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El sueño mexicano de una joven china

Zhai dejó Cantón, la ciudad más grande de China, y prometió volver por sus dos hijos. No tenía ni para comer y, sin saber dónde estaba México, aceptó viajar a este país, donde ha vivido una experiencia similar a la de muchos mexicanos que migran a Estados Unidos. Esta es la historia de una extranjera que fue captada, transportada y explotada laboralmente por una trasnacional. Un caso de trata de personas, pues
Por Víctor Núñez Jaime, Ilustraciones de Guillermo Prestegui
CIUDAD DE MÉXICO | domingo, 22 de abril de 2012 | 00:10

Cantón es la ciudad más importante del sur de China, uno de los principales puertos del país y la "fábrica" más grande del mundo. Una zona "modelo" para los programas de inversión y comercio de todo el planeta. En torno al delta del río Perla y a menos de 200 kilómetros de Hong Kong, la prosperidad tiene forma de rascacielos iluminados, puertos marítimos, aeropuertos, supercarreteras, puentes, restaurantes famosos por su variedad gastronómica, bares, karaokes, burdeles de lujo y una inmensa diversidad de empresas que en 30 años han convertido a la ciudad en el Silicon Valley de China. Aquí se producen los objetos más utilizados por los ciudadanos comunes y corrientes del mundo entero. Desde relojes hasta pantallas de televisión, pasando por juguetes, electrodomésticos y ropa.

Un tour por Cantón incluye sitios antiguos como la Casa de la Familia Chen, una de las construcciones más emblemáticas de toda China por las coloridas decoraciones de sus tejados. En este lugar se rendía culto a los antepasados y se preparaba a los aspirantes de la clase dirigente. Más allá está la Pagoda de los Seis Banyanos, uno de los templos más importantes de la escuela zen. Su pabellón más significativo, el Salón de Mahavira, tiene tres enormes budas de bronce. Cada estatua pesa diez toneladas. Desde lo alto de este edificio se pueden observar varios de los corporativos y fábricas de la ciudad. Pero también los hacinados barrios obreros de la periferia, donde viven millones de personas que bajan a trabajar durante largas jornadas a las fábricas. Una de esas fábricas es una enorme nave gris que pertenece a la empresa textil Duo Bao.

Desde hace una década, Zhai maneja ahí una máquina con la que ha tejido miles de suéteres, cuyo destino es la exportación a varios países. Zhai es una mujer de 32 años que comenzó a trabajar a los quince, cuando dejó de estudiar por la falta de dinero en su casa. Es la menor de cuatro hermanos, la única de ellos que vive con sus padres, es madre soltera de un niño de diez años y de una niña de seis, y todas las mañanas viaja 20 minutos en bicicleta para llegar a la fábrica donde permanece por lo menos 10 horas.

Hoy, sin embargo, tiene la posibilidad de cambiar su modo de vida. El amigo de una de sus compañeras la ha invitado a integrarse a una compañía internacional que ofrece trabajo en una fábrica de México.

—¿México…? ¿Dónde es? —pregunta Zhai.
—En América. En Norteamérica, junto a Estados Unidos.

La empresa es KBL Group International, "la fuente de los suéteres", cuyas oficinas centrales se encuentran en Nueva York y tiene más de 5,000 empleados repartidos en sus instalaciones de Cantón, Hong Kong, California y Guanajuato. Tiene clientes tan reconocidos como Victoria’s Secret, Bebe y Dillard’s. Presume que sus fábricas poseen "la maquinaria más moderna de toda la industria" y que es "el proveedor líder de suéteres a nivel global".

—Todo es legal —le especifican—. Firmas un contrato en donde queda claro que trabajarás ocho horas, seis días a la semana, y recibirás un sueldo mensual de 300 dólares estadounidenses. Ellos gestionan en Beijing los documentos migratorios para ir a México.

Sólo te cobran 30 dólares por ese trámite. Y, además, ofrecen un préstamo para el transporte aéreo, dan hospedaje y comida a buen precio.

