíndola es actor, iluminador y escenógrafo, con más de 25 años de experiencia en el teatro. En 2005, cuando una de sus obras sobre textos de Samuel Beckett se quedó sin sala, se le ocurrió transformar su casa en un teatro. Y así nació Querida Elena, un espacio en el histórico barrio de La Boca, que hoy tiene siete espectáculos en cartel. La sala tiene capacidad para sólo 24 espectadores.
Su teatro, al igual que otra veintena de salas, forma parte del Colectivo Escena, que agrupa a espacios independientes que se desarrollan en lugares poco convencionales, como casas de familia, ex fábricas u otros tipos de comercios. La mayoría tiene algo en común: rechazan el subsidio del Instituto Nacional de Teatro, al que consideran "una limosna" y buscan otras formas de mantenerse.
"Por lo general, las salas intentan pedir subsidios, que son magros y ni siquiera funcionan como un paliativo. Te diría que es una pequeña limosna que te tiran, que siempre llega tarde. Nosotros no recibimos dinero del Estado y nuestra ideología es no pedir ninguna ayuda. ¿Por qué? El Estado da ese pequeño monto para sentir que está haciendo algo por la actividad. No quiero estar ligado a esa política", opinó. "Esa es ahora la discusión —agrega Juan Santillán, crítico— que se plantea ahora: qué destino tienen esos subsidios".
El teatro de Spíndola se mantiene sobre la base de muchos esfuerzos: alquila la sala para ensayos, cobra un porcentaje de las entradas y alquila uno de los salones para clases de yoga. Además, brinda sus servicios como iluminador y escenógrafo para los grupos que presentan allí sus obras. Otras salas se mantienen a base de cursos de actuación y dramaturgia; por un lado, forman a profesionales y, por el otro, crean nuevos espectadores.
Cuando le hablan del boom teatral en la ciudad, el actor dice que es indudable, pero tiene algunos reparos. "Es complicado saber si más es mejor. Está buenísimo que lo teatral acontezca en cualquier lugar de la ciudad, ya sea en una sala, asociaciones civiles, centros culturales u otros espacios. La proliferación de talleres de teatro genera también esas ansias de mostrar lo que estás haciendo. Acá hay siete espectáculos en cartel y yo soy el único encargado de todo. Pero el gran problema de las salas pequeñas no es el dinero, sino el acceso al público", analiza.
Por momentos, da la sensación de que la ciudad tiene público para todas las obras que se generan. A veces, pareciera que existe más necesidad de hacer teatro que del público de verlo. El gran desafío, dice Spíndola, es acceder al gran público. "Es el que está afuera de la lista de amigos, familiares y amigos de amigos. Me refiero al tipo que llega porque alguien le recomendó. Es difícil conseguir eso si tu espacio no tiene dinero y es periférico de los circuitos tradicionales del teatro. Cuesta mucho, pero quizá sea lo más valioso y romántico de este teatro: poder mantenerlo con el propio esfuerzo".
Pasaron varias semanas desde el inicio de esta investigación. En estos días llegaron a mi correo electrónico más de 30 invitaciones a estrenos. Una obra ofrece a los espectadores sentarse en la misma mesa con los actores y cenar con ellos, mientras se desarrolla el espectáculo. Otro grupo dice que hace "teatro para bebés", de seis meses a dos años. Se repone una obra de títeres eróticos. Y otra versión más de Shakespeare. Neurótica, desbordante, petulante y siempre de espaldas al río, la ciudad muestra por momentos la mueca de la tragedia y de la comedia. En estos momentos, cuando cae la noche, alguien estará imaginando alguna nueva obra, transitando mundos imaginarios. Y contribuyendo a que esta ciudad sea tan catártica y teatral.
DIEGO JEMIO (Tucumán, Argentina, 1977) ha publicado crónicas y reportajes narrativos en medios de su país, Perú, Ecuador, Venezuela, México y España. En 2008, ganó la beca Programa Balboa para Jóvenes Periodistas Iberoamericanos en Madrid. Juega al fútbol (así con tilde) con amigos los miércoles (es un delantero perezoso) y tiene facilidad para memorizar diálogos de películas y recopilar datos inútiles