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El trajín de vivir entre dos tierras

Unas 50,000 personas pasan diariamente por la garita de San Ysidro, la puerta fronteriza más transitada del mundo. Ellos, los transmigrantes, viven en Tijuana pero trabajan "del otro lado".
Mariana Martínez Esténs
TIJUANA, Baja California | domingo, 4 de marzo de 2012 | 00:10

Son las tres de la madrugada y ya estás de pie. Para no encandilarte, te vistes en penumbras, entras al baño, te lavas la cara y los dientes. Caminas a la cocina, sacas la lonchera del refrigerador, tomas el termo y luego las llaves que dejas siempre sobre la barra. No puedes tardar más de 10 minutos de la cama a la puerta, ya irás despertando en el camino.

Afuera también está oscuro, en la calle el aire sopla a seis grados sobre tus mejillas, la misma temperatura que cuando abriste el refri, por eso te escurre la nariz. Entras al auto y enfilas veloz hacia las calles semivacías, serpenteando entre lomas grisáceas, directo al vertedero de la frontera, donde al menos 50,000 almas como tú cruzan diario hacia Estados Unidos, viviendo entre dos tierras, entre dos leyes, entre dos culturas.

Cruzas bares donde ves a la gente saliendo, pidiendo taxis con la camisa desfajada o los tacones en la mano. Los envidias mientras conduces la Nissan Xtrail. Como siempre a tu lado va Érica, tu esposa, y atrás van los niños, el fotógrafo y yo, la reportera.

Conforme avanzas, el tráfico se va haciendo denso hasta que topas con un mundo de autos. Parece un lote de coches nuevos y seminuevos. Miles de luces te acompañan y el Duty-Free, la farmacia y la agencia de viajes iluminan con neón los letreros que anuncian Open. La gente que hace fila de pie parece sostenerse en los vasos de unicel con bebida caliente. Sin auto propio pueden pasar hasta dos horas para llegar a "la línea", como le decimos a la puerta que divide a México de Estados Unidos.

Alguien desde un cubículo académico o quizá algún diplomático inventó el término transmigrante o binational commuter  para llamar a las personas como José, que van de Tijuana a California, para trabajar en las ciudades de San Diego, Carlsbad, Temécula, Los Ángeles y Jamúl. Aunque en México tienen su hogar, su familia, sus amigos.

La desmañanada de cada día es compartida con el ocho por ciento de la fuerza laboral de esta ciudad de millón y medio de habitantes, según la última Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo. Es la cifra más alta de transmigrantes a lo largo de los dos mil kilómetros que separan México de Estados Unidos. Un ocho por ciento que resulta conservador porque el desempleo se triplicó de 2001 a 2011 en Tijuana, pasó del 1.7 por ciento al 6.7 por ciento en diez años y quedó como la segunda ciudad con más problemas para conseguir chamba de todo el país, un porcentaje por encima de la media nacional.

"No hay mucha información de que haya aumentado el fenómeno (transmigrante), pero es probable que se esté dando de una manera que aún no se refleje en las estadísticas”, me explica el doctor Eduardo Mendoza, economista del Colegio de la Frontera Norte. Optimista, me dice que este ir y venir histórico ahora tiene dos partes positivas: “Desahogar la válvula de escape del desempleo que ya es bastante alto en Tijuana y generar ingresos extras para la economía, con la exportación de valor agregado de mexicanos, porque no están trabajando en las maquilas, trabajan del otro lado".

Tijuana es la ciudad más grande e industrializada de la franja fronteriza: colinda con California, el estado más rico del vecino país, y con la ciudad de San Diego, la más estratégica en materia militar y naval, además de ser sede turística, centro de tecnología y ciencias biológicas.

Las otras franjas fronterizas al sur de Texas, Nuevo México y Arizona son regiones poco pobladas, con urbes alejadas de "la línea" y consideradas entre las zonas más pobres de todo México.

Es aquí, a orillas del mar Pacífico, donde surgió el boom de manufactura extranjera conocida como maquiladora, tan prolífica en Tijuana y Ciudad Juárez en los años ochenta.

"¿Te quieres hacer gringo?"

Estancados en el tráfico, hablo con José Meléndrez, un hombre de trato ranchero y carcajada franca que va coqueteando con las vendedoras de avena desde su camioneta nueva, alzada por encima del resto de los autos, con sus dos empleados acurrucándose en el asiento, buscando el sueño. Tiene 48 años y cruza a San Diego desde los trece porque su padre lo llevaba a aprender el oficio de pintar y detallar casas. Vive en la colonia El Mirador, cerca de la playa, pero renta un departamento en el lado gringo para tener una dirección allá y pagar los impuestos de su empresa.

