La historia real de algunas de las mayores estafas cometidas en los hoteles más lujosos del mundo tiene al menos diez identidades diferentes pero una misma cara: la del colombiano Juan Carlos Guzmán Betancourt. Alto (1.84), delgado, rasgos latinos, 35 años, con el pelo ondulado, tan largo que casi le roza los hombros, y un pequeño lunar grisáceo entre sus cejas. Guzmán Betancourt ha suplantado al menos una decena de identidades de acaudalados viajeros en más de trece años de actividad criminal.
Durante todo ese tiempo se ha quedado con ropa de marca, joyas, dinero en efectivo y tarjetas de crédito por una cuantía que hoy las autoridades calculan en millón y medio de dólares. Guzmán Betancourt ha tomado la identidad de un turista británico en Las Vegas hasta la de un jeque árabe en Londres; en Puerto Rico, en prisión, aseguró ser hijo de la reina Margarita de Dinamarca y del duque Óscar Adolfo III de Luxemburgo para que lo dejaran libre.
Si bien en aquella ocasión el cuento no cuajó, sí lo logró las otras tantas veces que se hizo pasar como un tal Guillermo Rosales en 1993, cuando contaba 16 años y llegó a Miami en un avión como polizón, algo de lo cual nos ocuparemos más adelante.
En esa oportunidad —la primera de una larga y provechosa carrera de embustes— incluso logró convencer a una adinerada y solitaria mujer de Texas beneficiaria de una herencia petrolera, quien a poco estuvo de adoptarlo: creía que era huérfano y desconocía que no tenía los 14 años que aseguraba y que el nombre de Guillermo Rosales era enteramente falso.
De hecho, fue sólo cuestión de años para que aparte de esa identidad se le conociera también como Gonzalo Zapater Vives, David Iglesias Vieito, Jordi Ejarque Rodríguez, César Ortigosa Vera, Daniel Gold, Khalid Al-Sharif, Denis Vladmirovich Kiselev, Terrence John Marks, Douglas Johnson, Howard Westbrook, David Soriano Martínez y Alejandro Cuenca, personalidades que asumió siempre en solitario, después de cortar de raíz los vínculos con su familia, residente en Cali, y sin la complicidad de un compinche.
Juan Carlos Guzmán Betancourt supo encarnar sus personajes con sutiles cambios de apariencia, que van desde el uso de camisas de manga larga abotonadas casi hasta el cuello y con las cuales lograba parecer un estúpido nerd en joyerías de París, hasta camisetas polo acompañadas de lentes de sol Cartier, con las que se pavoneaba como un dandi por los bulevares de la ciudad de Las Vegas.
Gracias a sus argucias con el disfraz y a su maña para la suplantación, debió correr mucha agua debajo del puente para que su verdadera identidad se pudiera establecer... al menos por parte de los policías que lo persiguieron por medio mundo por más de una década. La madrugada del tres de junio de 1993, una cuatrimoto DC-8 de la aerolínea colombiana Arca (que hoy está extinta) arribó al aeropuerto internacional de Miami con algo más que flores en su interior.
Sin que nadie sospechara de su presencia —según algunos medios—, Guzmán Betancourt había logrado colarse dentro del avión, y aduciendo que había volado desde Bogotá hasta Miami dentro del compartimiento del tren de aterrizaje por más de tres horas, sin oxígeno y con temperaturas congelantes, fue socorrido por personal del aeropuerto y llevado al hospital, donde los médicos no advirtieron alguna conmoción consecuente con su supuesta travesía.
Pese a ello, la buena fortuna lo acompañó y su historia caló hondo en la comunidad colombiana asentada en la ciudad, lo que motivó a que el entonces cónsul de Colombia en Miami liderara una búsqueda de alguien que quisiera hacerse cargo del muchacho. El llamado fue respondido con prontitud por un oficial del Departamento de Policía de Miami, Jairo Lozano, un bogotano que para la fecha contaba 34 años, 25 de ellos como residente de la denominada "capital del sol", y quien junto con su entonces esposa, Bertha Sotoaguilar, gestionó la custodia del muchacho. Lozano se dirigió al servicio de Inmigración adyacente al aeropuerto internacional de Miami y, tras diligenciar la documentación necesaria para la custodia fue presentado con el joven por parte del cónsul colombiano.
