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La bella rebelde chilena

Camila Vallejo es la “Che Guevara” del siglo XXI. Un chica de jeans gastados, collares artesanales y anillos de alpaca se convirtió en la líder de un movimiento que tiene en jaque al gobierno de Piñera. “Una cara bonita no saca a 500 mil personas a la calle”, dice en entrevista

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Guadalupe Diego / La Nación de Argentina-GDA
| domingo, 4 de diciembre de 2011 | 00:23

Camila Antonia Amaranta Vallejo Dowling. O, simplemente, Camila Vallejo, así la conocen todos. Así la conocen ahora todos. Hace un año, cuando asumía la presidencia de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECh), ni la propia prensa local sabía escribir bien su apellido. Vallejos, decían las notas; así, Vallejos, con ese final.

Pero eso era antes, hace una eternidad, cuando Camila todavía podía responder el teléfono y era capaz de dar notas como quien cambia de abrigo. Ahora no. Ahora a la chica a la que le sobran nombres lo que le falta es tiempo. Concertar una entrevista con ella puede tomarte más de un mes, y una vez agendado el encuentro nada te asegura que vaya a cumplirlo. Es altamente probable que te suspenda por una asamblea de estudiantes, un plenario o una marcha. También podría plantarte porque la recibe el ministro de Educación o porque la espera una comisión en el Senado que discute el presupuesto que recibirá el área el próximo año.

“A la sede de la FECh le llegan entre 40 y 60 pedidos de entrevistas por día y de medios de todo el mundo.” Esto lo cuenta Evelyn Cáceres, que desde hace tres años está a cargo del área de Comunicación de la FECh y jura que nunca pasó por algo igual: “Estamos absolutamente desbordados”, sintetiza. Y se nota.

La cita programada para una mañana terminó reprogramada para una tarde. El cambio no sorprende: antes de este plantón ya habían sido cuatro las fechas canceladas y cinco los encuentros fallidos; el último lo produjo una repentina gira por Europa, cuando Camila llevó las demandas del movimiento estudiantil chileno hasta París, Ginebra y Bruselas. Viajó junto a otros dos dirigentes estudiantiles y fue recibida en el Parlamento Europeo, la Unesco y las Naciones Unidas.

Cuando por fin nos reunimos en la oficina de la Federación de Estudiantes, la líder del movimiento estudiantil del que habla el mundo entero conversa con tiempo, tranquila y sin prisa. Hace rato que está de vuelta de las notas que refieren a su belleza (“objetivamente soy bonita y no tengo problemas en decirlo”, declaró en una entrevista) y tacha de previsible que el foco inicial haya sido su aspecto físico: “Acá son muy machistas, pero al final primó la idea. Una cara bonita no saca quinientas mil personas a la calle”.

Es amable, clara y precisa al hablar. Le gusta pensar la palabra justa y busca el término exacto para decir aquello mismo que quiere decir y no otra cosa. Se ríe de sus propias ocurrencias y maneja cierto humor absurdo. Sus ojos verdes sostienen la mirada y gesticula mucho, mucho. Explica la política educativa del país y su mano va de acá para allá marcando puntos imaginarios sobre el escritorio: “El problema de la educación es un síntoma de un problema mayor, que es el modelo que se instaló a sangre y fuego durante la dictadura. Los ideólogos que sacaron de la Universidad Católica los llevaron a Chicago (se refiere a los Chicago Boys) y vinieron a experimentar un proyecto ideológico que es el modelo neoliberal, un modelo donde el Estado es subsidiante y no garante”, explica Camila, de lo más didáctica.

 

Sobre una de las paredes de su oficina cuelga un gran retrato: Karl Marx mira desde detrás de un vidrio. Al lado de Marx, y clavados sobre un corcho, hay recortes de prensa, fotos y panfletos. Toda la papelería se refiere a lo mismo: la protesta estudiantil que ella lidera, un reclamo que lleva siete meses de movilizaciones, tomas, marchas y paros; una lucha que ya volteó a un ministro, forzó la reorganización de un gabinete y sentó al gobierno en una mesa de diálogo. Este ha cedido poco y reprimido mucho, ha apostado al desgaste del movimiento y se prepara para cerrar un año, al decir de los analistas, “absolutamente perdido”.

El movimiento se volvió histórico con las cifras que ha sido capaz de convocar, pero a caballo del reclamo por una educación pública, gratuita y de calidad que sostienen los estudiantes se han sumado otras demandas sociales. El movimiento se ha vuelto incluso transversal y a veces hasta da la impresión de que al gobierno de Sebastián Piñera le atacan el rancho desde todos los frentes.