Para Zahi la oferta resulta muy atractiva. Ella gana el equivalente a 100 dólares estadounidenses al mes, sus padres y sus hijos representan cada vez más gastos y aquí, en Cantón, es difícil que pueda ganar más. Es la oportunidad que estaba esperando. Piensa que no tiene motivo alguno para rechazarla. No habla español, pero no le importa. No va a hacer turismo. Sólo quiere trabajar.

Casi un mes después tiene todo listo para emprender el viaje: los documentos en orden (incluido el contrato de trabajo) y una pequeña maleta. La despedida de su familia es difícil pero la consuela imaginar un futuro mejor para todos. Lo que no imagina, ni por un instante, es cómo será México. Tampoco que, al llegar, se convertirá en una víctima de la trata de personas con fines de explotación laboral.

Zhai baja del autobús doblada por el cansancio. La espera una camioneta para llevarla a su nuevo trabajo que será, también, su nuevo "hogar".

La fábrica KBL de México queda unos metros antes de llegar al kilómetro cuatro de la carretera Valle de Santiago-Jaral del Progreso, en Valle de Santiago, Guanajuato, un antiguo lugar de la cultura purépecha rodeado de volcanes en la zona del bajío. Es una extensa construcción de más de 11,000 metros cuadrados donde en total trabajan unas 2,000 personas. Según KBL Group International, ésta es la mayor fábrica de suéteres totalmente confeccionados de América del Norte: 45,000 piezas cada mes.

Fueron dos días de viaje. Salió hacia Hong Kong y en el aeropuerto la esperaban dos personas de la empresa, quienes le explicaron que debería firmar "otra copia del contrato" con algunas precisiones. Zhai apenas pudo echarle un vistazo al puñado de hojas engrapadas porque el sonido local anunció que ya era hora de abordar su vuelo y firmó. Estaba muy emocionada porque era la primera vez que se subía a un avión. No obstante, llegó a Los Ángeles fastidiada y somnolienta. Ahí esperó seis horas a que saliera el avión con destino a la Ciudad de México. En el aeropuerto Benito Juárez la recibió un empleado de la empresa KBL con un cartel donde tenía escrito en chino el nombre de la recién llegada. Después de una sonrisa forzada subieron a un autobús que más de cuatro horas después llegó a Guanajuato.

Entonces la camioneta los llevó a la fábrica. Era mayo, el sol calaba con fuerza y lo único que Zhai quería era descansar. Pero antes de ir a su habitación la llevaron a una oficina. El jefe de personal estrechó su mano y le pidió que se sentara frente a él. Enseguida entró un señor chino que sería el intérprete. A través de él quedó enterada de las condiciones laborales: de su sueldo mensual le irían descontando lo del transporte de China a México y lo de un seguro "por si tuviera que irse de la compañía por incumplimiento de contrato o por enfermedad". Además, "como no está familiarizada con las costumbres y la geografía mexicana, sólo podrá salir un rato los domingos junto con algunos de sus compañeros y un empleado de confianza". Por último le pidieron que entregara su pasaporte con visa de trabajo y sus identificaciones. "Aquí se nos quedan para que no se le pierdan o se los roben", le indicaron. Zhai dijo que eso no era lo que habían pactado en Cantón. "Así es —le respondieron—, esto es lo que estipula el contrato que usted firmó en Hong Kong. Y si firmó es porque está de acuerdo". Tal vez por la fatiga, tal vez por una especie de shock, tal vez porque pensó que no había entendido perfectamente todo, Zhai no dijo más. Se puso de pie y abandonó la oficina a paso veloz y roja de ira.

Una mujer madura la guió hasta su habitación, un cuarto con seis camas y paredes desnudas, iluminado por un foco sin lámpara, en un oscuro edificio anexo. Eran las seis de la tarde, metió su maleta debajo de la cama y logró conciliar un sueño tan profundo que despertó hasta la mañana siguiente.