Sin embargo, de la expectativa se volcó pronto a la sorpresa. Mientras esperaba ver salir a un muchachito de la sala en la que permanecía, se encontró de sopetón con un gigantón que le alcanzaba casi en estatura. "Este muchacho tiene entre quince y diecisiete años", pensó. Pero dejó a un lado el detalle de la altura y lo condujo hacia su casa, en la 32 Avenida y la calle 19, cerca de Coral Way.
Una vez que cruzaron el porche de la casa y llegaron al vestíbulo, Jairo lo presentó ante su esposa como el chico que decía ser: Guillermo Rosales, e hizo lo propio ante sus tres hijos, Susan (19), Fabio Jair (14) y Natalie (5). Aunque algo inquietó a todos.
—Volvíamos y le preguntábamos acerca de la edad y siempre nos decía una diferente. Parecía no darse cuenta de que nos decía una y después otra, como si eso se nos fuera a olvidar, era algo evidente. Incluso su forma de hablar no era la de un muchachito de catorce años sino de alguien mayor. Tenía una voz más madura —explica el oficial.
Pese a todo, los Lozano lo acogieron como a otro de sus hijos. Pronto se hicieron frecuentes las visitas a McDonald's, uno de los sitios favoritos del joven, así como el hotel Fontainebleau, un resort sobre la playa del sector de Miami Beach, al que se podía acceder a sus zonas comunes —piscinas y restaurantes— y estar allí un día entero por medio de los boletos que de manera asidua compraba la hermana de Bertha, Fabiola.
—A mi hermana le encantaba ir a ese hotel, y aunque era muy recelosa con Guillermo, un poco por gentileza, decidió invitarlo. Ella no lograba expresar muy bien qué era lo que la inquietaba de él, simplemente me decía que le parecía que no era de fiar —precisa Bertha...
Y el tiempo dejaría ver que la mujer no estaba equivocada.
Pocos días después de que el joven arribó como polizón y se conoció de su aventura en todo Miami, la familia, excepto Jairo, fue de recreo al Fontainebleau, pero mientras todos se refrescaban en la piscina y Bertha salió del agua para comprar pollo frito de almuerzo, "Guillermo" desapareció por tres horas.
Al término de su búsqueda adujo haberse maravillado con los espaciosos pasillos del complejo, así como con los ascensores con piso de mármol, y que durante ese tiempo se encontró a un hombre que lo reconoció tras haberlo visto en televisión y le regaló una cadena de oro que llevaba puesta, y además una mujer le obsequió —según su versión— unas tarjetas de crédito.
—Me acuerdo que en ese momento mi hermana le pidió que le diera las tarjetas de crédito, pero le dejó la cadena porque sí le creímos la versión de que un señor se la había regalado. Había gente que lo reconocía y le daba muchas cosas —señala Bertha, quien, una vez en casa, decidió romper los plásticos—. Fue sólo cuestión de un par de semanas para que el cónsul llamara alarmado a los Lozano pidiéndoles que se acercaran con prontitud a su despacho. A su juicio, había algo que debía comunicarles al detalle, por lo que no había tiempo que perder.
Una vez reunidos les comunicó que gracias a cotejos realizados con el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), así como por trabajo desarrollado por el Departamento de Inmigración de EU, se pudo corroborar que el muchacho no tenía 14 años, como aseguraba, sino casi 17, que no era huérfano y que su verdadera identidad era Juan Carlos Guzmán Betancourt. Por si fuera poco, les dijo que era posible que se dedicara a la prostitución y que se buscaba averiguar si tenía antecedentes sicariales.
Por entonces, los Lozano habían advertido en él una tendencia homosexual que con el tiempo otras personas que le conocieron atestiguarían, pero a la cual siempre se alude en términos de sospecha más que de verdad absoluta. Tras la noticia del cónsul, la reacción del matrimonio no pudo ser menos que de impavidez. Bertha temió por sus hijos y lo quiso fuera de casa de inmediato, pero su salida se concretó un par de horas después.