La sensación —y, ¡peor!, las encuestas, en un país que baila al ritmo del sondeo permanente— es que Piñera rescató del pozo a los mineros y de ahí a esta parte fue él mismo el que no hizo más que descender (la última encuesta de Adimark le otorga apenas el 31% de aprobación;  el mismo estudio muestra  que el 67% de los chilenos está a favor de las demandas estudiantiles).

 

“La verdad es que nunca imaginamos que esto iba a estallar así, con esta magnitud. Jamás pensamos que iba abarcar a tantos ámbitos de la sociedad, que íbamos a tener manifestaciones con tanta convocatoria”, reconoce Camila, que para muchos es, más que la voz que pide a gritos una reforma educativa, la voz en alto de dos generaciones enteras: la suya y la de sus otrora acallados padres.

Es curioso: de su paso por la preparatoria —cuentan hoy sus profesores del colegio Raimapu, en la comuna de La Florida— lo que quedó fue la imagen de una chica introvertida, que se destacaba en artes plásticas y se interesaba por el teatro. Dicen que era tímida, que nunca fue dirigente y que era impensable prever que una chica así asumiría cargos.

Ella marca su punto de inflexión precisamente después de esa etapa: “Yo sabía que cuando entrara a la universidad iba a participar en política. La militancia de mis padres habrá ayudado, es una formación, pero lo cierto es que yo tenía una convicción propia; yo veía que en la universidad se me iba a abrir el mundo; sentía que al entrar ahí tenía que hacerme responsable de algo más aparte de estudiar. Entré en 2006 y ya en 2007 entré a militar en la Jota (Juventud Comunista). Y ahí me encontré con un proyecto político, con una propuesta de reforma. Después, todo lo demás se fue dando”.

Camila terminó la carrera de Geografía. Su hermana mayor milita en el Partido Comunista, como hicieron sus padres cuarenta años atrás. Su mamá, Mariela Dowling Leal, trabaja junto a su marido, Reinaldo Vallejo. Juntos tienen una pequeña empresa dedicada a la instalación de calefacción.

 

Los padres de Camila acompañan a su hija a todas las marchas. La apoyan, la alientan y se preocupan por su seguridad: la famosa cara de la revuelta estudiantil es también blanco de agresiones, insultos y amenazas, especialmente desde las redes sociales, donde alguno aseguró que su vida corría peligro y otro más filtró su dirección.

Ahora Camila marcha con custodia y va siempre acompañada. “No descarto que pueda pasarme alguna cosa”, decía hace un par de meses la joven líder. Ahora, en cambio, minimiza el tema: “No tengo miedo, porque seguro ahí hay mucha cobardía. Ninguno de esos tipos se va a atrever a agredirme físicamente. Es lo que creo; cualquiera que lanza una amenaza a través de un medio indirecto finalmente no lo hace. Para eso viene acá, directamente, se presenta, me lo dice y lo hace nomás”.

Claramente, las millas a Camila le juegan a favor. Es astuta, cauta. Aprende rápido. Hay diferencias notorias entre un discurso de una marcha inaugural versus uno actual: ahora la chica de 23 años aparece (todavía) más desenvuelta que entonces; más locuaz, más firme, más decidida y más segura. Y esto en cualquier superficie, porque en pleno concierto de Calle 13 sube  al escenario y exige a una multitud, con fuerza, educación pública y gratuita con la soltura de quien está en la sala de su casa. “¡Hasta la victoria siempre!”, cierra esa arenga, con el micrófono en mano y el puño cerrado en lo alto. El público la ovaciona.

La popularidad que alcanzó Camila es notable. En la calle y en los papeles. Según una encuesta reciente, Camila es la mujer chilena más admirada por las adolescentes de entre 14 y 18 años: los datos de la Unidad de Estudios de Corporación Opción señalan  que el 43% de las jóvenes la prefirió a ella antes que a otras figuras públicas como Michelle Bachelet (32%) o Violeta Parra (27%).

La ciudadanía en su conjunto también la respalda: integra el top 3 de las figuras políticas mejor evaluadas del país: tiene el  71.3% de evaluación positiva frente al 29.2% de Piñera (encuesta Bárometro Regional 2011, del Centro de Investigación Sociedad y Políticas Públicas de la Universidad de Los Lagos).

 

La exposición convirtió a Camila en lo que aquí llaman un rostro. Ahora es famosa y la fama —dice— le incomoda. “Es un tema supercomplejo, porque así como no me esperaba la magnitud del impacto del movimiento, no me esperaba la magnitud del impacto mediático que iba a tener yo. Todo esto ha repercutido en mi vida personal. Ahora soy una figura pública. Moverme es difícil, viajo en metro o camino por la calle y la gente me reconoce siempre. Me dice cosas, me piden fotos, me piden autógrafos, entrevistas, saludos grabados; me llegan cartas, me dan consejos, me piden cosas raras. La gente me demanda mucho y no tengo libertad de acción”.