—A los méndigos güeros no hay que deberles nada de dinero —me dice José, haciendo cara de terror.

Tiene el estatus de residente permanente de Estados Unidos y pasa "la línea" todos los días desde hace un cuarto de siglo. Se niega a hacerse ciudadano estadounidense, dice que sería como arrancarse el pellejo.

—¿Ciudadano pa' qué? —me cuestiona cuando me atrevo a preguntarle por qué no hace el trámite.

José cruza con su "residencia legal", pero hay otros que enseñan su valiosísima visa de turista, camuflados de compradores (shoppers, pues). Los más suertudos muestran su flamante ciudadanía estadounidense. Porque contrario a lo que se piensa, en Tijuana apenas el 55 por ciento de las personas tiene la posibilidad de entrar a Estados Unidos legalmente.

"Existe todo este discurso de Tijuana como la tercera nación, totalmente aceptado, de que tienes la doble nacionalidad, pero eso no es cierto", me dijo días después la investigadora Rihan Yeh, académica del Centro de Estudios Antropológicos en el Colegio de Michoacán, quien vivió dos años en Tijuana para analizar el tema de la identidad en esta frontera.

Ir a trabajar "al otro lado" puede ser fuente de mucho prestigio por ganar mucho dinero, pero en la otra cara de la moneda puede ser un estigma por el discurso nacionalista de "te quieres hacer gringo", agrega la antropóloga.

Así que con estatus legal o no, José y su familia tienen la gran fortuna de cruzar en auto propio. Su trayecto sería mucho más complicado tomando el nefasto transporte público que se desvía de la ruta para subir a las personas que están afuera de los parques industriales o a los tijuanenses que viven en colonias alejadas de la frontera.

Ya estamos en la garita de San Ysidro, porque en la frontera de Tijuana con California hay dos garitas, la otra es la de Otay. Pero estamos en San Ysidro, dividida por tres muros metálicos y de concreto, con iluminación tipo estadio y helicópteros con cámaras de rayos infrarrojos que detectan a la gente en la maleza. A finales de marzo terminará una renovación del muro que ahora incluye un muelle, que costó 4.3 millones de dólares, y que pretende controlar la entrada de migrantes vía mar por medio de equipos de buceo, pangas y botes de alta velocidad.

Aún con las barreras físicas, este paso fronterizo de San Ysidro tiene 24 puertas de ingreso y es la frontera terrestre más transitada del mundo. El Departamento de Transporte de Estados Unidos registró que en 2010 cruzaron, sólo por aquí, 8.4 millones de autos, 23.6 millones de pasajeros, 6.4 millones de peatones, 550 mil pasajeros de autobuses. En sólo un año fueron 30 millones 590 mil 858 viajes, equivalentes a llenar un tren del metro de nueve vagones a su capacidad máxima: 1,530 pasajeros circulando cada 26 minutos, las 24 horas del día, sin parar.
 
Los del norte  también lloran

Gina Olive Jones es una bronceada rubia de California, maestra de preescolar de 43 años y madre de cuatro hijos, incluyendo uno de diez años con retraso mental.

Jones y su esposo —un ciudadano inglés— se mudaron a Rosarito, Baja California, en el año 2009, después de que él tuvo problemas con Migración (sí, a los europeos también los deportan) y en medio de una crisis económica muy grave.

El aumento en el flujo de la frontera depende también de quién entra para vivir en la ciudad. Desde 2006 se han asentado en Tijuana miles de familias afectadas por la crisis inmobiliaria de Estados Unidos, comparada con la Gran Depresión de los años treinta. La recesión afectó desproporcionadamente a California y a la comunidad latina por ser presa fácil de los llamados "prestamistas predadores".

Aquí en esta atiborrada línea está parada Gina, madrugando para ir a trabajar desde Tijuana a una escuela de Chula Vista, California. A su lado está su hijo de diez años, el que tiene problemas de aprendizaje. Con el frío, los papás llevan a sus bebés en carreolas, con cobijas encima, todos forrados.

Gina me cuenta que gana 2,000 dólares al mes (unos 26 mil pesos) con lo que mantiene a la familia y permite que su esposo se quede atendiendo la casa y cuidando a los otros hijos.