Pese al cariño que le profesaba, le percibió como una persona ante la cual era necesario tomar extrema precaución, la partida de su hogar resultaba algo imperativo.
De manera coincidente, una mujer se había comunicado con una emisora radial en Colombia y había señalado que el joven tenía una tía en Perrine, un suburbio cercano a Miami, a donde fue conducido por el abogado de inmigración que llevaba su caso, pero allí fue poco lo que duró.
Un día, las autoridades de Inmigración de EU se comunicaron con la mujer para notificarle que a Juan Carlos se le había vencido el permiso de permanencia en el país y que sería devuelto a Colombia. Ante la noticia, el muchacho escapó de la casa y fue encontrado tres días después por la policía de Miami en un callejón, luego, la salida del país se hizo efectiva.
El engaño que había armado no sólo le llevó a perder su permanencia en suelo estadounidense, sino también la posibilidad de ser adoptado por la millonaria mujer de Texas, quien después de haber abierto una cuenta con diez mil dólares para su manutención decidió retirar el dinero con la avenencia de los Lozano y desinteresarse por completo del polizón, quien regresó a Estados Unidos seis meses después.
Tuvieron que pasar varios años para que el rastro de Guzmán Betancourt volviera a aparecer. Sin que se sepa muy bien cómo, durante el tiempo que de él poco o nada llegó a saberse había desarrollado una destreza sin par para la suplantación de identidades, falsificación de documentos y había aprendido al menos cinco idiomas con sus respectivos acentos y modismos.
Según las propias autoridades, durante los breves años que ha permanecido en prisión por delitos de estafa y hurto tipificados como menores, habría aprendido lo suficiente de francés, italiano, portugués y dos tipos de inglés (norteamericano y británico), así como quizás algo de ruso, para llevar a cabo las suplantaciones por las que ahora se le conoce, sin llegar a recurrir jamás a la violencia o al "raponeo" (robo en calle), y sí, en cambio, al engaño con un evidente poder de convicción.
Para entonces corría agosto de 2003 y el detective de la policía de Las Vegas, Kirk Sullivan, le seguía el rastro luego de que el día catorce de ese mes el colombiano se hiciera con dinero en efectivo, un reloj Rolex y un par de zapatos Prada valuados en 250,000 dólares, propiedad de Daniel Gold, un turista británico que se hospedaba en el hotel Four Seasons de la "capital mundial del entretenimiento" con sus hijos y su niñera.
Gold salió de la suite que ocupaba rumbo al spa del complejo hotelero y Guzmán Betancourt tomó uno de los teléfonos del vestíbulo, y luego de hacerse pasar por un empleado, le dijo a la niñera que su jefe la esperaba en el recibidor, que era preciso que bajara rápido con los chicos. La mujer cayó en la treta y mientras bajaba con los pequeños, el ladrón se acercó a la recepción haciéndose pasar por Gold con un evidente acento inglés. Allí explicó que había extraviado su llave, recibió una de "reposición" y luego subió a la suite.
Una vez dentro de la habitación telefoneó al centro de atención del hotel diciendo que los niños habían jugado con la combinación de la caja de seguridad y la habían bloqueado, que necesitaba que alguien le ayudara a abrirla. Fue sólo cuestión de minutos para que un guardia llegara a desbloquear la cajilla, tras lo cual tuvo el botín para sí. La misma argucia la repitió una docena de veces por varios países.
"Al principio gasté mucho tiempo tratando de identificarlo, porque tenía un montón de nombres diferentes, y luego, cuando supe quién era, sumé horas vigilando sus movimientos por todas partes del mundo", dice el detective Sullivan, que hoy, retirado del Departamento de Policía de Las Vegas, se lamenta de nunca haberlo podido atrapar, aunque confía en verse cara a cara en los estrados y colaborar para que sea llevado a Nevada y pague con prisión sus actos. Otros, como los detectives de Scotland Yard (policía británica) Andy Swindells y Christian Plowman tuvieron más suerte un año después, la noche del 20 de diciembre de 2004.