***

Seis de la madrugada. Una chicharra desvergonzada taladra los oídos de todos los empleados. Hora de levantarse. Un regaderazo de agua fría. Un café o un té. Un pan. Seis y media. A trabajar. Las filas son de máquinas. En cada máquina tres personas. Son 1,800 obreros en total, 100 de China y el resto de México. Todos miran la espalda del que tienen al frente. Sólo el ruido de las máquinas rompe el silencio. Nadie habla. Nadie. ¿Amenazas? Aquí son normales. Ni siquiera intercambian miradas o sonrisas. No se atreven, puede costarles muy caro. Están concentrados en lo que hacen y no voltean. Parecen una extensión más de las máquinas y no seres humanos. Un suéter tras otro. De algodón, de lana, de acrílico o de una mezcla de estos materiales. Es la eterna monotonía. Y cuando llega el final de la jornada todos siguen callados, consumidos por el cansancio.

Apáticos. No piensan en algo concreto. Sólo viven para trabajar.

Son los dos primeros días de Zhai en la fábrica y dos compañeras chinas le enseñan a manejar la tejedora: cómo colocar los conos de hilo, qué botones presionar para cada diseño, qué precauciones tomar para evitar errores en la elaboración y accidentes personales.

También un supervisor le especifica la rutina laboral:

Hay que trabajar de seis y media de la mañana a dos y media de la tarde. A esa hora tienen 30 minutos para comer. Las actividades se reanudan a las tres de la tarde y a las siete y media es la hora de la cena. A las ocho de la noche comienza el último tramo de trabajo que concluye a las 12 de la noche… "Tú no tendrás problema porque todos sabemos que a los chinos les gusta mucho trabajar. Además, gracias a las horas extra aumenta tu sueldo".

Zhai se lamenta una y otra vez por haber aceptado este trabajo y no haber leído aquellos documentos que firmó en Hong Kong. ¿Que todo esto viola la ley del trabajo mexicana y los tratados internacionales de derechos humanos? No lo sabe. Jamás ha escuchado hablar de leyes y derechos. Ya está aquí, se dice a sí misma, y habrá que adaptarse. Tiene la voluntad de seguir la vida y fingir una precaria normalidad. Quiere pensar que quizá sea sólo por algún tiempo y que vale más hacer una pausa "dramática", a fin de evitar la desgracia total en la vida. Durante los primeros cuatro meses opera una máquina computarizada. Luego, sin explicación alguna, la pasan a una manual. Entonces el cansancio ya es insoportable. Intenta reclamar. La amenazan con deportarla. Vino de manera voluntaria a México, es cierto. Pero fue engañada. Manipularon su deuda. Le detenían un porcentaje de su sueldo, 72 dólares, y le decían que era para enviárselo a su familia. Tenía que comprar y consumir los alimentos de la fábrica, al estilo de la "tienda de raya" del porfiriato. La empresa aplicaba multas y sanciones por "indisciplina", como conversar con los compañeros en horas de trabajo o no querer comer lo que les servían. Los chinos tenían prohibido hablar con trabajadores mexicanos. Los amenazaban con deportarlos si se enfermaban o bajaban su rendimiento laboral. Las mujeres tenían prohibido embarazarse. Y las amenazas eran cumplidas. Zhai vio cómo deportaron a dos de sus compañeros por intentar establecer conversaciones con algunos empleados mexicanos.

Las horas extra eran obligatorias y, la mayoría de las veces, no las pagaban. En algunas ocasiones, por cada hora extra les daban 30 pesos a los mexicanos y 15 a los chinos. ¿Días festivos? Como si no existieran. También tenían que trabajar. Si había alguna inspección de autoridades sanitarias o laborales, amenazaban a todos los obreros para que dijeran que todo estaba bien. "El que abra la boca se va". Si a los chinos les preguntaban por sus documentos migratorios, tenían que contestar que por su propia voluntad los habían entregado a la empresa para que los resguardara y que por eso no los tenían a la mano.

