No siempre la perfidia es el móvil de la traición. También se puede traicionar por una mezcla de cobardía, estupidez y frivolidad. Cuando personajes con una estructura psíquica frágil y un carácter blandengue han ocupado la presidencia en momentos críticos, el miedo a las consecuencias de sus actos los ha llevado primero a la parálisis y después, a coludirse con el enemigo.
La historia de México registra dos casos muy similares en los que un líder reformista con gran respaldo popular dilapida su prestigio, defrauda a la sociedad y empantana la vida política del país por no atreverse a afectar los intereses de ningún poder establecido. Me refiero a Ignacio Comonfort, el timorato presidente que traicionó los principios de la revolución de Ayutla, pactando en secreto con los golpistas conservadores que desencadenaron la guerra de Reforma, y a Vicente Fox, el campeón de la democracia que no pudo o no quiso desmantelar el aparato corporativo del PRI cuando tuvo la oportunidad de hacerlo, y ahora, en una voltereta de saltimbanqui, se traiciona a sí mismo apoyando al candidato de la restauración.
Las similitudes entre los dos personajes van más allá de sus vergonzosas claudicaciones. Ambos encabezaron movimientos que trataron de modernizar el país, pero se asustaron al entender que esas transformaciones podían enfrentarlos con estamentos sociales privilegiados. Comonfort nunca se atrevió a gobernar con apego a la constitución del 57, promulgada por el partido que lo llevó al poder, pues temía con razón que la Iglesia y los conservadores intentarían derrocarlo si les quitaba las obvenciones parroquiales y secularizaba los bienes del clero.
Creyó que era posible aplicar las reformas a medias, quedando bien con Dios y con el diablo, pero ante la creciente presión de los liberales puros, que le reclamaban la inmediata aplicación de la Ley Juárez , se hizo la misma pregunta de Fox (¿por qué yo?) y terminó aliándose con el partido conservador.
Al describir los predicamentos de Comonfort durante su breve y catastrófico mandato, el historiador Ralph Roeder (Juárez y su tiempo, F.C.E.) parece anticiparse a las tribulaciones de Fox cuando planeaba el desafuero de López Obrador: “Preocupado, inquieto, vacilando entre el ¿qué hacer? de la mañana y el no hacer de la noche, era casi imposible mantenerlo apegado a un curso de acción por más de un día”. Cuando Comonfort aprobó el cuartelazo del sanguinario general Félix Zuloaga, obtuvo “el repudio de todos los partidos, el desprecio de los radicales, el recelo de los conservadores, la desconfianza de los mismos moderados”, es decir, una lluvia de aclamaciones muy similar a la que Fox está cosechando ahora en la plaza pública.
Pero la semejanza más interesante entre ambos traidores radica en su dócil y suicida subordinación a las mujeres. La madre de Comonfort era una señora muy devota que tenía como confesor al padre Miranda, brazo derecho del obispo de Puebla. Manipulada con astucia, la mamá del presidente ejerció una influencia decisiva para disuadirlo de aplicar la constitución del 57. De modo que Comonfort también tuvo a su “señora Martha”, en este caso, una beata de sacristía que lo reprendía con dureza cuando mostraba simpatías por el bando liberal. Ni Fox ni Comonfort podían tomar decisiones sin consultárselo a sus ministras de cabecera. Tal vez sucumbieron a la mandilonería política para mitigar las angustias del mando, pero como dijo Jean Paul Sartre, el no decidir de cualquier modo es una decisión: en los casos de Fox y Comonfort, la decisión de abdicar en favor de dos damas intrigantes que a duras penas podían gobernar sus propias cocinas.
Si nos detenemos a examinar las consecuencias políticas de no ejercer el poder por el que se ha luchado, las semejanzas entre los dos personajes ya no son tan jocosas. Comonfort condujo el país a una guerra civil por creer que la cautela y la inmovilidad podían garantizar la paz, cuando hacía falta imponer el nuevo orden legal a la facción derrotada por la revolución de Ayutla. Los moribundos conservadores resucitaron gracias al oxígeno artificial que les infundió su falta de temple. Fox le va siguiendo los pasos. Como no pudo convertir la democracia en motor del cambio (para eso hubiera necesitado inteligencia y valor), ahora prefiere sacrificarla en aras de la unidad y el orden. Ralph Roeder retrata a Comonfort como un idiota bien intencionado: me temo que el berrinche póstumo de Fox ya no permite absolverlo con esa piadosa etiqueta.