Esa vez, mientras Swindells volvía a la estación de policía del prestigioso conurbano londinense de Marylebone para lidiar con un arresto, se topó con dos hombres, uno le resultó sospechoso, similar al que junto con Plowman venía siguiéndole la pista desde 1999, por una serie de robos en algunos de los hoteles más lujosos de Londres.
Después de desviar su ruta y proceder a encaminarse tras de ellos, pudo darse cuenta de que ambos dialogaban en español. El seguimiento lo llevó a una de las tiendas de Sainsbury's, la tercera mayor cadena de supermercados minoristas del Reino Unido, donde llegó poco después Plowman, luego de que su compañero lo llamara al celular para informarle que el hombre al que por tantos años le habían seguido el rastro podía estar a escasos metros.
Cuando los agentes de Scotland Yard estuvieron juntos en el interior del almacén procedieron a arrestar al sujeto, que llevaba puesta una chaqueta Armani de 3,000 dólares y un reloj Franck Muller valuado en 11,000 verdes, ambos de Khalid Al-Sharif, un jeque árabe a quien había robado recientemente en un hotel de Londres. Aunque tras el arresto dijo siempre ser un ciudadano español de nombre Alejandro Cuenca, los detectives lograron identificarlo como Guzmán Betancourt y confrontarlo como tal, luego se largó a llorar. Preguntado por Plowman acerca del modo en que aprendió diferentes idiomas y de qué lo llevaba a actuar de manera criminal, el suplantador volteó la mirada hacia una de las paredes de la prisión en la que permanecía recluido:
—Usted jamás entendería —sentenció lacónico.
La escena no buscaba ser menos que conmovedora, pero en verdad "hay que conocer a Guzmán Betancourt en persona para comprender lo que hace y cómo lo hace", declaró el detective. "Créanme, es un tipo muy astuto que usa modales suaves, siempre con una sonrisa electrizante con la que probablemente puede vender nieve a los esquimales, hace todo sin recurrir nunca a la violencia, siempre usando modales propios de un gentleman".
Durante una inspección en un hotel barato en el que se estaba hospedando, y al cual Plowman y Swindells le pidieron que los acompañara, ambos oficiales fueron testigos de la calidad de sus adulteraciones. En el lugar se incautaron una docena de pasaportes de diferentes nacionalidades, todos con la fotografía de Guzmán Betancourt estampada en ellos y que había colocado allí de manera hábil, sin rasgar siquiera el papel tipo encerado que recubre estos documentos y que, de otro modo, habría tirado al traste sus pretensiones de falsificador. La mayoría era de ciudadanos españoles, al parecer los que más usa en el mundo.
Al respecto, hay quienes aseguran que esto obedece a que sus habilidades con los idiomas no son tan profusas como parece, y que valiéndose de suplantaciones de ciudadanos españoles puede escudarse en un inglés mal pronunciado o en un francés apenas aceptable. Pero, como se quiera, tal característica ha llevado a que en América se le compare con el estadounidense Frank William Abagnale Jr., quien interpretó Leonardo DiCaprio en la película Atrápame si puedes (2002), mientras que en Europa se le asemeja más con Arthur J. Raffles, "el ladrón de guante blanco", una de las figuras míticas más poderosas de la literatura inglesa enmarcada del siglo XIX.
El arresto realizado por Swindells y Plowman derivó para Guzmán Betancourt en una condena de tres años y medio en Standford Hill, una prisión de mínima seguridad enclavada en isla de Sheppey, en el condado de Kent, un estuario a 40 kilómetros de Londres y de donde escapó al cabo de tres meses a bordo de un ferry, tras decir que tenía un fuerte dolor de muela y que debía ir con urgencia al odontólogo. Más tarde apareció en la capital irlandesa, Dublín.