Una mañana Zhai se levantó con los ojos adoloridos y enrojecidos. Al igual que el resto de los trabajadores chinos, no tenía seguro social. Así que la enviaron con el médico de la fábrica, quien le diagnosticó conjuntivitis y le extendió una receta. Un mensajero salió a la farmacia por las medicinas que enseguida le cobraron a Zhai. Al día siguiente, la molestia en sus ojos no había desaparecido y comenzaba a dolerle la espalda. Pidió que le asignaran otra actividad, tal vez empacando, para aminorar su desgaste físico y visual. Como respuesta obtuvo una reclasificación laboral menor.

Y le recordaron: "si llegas a padecer alguna enfermedad complicada o de difícil tratamiento, serás deportada". Ella sabía que también esta advertencia iba en serio. Una de sus compañeras se desmayaba constantemente y poco después la deportaron.

Los domingos, luego de trabajar medio día, les permitían ir a las tres de la tarde al centro de la ciudad. Aprovechaban para comprar cepillos de dientes, toallas sanitarias, dulces. Siempre estaban acompañadas por una persona de la empresa que no perdía de vista al grupo por si alguien intentaba escapar. Tenían que volver a la fábrica antes de las cinco. Si llegaban después, por cada minuto de retraso se les cobraba una multa. A ella nunca le sucedió. Pero dice que una vez a uno de sus compañeros le cobraron 300 pesos.

La situación ya era insoportable. En las horas prensadas entre la noche y la madrugada intentaba dormir, pero pocas veces lo lograba. Una idea le daba vueltas en la cabeza.

***

Zhai corre. Huye. Voltea hacia atrás. Nadie la persigue. No deja de avanzar. Quiere abordar el autobús que la lleve al lugar más lejano posible. Su respiración es tan intensa que el corazón parece estallarle en el pecho. Sigue corriendo hasta llegar a la esquina de una avenida. Dos viandantes la miran con curiosidad. No hacen o dicen nada, continúan su camino. Zhai detiene un taxi. Quiere ir rápido a la central de autobuses. Quiere, pero no sabe cómo decirlo en español. Todavía agitada por la carrera, sólo atina a decir "bus". Un intercambio de señas y parece que el chofer ha entendido. El coche arranca y la respiración de Zhai recupera su estabilidad. Habían pasado dos años desde que llegó a la fábrica de KBL y varios meses desde que se apoderó de ella la idea de escapar. Todos los domingos, cuando la llevaban junto con otros compañeros al centro de Valle de Santiago, cargaba sus ahorros y buscaba el momento oportuno para salir corriendo. Pero lo encontró apenas ahora. Aprovechó un descuido del vigilante de la empresa, se escabulló por los pasillos de un mercado y ya nadie la alcanzó.

En el mostrador de una línea de autobuses señaló, sin pensarlo, al azar, un pequeño cartel que decía Zacatecas y una mujer le vendió un boleto para el autobús que salía dentro de quince minutos. Durante el viaje sólo miraba el paisaje que iba dejando a su paso. Lucía ensimismada, pensativa. Pero, en realidad, la mayor parte del tiempo su mente estaba en blanco. En la noche, al llegar a Zacatecas, sintió una sacudida. ¿Qué iba a hacer sola, sin hablar español, sin conocer ese lugar o a alguien que la ayudara? Dormitó en la sala de espera, entre miradas escrutadoras.

Al amanecer compró un café y salió a caminar por los alrededores de la central de autobuses de Zacatecas. Estaba viendo los aparadores de una tienda de ropa cuando dos policías se le acercaron y le pidieron una identificación. Ella no entendió, soltó una o dos frases en mandarín. Como los policías tampoco captaron algún significado, decidieron subirla a su patrulla y llamar a los agentes del Instituto Nacional de Migración (INM). No esperaron mucho. Los agentes llegaron y enseguida le dijeron que la iban a trasladar hasta la estación migratoria de Iztapalapa, en la Ciudad de México. Zhai tampoco entendió. Sólo estaba muy asustada y nerviosa. Pensaba que lo más seguro era que alguien de la fábrica la había denunciado por escaparse y que ahora la iban a encerrar en la cárcel.