Es la primera vez que la voz de Camila suena a queja. No exagera: la sesión de fotos causó un tremendo revuelo callejero y en cuestión de minutos se generó un tumulto. Hubo gritos de apoyo, pedidos de beso, fotos con los teléfonos  y suspiros masculinos. Hasta los carabineros de un camión hidrante que pasaba por ahí buscaron su risa y se acercaron hasta ella haciendo girar —en broma— el disparador. Ella no perdió el buen humor.

“Yo agradezco a..., no sé a quién, porque en Dios no creo, pero agradezco a las circunstancias que a esta altura no esté reventada; estoy cansada, sí, pero no estoy con un nivel de estrés que haya afectado mi salud. Y tampoco ha cambiado mi personalidad. Hay muchos dirigentes que entran en un conflicto con los egos. Yo sigo tranquila, tratando de mediar, de ver todo en una perspectiva más global. Claro, eso no me asegura que no termine después loca en un manicomio”, dice entre risas.

 

Dentro del movimiento, Camila, señalada tantas veces desde la prensa internacional como la bella rebelde poco menos que prima hermana del Che Guevara, no es ni por asomo la más radical de los dirigentes. Forma parte, incluso, del ala moderada, cosa que le trajo más de un conflicto interno con otras agrupaciones:

“Este trabajo al final es superingrato. Porque hay muchos logros de los que una se siente orgullosa porque el movimiento los ha instalado, pero es ingrato porque no toda la gente valora por igual el esfuerzo. La demanda en términos mentales es fuerte. Todo el tiempo tienes que estar pensando qué se dice, qué se hace; te tienes que anteponer a las circunstancias y, antes de tomar una decisión, hacer una lectura de todos los factores que están determinando los distintos escenarios. Uno siempre asume costos políticos, pero a veces son mayores los costos que las ganancias políticas, y esto es algo que tuve que aprender a la fuerza. No venía con la experiencia".

A la chica de  los jeans gastados, collares artesanales, anillos de alpaca y pañuelos tejidos no le gusta nada —nada— hablar de su vida privada. Sabe que la prensa está al acecho y siente el agobio.

“La prensa ha buscado persona por persona queriendo identificar mi grupo familiar. Ubicaron a mi padre, mi tío, mi hermana; falta mi hermano menor y otro más. Yo he tratado de mantener mi vida personal lo más lejos posible, pero en un momento ya se hace insostenible. Porque los medios están ahí buscando, buscando y buscando. ¡Y el que busca encuentra, po!”.

Tanto buscar y buscar para venir a encontrar, para decepción de tantos, un pololo (un novio). Fue durante una marcha, cuando alguien advirtió que, entre toda la gente que la rodeaba, había uno que le hacía marca personal. Al día siguiente todos los medios hablaron de él: Julio Sarmiento. “El ángel guardián de Camila Vallejo”, dijeron. No se animaron a confirmarlo en letras de molde, pero efectivamente era (y es) el novio de Camila desde hace al menos tres años. Incluso él mismo le pasó la estafeta un año atrás: Julio Sarmiento, nacido en Cuba y estudiante de Medicina, fue el presidente inmediato anterior que tuvo la FECh y también es comunista.

Cuando Camila se suelta en la charla actualiza datos: “Hasta el fin de semana pasado mi pololo estaba en las Juventudes Comunistas, ahora pasó al Partido”. ¿Y es posible, con tan poco tiempo libre, llevar un noviazgo normal? “Bueno, nos vemos siempre en las marchas”, responde entre risas.  “A veces trato y me esfuerzo por encontrar un momento de relajo y quedar con mis compañeros para tomar una cerveza, pero en realidad nunca me libero de esto. Ojalá tuviera un lugar donde no se hable nada de política universitaria ni del movimiento, pero siempre sale el tema. No tengo ningún paréntesis. Antes hacía deporte o salía a bailar, pero ahora no”.

Aquí son varios los que le auguran a Camila una promisoria carrera política. A ella la palabra carrera no le gusta. Prefiere expresarlo en términos de “ponerse al servicio de”, pero no descarta para nada la misma idea: “Bueno, soy militante de un partido que ha planteado llegar a una verdadera revolución democrática a través de la vía electoral, así que no puedo descartar el hecho de que pueda ser candidata en algún ámbito municipal, parlamentario o etcétera, pero yo voy a estar a disposición siempre y cuando haya una decisión colectiva antes de tomar esa decisión”.

 

 

GUADALUPE DIEGO es una periodista argentina que colabora con diferentes publicaciones de su país, Chile y Perú. La usuaria habitual de las redes sociales es multitasking: escribió esta historia mientras su hijo de tres años se montaba en su espalda