La fuga de la prisión de Standford Hill le valió rápidamente ser reseñado por Interpol, pero no lo disuadió de entrar en junio de 2005 a una de las suites del Hotel Merrion, en Dublín, y estafar a una familia de Beverly Hills que se hospedaba por vacaciones. La argucia, similar a la que empleó en el Four Seasons de Las Vegas, le permitió quedarse con una tarjeta de crédito American Express, un anillo de rubí, 3,500 dólares en efectivo y 250 euros en billetes, así como los pasaportes de la familia.
Bryan McGlinn, un joven detective de Garda Sióchana (policía irlandesa), fue comisionado para la investigación: pasó por los diferentes almacenes de lujo que el colombiano había visitado para despilfarrar la tarjeta de la que se apoderó en el Merrion y con la que compró, por poco más de 20 mil dólares, un reloj Rolex Daytona de oro blanco de 18 quilates, un par de alhajas por valor de 1,240 dólares y una serie de discos compactos por 770 más. Sin ningún rastro del sujeto al cabo de dos semanas de búsqueda, una llamada alertó a McGlinn de la posible presencia del sospechoso en un hotel barato del centro de la ciudad, donde lo halló con los artículos comprados con la American Express.
Una vez dentro de la sala de interrogatorios de la estación de policía, McGlinn pudo saber por cuenta de archivos de Interpol que el hombre no era otro que Juan Carlos Guzmán Betancourt, nacido el 26 de junio de 1976 en Colombia, aunque los informes no le permitieron saber algo más de su miserable infancia en una empobrecida vereda de Roldanillo, un municipio al norte del Valle del Cauca, donde a duras penas avanzó en sus estudios básicos.
Allí fue criado por su abuela. De sus padres no hay mayores registros, salvo la confidencia de algunos conocidos que aseguran que los vieron maltratar al muchacho y que permanecieron alejados de él buena parte de su niñez. De hecho, el propio detective Sullivan llegó a testimoniar, mucho después, que Juan Carlos Guzmán Betancourt, al ser cuestionado por su sagacidad e inteligencia para el crimen, había admitido: "¿Qué aprendería usted si estuviera en prisión desde los 15 años?".
Tras confrontar al joven con su verdadera identidad, McGlinn vio cómo la actitud del colombiano cambió de modo tan extremo que rápidamente abandonó el carisma y la gentileza que había adoptado en su interpretación para el delito, mostrándose parco y renuente a colaborar más en la indagatoria. Debió pasar nueve meses en prisión a la espera de que se le dictara veredicto condenatorio, fijado en dos años con efecto retroactivo. Lo extraditaron a Francia y salió libre en junio de 2007, tras pagar seis meses de cárcel.
De él se volvieron a tener noticias hasta septiembre de 2009, cuando un guarda fronterizo del estado de Vermont (EU) lo detuvo por cruzar la frontera con Quebec, en Canadá, de forma inadvertida y sin avisar a alguna autoridad, tipificado como delito federal, un contrasentido a todas veras porque en aquella ocasión no se le halló en posesión de algún objeto robado como otras tantas veces, aunque sí trató de engañar al oficial haciéndole creer que se trataba de un neoyorquino.
En correspondencia, los fiscales de Vermont pidieron una dura pena de diez años en prisión, pero el juez del distrito John Murtha Garvan fue condescendiente con su caso y le dictó una breve condena, que verá cumplida en marzo de 2012, para después ser deportado a Colombia, salvo que Suiza o el mismo estado de Nevada lo pidan en extradición por asuntos pendientes con la ley. Ante Murtha Garvan, Guzmán Betancourt se mostró arrepentido, y en una carta que le dirigió por sugerencia de su abogado, admitió que toda su vida "ha sido una gran mentira".
"Lo reconozco tanto como el hecho de que he cometido tal cantidad de delitos que no hay excusa para ninguno de ellos, pero albergo la esperanza de que esta Honorable Corte comprenda las muchas razones por las cuales hice lo que hice", dijo en la misiva, luego de lo cual sentenció:
—Lo hice para poder vivir.
ANDRÉS PACHÓN es un periodista colombiano que combina el reporteo con el trabajo de editor (en la agencia EFE). “El Suplantador” es su último libro publicado