En realidad no estaba tan equivocada. La estación migratoria en el Distrito Federal es un lugar muy parecido a una cárcel. De acuerdo con el Foro Migraciones, un conglomerado de ONG dedicadas a la promoción y defensa de los derechos humanos de los migrantes, en este "centro de aseguramiento" se priva de la libertad hasta a 450 extranjeros de distintas nacionalidades, opera con opacidad y sin mecanismos de rendición de cuentas, viola el debido proceso de los "asegurados2, no cuenta con los intérpretes de idiomas necesarios y son mínimas las condiciones de alimentación, ventilación, iluminación, sanidad, vestimenta y los dormitorios tienen todas las características de una celda.

Zhai permaneció ahí casi dos meses, en esas condiciones y casi sin interactuar con sus compañeros de encierro debido a la dificultad del idioma, con la expectativa de ser deportada a China. Sin embargo, en una de sus visitas a la estación migratoria el equipo de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) la identificó como víctima de trata de personas e impidió que la expulsaran del país. Un proceso jurídico la esperaba.

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El principal objetivo de la trata de personas es obtener una ganancia económica a través de la explotación de seres humanos. Es un acto prohibido por el derecho internacional y por las leyes de muchos países. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) señala que  del total estimado de personas sometidas a trabajos forzados como consecuencia de la trata (calculado por este organismo en 12 millones y medio), alrededor de 56 por ciento de las víctimas son mujeres y niñas, y el 44 por ciento restante son hombres y niños. Son los "esclavos modernos". Muchos países se benefician de estas prácticas ilícitas y actúan en complicidad con funcionarios públicos. Por eso es más difícil resolver el problema. Porque los países con altos niveles de corrupción son más atractivos para las mafias.

México aprobó en 2007 la Ley para Prevenir y Sancionar la Trata de Personas, donde se incluyen sanciones de hasta 27 años de prisión a quienes cometan ese ilícito. Pero ya había firmado desde 2002 el Protocolo para Prevenir, Reprimir y Sancionar la Trata de Personas, especialmente mujeres y niños, que complementa la Convención de las Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Trasnacional. En este documento, la trata de personas es definida como la captación, el transporte, el traslado, la acogida o la recepción de personas, recurriendo a la amenaza o al uso de la fuerza u otras formas de coacción, al rapto, al fraude, al engaño, al abuso de poder o de una situación de vulnerabilidad o a la concesión o recepción de pagos o para beneficios para obtener el consentimiento de una persona que tenga autoridad sobre otra, con fines de explotación.

El concepto es totalmente aplicable al caso de Zhai. Así que, por haber ocurrido dentro de un estado de la república, lo primero que hicieron los abogados de la CNDH fue tramitar una queja ante la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Guanajuato. No obstante, la institución consideró que era un conflicto laboral entre particulares y que por lo tanto no podía intervenir. También presentaron una denuncia penal en la agencia número 1 de Valle de Santiago que, hasta la fecha, sigue en "averiguación previa".

La CNDH sí admitió la queja y emitió una recomendación al INM y a la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, en donde los exhorta a "supervisar las condiciones en que los extranjeros prestan servicios en territorio nacional para que no sean objeto de la violación a sus derechos humanos, para que no se viole su dignidad y sean víctimas de trata de personas".
Hubo una inspección en la que se detectó que la empresa tenía 80 empleados chinos, no existía una comisión de seguridad e higiene, los baños estaban sucios, no había un contrato colectivo de trabajo sino varios individuales y no se acreditó el pago de muchas horas extras a los trabajadores ni el pago de aguinaldos y vacaciones. Durante tres días los inspectores llevaron a cabo un taller de información para los trabajadores sobre los derechos y obligaciones que establece la Ley Federal del Trabajo. Según el informe de esta actividad, costó trabajo hablar con los empleados sobre sus inquietudes por el temor a ser despedidos si hablaban del tema. Sin embargo, nos dieron a conocer que: solicitan que se aumente el número de hornos de microondas en el comedor, que se fomenten las actividades deportivas, que se les conceda permisos sin goce de salario para atender alguna emergencia familiar, que haya un médico disponible todos los días del año y que si alguna vez faltan no se les suspenda dos días sin goce de sueldo.