El instituto Equinnox de San Diego en su informe anual de Índice de Calidad de Vida para la región de San Diego, que incluye 18 ciudades, encontró que en la última década ha crecido la oferta de trabajos en rubros de bajos salarios como son los servicios de hotelería, restaurantes, limpieza y mano de obra para manufactura, mientras que el costo de la vida sigue incrementando a un ritmo vertiginoso, especialmente por los exorbitantes precios de la renta que oscilan de 800 dólares por un estudio hasta 2,000 por un pequeño departamento: el 30 por ciento de los ingresos de muchas familias.

Y en Tijuana, con violencia o no, se paga menos de renta, menos de gasolina, menos de mandado, escuela y cine. Por eso muchos estadounidenses de clase trabajadora vieron en México una manera de sobrevivir.

—La verdad estamos mucho mejor como familia viviendo acá —me dice Olive mientras avanza de a poco, apenas iluminada por la luz mercurial de madrugada.

Cerca de Gina, pero montada en el asiento de una camioneta, está María Seturino, 41 años, con su pareja Ana Camacho, de 37. Ella es ciudadana estadounidense que decidió vivir en Tijuana junto con sus cuatro hijos de veinte, ocho y unos gemelos de cinco, que quedan al cuidado de Ana. Es farmacéutica y trabaja en Mira Mesa, ganando unos 10 mil pesos a la semana.

"Allá en San Diego estaba viviendo al día, mientras que aquí puedo dar los pagos de una casa nueva holgadamente y mantener a mi pareja, que se queda cuidando bien a los niños", me dice María Seturino, aún bajo una cobija de la marca San Marcos.

Para pasar más tiempo juntas, María y Ana se duermen en el auto, bajo el puente esperando la hora en que María cruce a trabajar. Al amanecer, se despiden y Ana vuelve a la casa en taxi, para darle de desayunar a los niños y llevarlos a la escuela.

En muchos de los autos estacionados bajo el puente traen niños de brazos envueltos en enormes cobijas con estampado de princesas o robots.

Entre los que esperan avanza Luis Jesús Osuna, un hombre divorciado de 34 años que vende celulares en la misma ciudad a la que viaja Gina. Tras su separación, Luis volvió a la casa de sus padres en la colonia Francisco Villa, una de las más antiguas de Tijuana, donde duerme varios días de la semana. Como necesita comprobar que vive en Estados Unidos para poder hacerse ciudadano, paga la mitad de la renta de un departamento en San Diego (la otra mitad la paga su primo).

—Pero en tres años más que me haga ciudadano me regreso —cuenta—, allá rento un microestudio de 550 dólares (unos 7,100 pesos) y aquí en Tijuana por eso mismo me podría alquilar una casa grande, de tres recámaras, con cochera, en una zona bonita, algo bien.

Aún con la falta de oferta de trabajos considerados bien pagados, en San Diego el ingreso promedio por persona es de 30,715 dólares anuales, según datos del Censo de 2010, es decir, por lo menos cinco veces más que el de Tijuana.
 
Hora del desayuno

Guadalupe Cruz Olais, de 54 años, hoy cruza con la ventana abajo, la música fuerte, cantando banda a todo pulmón. Dice que si no, se duerme. Desde hace veinte años va y viene todo los días. En Estados Unidos trabaja como carrocero en National City, sacando golpes, arreglando choques, defensas, guardafangos. Es ciudadano estadounidense, pero se vino a Tijuana de adolescente enamorado, porque la que hoy es su esposa no tenía pasaporte cuando la conoció y él no podía estar lejos. Juntos tuvieron tres hijos que hoy son adultos con carrera terminada: un contador, un ingeniero y una abogada que trabajan en Tijuana. Gana cerca de 12,500 pesos a la semana, con lo que podría vivir en Estados Unidos, pero ya no se regresa.

—Antes de cumplir 60 años yo ya pagué mi casa, ya pagué la escuela de mis hijos ya les di universidad, algo que no podría hacer allá, porque allá uno siempre vive endeudado a huevo —me asegura Guadalupe, con voz franca.

"Allá" toma un significado interesante en Tijuana, se vuelve una palabra que puede referirse o "al otro lado" (que es Estados Unidos) o "al sur" (que es el resto de México). Habla de la doble visagra en esta esquina de América Latina.

"El par de 'aquí y allá' es' 'Tijuana y el otro lado', pero el otro par que surge en la conversación es 'aquí en Tijuana' y 'allá pa'l sur'", me dice la antropóloga Rihan Yeh. "Esos pares denotan la doble interlocución en la que siempre está Tijuana, viendo hacia el norte o viendo hacia el sur, no es una tarea sencilla".

El paso continúa lento, regresamos a tu camioneta. La luz del día no llega pero las tripas piden comida. Podrías optar por traer tu propio plato de cereal o fruta, pero a tu alrededor se explaya una compleja red de servicios dedicados al cuidado de los que esperan: avena, café, champurrado, atole, coyotas de cajeta, tamales, tortas de lomo y pan dulce, pero el platillo preferido son los burritos.

—¿A cómo?
—A dólar —en este pedazo de Tijuana casi todo se vende a dólar.

La estrella culinaria de "la línea" es invariablemente la tortilla de harina. Aquí no se estilan los cubiertos ni las salsas ni los popotes ni las servilletas. El burrito es el bocadillo ideal para ir tras el volante.

Carlos Díaz atiende el puesto El lágrimas: burritos de chile relleno, carne deshebrada, picadillo, lengua, puerco y chicharrón, el que más se vende.

Entra a trabajar a las dos de la madrugada y sale a las diez de la mañana, a veces antes, si se le acaban pronto los 300 burritos que ofrece entre los carros. ¿Ya dijimos que a dólar?

Los letreros que anuncian los burritos muestran el número de radio para que le marquen desde los autos y le den la orden que luego surtirán velozmente unos muchachos montados en sus bicicletas.

Porque un accesorio “transmigrante” son los radios, esos grillos molestos que hacen de solución barata para evitar el cobro del roaming internacional que pagan los usuarios de teléfonos celulares.

Contrario a lo que podría pensarse, entre más rápido va la línea más venden los comerciantes de comida.

—Esto se vuelve como un carrusel de clientes —me dice Irma Vázquez, la dueña del puesto de avenas Irma, que lleva ocho años en el negocio que funciona los siete días de la semana.

José: las tripas te ganan la batalla y pides dos burritos, uno de chicharrón en salsa y otro de bistec ranchero. Y un café de doña Irma. Hurgas entre tus bolsillos, si pagas en pesos de seguro te ven feo o se hacen bolas con el cambio, es obvio que das dólares, porque ganas dólares y no hay ley que te quite esa costumbre.

Has vivido en una economía dolarizada, que se vitaliza y reanima con madrugadas como las tuyas. Cuando estás "allá" del lado de California, pagas todo en dólares, y cuando estás "acá", justo en esta línea, con miles de personas que van al trabajo o la escuela, compras tus burritos y tu atole también en dólares. Es tu moneda prácticamente todo el día.

Porque en Tijuana el dólar no sólo es una moneda, sino que adquiere un fuerte valor simbólico. "La gente aquí no sólo está acostumbrada a pagar en dólar, es un marcador de estatus muy fuerte, sacar la cartera y decir pum, 'ahí les va el fajo de dólares, yo gano en dólares'", explica la investigadora Yeh. "Es una muestra de estatus, pero a la vez puede ser un discurso en el que el transmigrante es visto como un poco naco, porque parte del discurso sobre migración indocumentada en general, es que vas allá a Estados Unidos como una persona pobre y ganan mucho dinero, pero realmente no saben qué hacer con esa lana, lo gastan en cosas absurdas, no se convierten en un buen ciudadano clasemediero, como sucede con los portadores de visa".

Terminando de disfrutar tus burritos la fila ha avanzado, vislumbras la garita. A tu felicidad la distrae un aroma agrio: bajo el último puente, a los pies del país más poderoso del mundo, huele a orines. Ahí, sin meterse en la fila que avanza, hay gente dormitando en sus autos.

Sí, señor

En la frontera, donde convergen tantas leyes, el destino de los que cruzan la garita parece reducido a una sola ley: la del tipo del uniforme azul marino, con preguntas rutinarias pronunciadas con flojera en un español precario. Él o ella pueden decidir tu destino mientras tengan tu visa entre sus dedos. Cual semidioses.

Para enfrentarlos, cada quien ha creado sus amuletos, sus rituales para agilizar el cruce, una mezcla de superstición y astucia. Hay quien lava su auto seguido: los migras sospechan de un auto sucio. También hay quien lo deja empolvarse: los migras sospechan de un auto demasiado limpio. Algunos siempre sonríen, unos miran a los ojos, otros evitan la mirada, hay mujeres que coquetean —se pintan la boca justo antes de llegar a la caseta—. A los niños se les enseña a hacerse los dormidos para que no les pregunten nada. Una indiscreción podría ser muy cara.