Como resultado de todo esto, la Dirección del Trabajo y Previsión Social de Guanajuato multó a la empresa KBL de México con 4,030 pesos. Y así zanjaron el asunto.

***
Cuatro años después de todo aquello, Zhai atiende su propio restaurante de comida china en el norte de la Ciudad de México. Es un pequeño local situado en la esquina de una avenida poco transitada. En la entrada, letras rojas sobre un fondo amarillo anuncian el menú: pollo agridulce, rollitos de primavera, chop suey, costilla cantonesa, arroz con camarón… El lugar tiene dos cuadros con un dragón, dos colguijes de esferas rojas "para la buena suerte" y tres mesas con mantel rojo de plástico que esta tarde están vacías. "Casi no hay gente… nos va más o menos", me dice Zhai,  con media sonrisa en el rostro.

Zhai —morena, de baja estatura, delgada, pelo corto y negro, ojos rasgados, risa fácil pero nerviosa, castellano aceptable aunque hablado en forma muy rápida, voz aguda con la que alarga las vocales y le cuesta pronunciar la erre— viste un pantalón de mezclilla azul, una blusa amarilla y unos tenis blancos. Trae puesto un delantal rojo porque hace unos minutos estaba cocinando chop suey, una mezcla de carnes y verduras sazonadas en un sartén hondo llamado wok. "Es mi especialidad", asegura con orgullo.

Cuando salió de la estación migratoria de Iztapalapa, lejos de deprimirse o querer regresar a su país, consiguió trabajo como ayudante de cocina en un restaurante chino del centro de la ciudad. Ahí conoció a José, un muchacho diez años menor que ella. Al principio sólo intercambiaban miradas. Después Zahi comenzó a aprender español, "para no verme tan pendeja", dice. Empezaron a hablar y luego de unos días acordaron que una vida juntos los esperaba. Entonces planearon montar este restaurante que abren todos los días de las nueve de la mañana a las siete de la tarde. Mientras José —alto, delgado, moreno, pelo corto, pantalón azul marino, camiseta blanca— la mira de reojo desde la cocina, Zhai dice que le gusta la Ciudad de México.

"Aquí no hace mucho frío ni mucho calor. La gente respeta a los chinos y le gusta la comida china. A mí también me gusta la comida mexicana. El mole no porque me cae mal en el estómago. Extraño a mi familia. Pero aquí en México se está mejor que en China. Por eso quiero traer a mis hijos, el niño ya tiene catorce años y la niña diez. Ya empecé los trámites, a ver si lo logro".

De la explotación laboral que sufrió sólo puntualiza, sin emoción, como si se refiriera a una mala película, que "fue hace mucho. Ya pasó. La vida sigue. Y no quiero acordarme de todo eso". Con el paso del tiempo ha ido borrando varios detalles de aquellos dos años.

Jamás se le ha acercado alguien de la fábrica de KBL. Ni por alguna represalia y, mucho menos, para intentar reparar el daño. Zhai tampoco quisiera topárselos algún día. Está ocupada disfrutando la vida.

Junto a ella hay un canasto con varias "galletas de la suerte". Ofrece una al visitante y ella agarra otra. Da un mordisco crujiente y saca una tira de papel blanco. La mira con curiosidad y enseguida suelta una carcajada. Una carcajada larga que le colorea la cara de un rojo intenso. No deja de reír. Para intentar calmarse, con una mano se da dos palmadas en el pecho y con la otra enseña el papel: "Conocerás a alguien sexy, pero malvado".

 

VÍCTOR NÚÑEZ JAIME es un "escribidor de historias", un inmigrante que ahora teclea crónicas desde Madrid. Obtuvo el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez de la FIL Guadalajara 2009. Sus textos han sido publicados en diversos periódicos y revistas mexicanas y extranjeras. Ha escrito tres libros. Esta historia forma parte del más reciente, "Los que llegan", que hace unos días comenzó a circular en las librerías bajo el sello "Debate"