En las carteras y guanteras, sobre los tableros y vidrios de los autos de los transmigrantes hay estampas de San Judas, de Malverde, de la Santa Muerte y de la Virgen de Guadalupe. Aquí se narran historias de un migra coreano que seduce y alburea, o de una migra hispana con modales masculinos, que envía a inspección a las mujeres más bonitas (y pobre de aquella que no responda a sus piropos).
 

Horas de trabajo y escuela

Como los adultos, los niños transmigrantes viven con un cronómetro interior. Leo y Lari, de diez y siete respectivamente, son ciudadanos estadounidenses, hijos de José y Érica, la pareja con la que venimos desde muy temprano. Para aguantar el ritmo deben irse a la cama a las 8:30 de la noche, aunque Leo me confiesa que juega Nintendo bajo las cobijas.

Estudian desde hace dos años en una primaria de Chula Vista, un colegio especializado en finanzas, donde aprenden español, inglés y mandarín. Lari va al ballet y Leo al futbol por las tardes.

José y Érica son sólo mexicanos, una situación que ilustra otra de las ambivalencias en las zonas fronterizas: las familias "de estatus mixto", cuyos miembros tienen más o menos posibilidades de trabajo o escuela dependiendo de su estado migratorio en Estados Unidos.

Leo y Lari tienen derecho a recibir educación gratuita en su país, pero con el sobrecupo en las escuelas de California, los directivos piden a los padres que les entreguen un comprobante de domicilio en Chula Vista. Cuando eso pasó, José y Érica rentaron un estudio a donde les llegan correos, avisos, estados de cuenta y así pueden comprobar su residencia.

Érica duerme cinco horas cada noche, con dos despertadores al lado.

—A veces el cuerpo te exige y no te puedes levantar —admite—, un día dije cinco minutitos más y me quedé dormida… los tuve que ir a dejar en pijamas.

Un día del año pasado, los agentes de migración de San Ysidro detuvieron un arsenal y droga en la frontera, que quedó bloqueada casi por dos horas.

—Me acuerdo que nomás se veía volar la ropita de niños poniéndose el uniforme en plena línea —recuerda Érica—, porque no les pones el uniforme hasta que cruzas para que no lo arruguen, y no supe de nadie a quien le dijeran algo en "la línea" porque bien que saben que el que estemos cruzando los beneficia: por más que no compres nada, acabas gastando allá en cada ida y dejándoles dinero. Ese día media escuela llegó tres horas tarde, pero ni modo.

Ya estamos cerca, por fin llegamos.

Una vez frente al  migra te das cuenta de que él, igual que tú, está semidormido. Apenas revisa tu documento y sacude la mano, en señal de que pases.

¿Cómo no van a saber que la gente cruza de trabajo? Si usan uniformes, traen distintivos con nombre y la empresa, mochilas, pantalones o camisas para cirugía o consultorios dentales. Esto es un ballet de farsas muy bien ensayado. El viaje ha sido largo y por más difícil que pueda ser tu día, el peregrinar no se acaba con el migra: aún falta el regreso.
 
El eterno retorno

A las tres de la tarde, cuando los niños salen de la escuela, hay un tiempo valiosísimo para José, nuestro transmigrante que seguimos desde la madrugada:  "los cinco minutos de oro". Él trata de ser el primero en recoger a sus hijos a la salida de la escuela para ser de los primeros en pasar por la Puerta México a Tijuana, de lo contrario, se quedaría varado con miles de automovilistas que usan sus radios para avisar: "Ya voy pa' allá".

En cuanto suben a la camioneta les dice: "Vamos en los minutos de oro", y ellos saben que no deben pedir parar por nada, ni por un chicle.

Tú —transmigrante experimentado y exhausto— también lo sabes, luego de dirigirte presuroso hacia la frontera, pasar la pluma y el semáforo fiscal (¡verde!), suspiras aliviado al salir del gigante del norte, que te escupe gustoso. Y todo vuelve a empezar en la próxima madrugada.

 

MARIANA MARTÍNEZ ESTÉNS es periodista multimedia, radica en Tijuana y ha sido transmigrante ocasional. Ha hecho radio, televisión y ha escrito historias para medios de México y Estados Unidos. A su vida le acaba de agregar la adopción de una tortuga atropellada que bautizó como Casiopea y un conejo blanco, a quien le puso Katzuo. Pero no sabe si son gringos o mexicanos